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«Bellas Artes» tras la pista de Milena

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Felipe José García
Felipe José García
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Lo de la vorágine en la que vivimos, no solo se puede trasladar al mundo de las series, sino a todos los ámbitos de la vida. Por eso viene muy bien que de vez en cuando lleguen historia que te pongan los pies en el suelo, y vuelvan a contar cosas necesarias, que pueden pasar desapercibidas. Aquí nos vamos a ocupar de dos. La primera de ellas «Bellas Artes», una serie que ha ido perdiendo fuerza desde un inicio muy prometedor y ahora estrena su segunda temporada en Movistar Plus+. El motivo por el que me he visto la serie en dos días es la aparición de Milena Smit que no defrauda. Junto con la declaración de Marisa, magnífica como siempre Aixa Villagrán, me parece el mejor episodio de toda la serie. De hecho acabo de caer que Aixa y Milena hacen pareja en «La chica de nieve» y aquí casi no tienen contacto. Bueno realmente el personaje de Milena, tiene poco contacto con nadie.

Empezó siendo algo muy diferente a lo visto en España, con un personaje interpretado por el argentino Oscar Martínez que poco a poco se va volviendo más indeseable, pero que hasta ahora se iba saliendo con la suya. El enfrentamiento con la ministra de cultura a la que da vida Ana Wagener prometía pero se ha quedado en nada. Por fin los secundarios empiezan a tener más voz en esta segunda temporada, porque hasta ahora eran un mero acompañamiento. Ganan algo más de presencia Leo (Koldo Olabarri) y Marisa (Aixa Villagrán). No deja de ser un procedimental, donde siempre hay un artista invitado que va desde Eloy Azorín a la magnífica Cecilia Suárez a la que cuesta escuchar hablando bien, no como su Paulina de La casa de las Flores. De hecho su personaje es el primero que pone en su lugar al protagonista. Como buen procedimental se ahonda muy poco en esos personajes secundarios que brillantemente acompañan al protagonista. Quizás sea un reflejo de nuestra sociedad, en la que pese a compartir muchas horas con los compañeros de trabajo, pocas veces se traspasa esa línea y se llega a conocer realmente a la otra persona, más allá del entorno laboral.

Brutal los actores invitados desde el magnífico José Sacristán, que desaparece demasiado pronto, a un Imanol Arias, Dani Rovira o Ángela Molina algo alejados de lo que nos tenían acostumbrados, pero que serán recurrentes en esta temporada. Imanol siempre será Antonio Alcántara y Dani Rovira hace de hijo sufridor de un padre ausente, aunque esperes alguna gracia o chiste que nunca llega. Ángela Molina adquiere relevancia, con un aire bucólico e irreverente. En el episodio de Milena, por fin la crítica a ese arte moderno que subyace durante toda la serie llega a su culmen con su personaje, que brilla más cuanto menos habla. Muy divertido y esperamos que por fin al director empiecen a darle lo que se merece. Por fin le llaman el insulto que él lleva haciendo durante toda la serie demasiadas veces. Oscar Martínez consigue dotar al prestigioso y remilgado Antonio Dumas de esa dualidad que muy pocos personajes consiguen alcanzar entre el bien y el mal. No llega a las cuotas de excelencia del doctor Gregory House, pero se acerca mucho a Merlí y su secuela Merlí Sapere Aude, donde la sombra de Francesc Orella es muy alargada consiguiendo otro personaje magistral.

De hecho Merlí es un personaje tan icónico para todos aquellos que han tenido la suerte de disfrutar de esas tres temporadas muy necesarias y que persigue a su actor en todos sus trabajos posteriores, como por ejemplo Días mejores, serie muy necesaria y pendiente de revisitar. Aprovechando la serie que nos ocupa, conviene rescatar del olvido Días mejores en Prime Video cuando a un servidor, le ha pasado lo mismo que con Bellas Artes, no sabía que existía la primera temporada y me pegué atracón de las dos seguidas. Una serie demoledora, con sobredosis de realidad y tratando temas complicados pero vitales para visibilizar.

Francesc Orella, siempre será Merlí, ese profesor odiado pero querido a la vez, al igual que el director del museo de «Bellas Artes».

De la primera temporada destaca sobre todo su inicio demoledor, y su sorprendente final, que como hacen las buenas historias, por ejemplo ese magnífico «We have to go back, Kate» de Perdidos, nos va soltando pequeñas pinceladas durante toda la trama, pero lo mejor es encontrarte por sorpresa con ello. Ese final de temporada da mucho valor a todo lo que hemos visto hasta ahora, y cambiando la opinión de relleno que últimamente impera en casi todas las historias que nos llegan: películas de más de dos horas y media, que se podrían haber contado mejor en la mitad de tiempo, series con temporadas eternas donde sólo pasa algo en el primer y el último episodio para enganchar. Punto a favor de Bellas Artes es que pocas veces supera la media hora de duración de 6 episodios cada temporada. Algo parecido puede pensar el espectador compulsivo, que se ve la temporada entera de un tirón. Días mejores pasa de sus 10 episodios de la primera temporada, a 8 en su segunda, seguramente por el tema de reducir costes, que se nota en algunas de sus cambios de localizaciones, pero que está perfectamente fundamentado por ese final de temporada. En esta segunda temporada ya no tiene que presentar a los personajes, que de hecho fue el punto fuerte de sus primeros capítulos, ir descubrieron poquito a poco lo que les has llevado hasta esa terapia de duelo. Cuatro personajes, Orella que parece volver a su Merlí, Marta Hazas como una doctora a la que le persigue el trauma, Erick Elías como un rockero y la inocente Alba Planas que se unen en un terapia de duelo por haber perdido a sus parejas, y con niños de por medio. Blanca Portillo, es la terapeuta que los une con una carta de presentación muy atractiva. Muy necesaria por traer la salud mental como trama principal.

Drama y comedia conviven en este retrato coral que tiene como protagonistas una doctora y sus cuatro pacientes, quienes durante la terapia tratarán de superar la pérdida y volver a reír, amar y vivir.

Volviendo a Bellas Artes es demasiado Argentina para el público español, y se queda corta en cuanto sucesos impactantes. La crítica al enchufismo, la sociedad del bien estar o el feminismo, es demasiado equidistante, por lo que el espectador puede interpretar cualquier cosa. Está rodada con un gusto exquisito, esas tomas que van cambiando levemente episodio a episodio, con cada exposición y esa melodía que transmite tranquilidad. Agradable de ver, pero no es recomendable para pegarse el maratón porque terminarás con sobredosis y rozando el aburrimiento.

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