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«Babygirl»: amilanamiento en tiempos líquidos

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Ferran Alcocer Gómez
Ferran Alcocer Gómez
De Nolan, Ducournau y Sorogoyen. Graduado en Comunicación Audiovisual y Periodismo. Mi vida se basa en esperar a que empiece el siguiente Festival de Sitges.
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En la era de la modernidad líquida, la familia está más en entredicho que nunca. La estructura social nº1 de cualquier sociedad hodierno se encuentra en un momento de impás marcado por las nuevas tendencias sociales y el nuevo rol de la mujer, sujeto empoderado y sediento de independencia económica y social. Hace décadas era impensable que un personaje como el de Nicole Kidman en «Babygirl» fuese verosímil, pero los tiempos han cambiado, aunque Babygirl no se atreva a llegar hasta el final con esta tesis.

Romy Mathis es una alta ejecutiva con una posición privilegiada en el sector de la tecnología. Vive con su familia, conformada por su marido, un exitoso director de teatro, y sus dos hijas adolescentes, en la ciudad de Nueva York. Su (aparentemente) idílica vida contrasta con su verdadera naturaleza, la cual está a punto de salir a flote a raíz de conocer a Samuel, un becario que acaba de entrar en su empresa.

Babygirl es la nueva apuesta de A24. Dirigida y guionizada por Halina Reijn, esboza el perfil psicológico de una referente femenina en el mundo empresarial. Lejos de ser un modelo a seguir, la protagonista de la obra es un personaje antipático, débil y egoísta capaz de arruinar la vida de sus allegados con tal de satisfacer sus instintos más primarios. En ese sentido, Babygirl es una película valiente que no idealiza a la mujer, al igual que otras obras como Tár o la reciente The Substance. Su problema es cuando toma consciencia de su atrevida posición y trata de justificar su discurso con decisiones de guion realmente cuestionables por traicionar los valores que muestra en primera instancia.

Al margen del (benevolente) camino que vive el personaje interpretado por Nicole Kidman, el mayor hándicap de Babygirl es su esterilidad. Tiene el contorno de una pieza provocativa y subversiva, pero su fondo contrasta con su apariencia: se vende como un thriller erótico, pero apenas tiene desnudos y sus escenas de sexo se limitan a lo meramente superficial. También parece ser una ardua crítica a un personaje femenino que a ojos de cualquier persona racional sería sinónimo de éxito, pero su discurso queda en tierra de nadie cuando entra en juego un personaje tan poco justificable para la narración como el de Esme, la asistente de Romy. Su presencia solo se entiende como un burdo intento de suavizar su discurso en aras de no aparentar ser misógina (misoginia mal entendida, pero ese es otro tema).

Romy Mathis es un alma perdida en la era de la automatización. Incapaz de sentir (por no sentir, no siente ni un solo orgasmo en varias décadas de «feliz» matrimonio), acaba dejando a un lado la estabilidad que ejemplifica su familia para vivir una tórrida aventura psicosexual. Dar rienda suelta a sus fantasías en detrimento de la permanencia del núcleo familiar es un interesante ejemplo de la realidad líquida que vivimos. La justificación que Romy le da a esta criticable decisión pone al individuo como eje central de la acción, dejando a un lado la familia y consolidando una visión egoísta e independiente.

En resumen

Babygirl no es una gran película, principalmente porque no es consecuente con sus ideales y peca de conservadora. Aun así, es un interesante retrato psicológico de una mujer que vive al margen de sí misma y se encuentra ante la oportunidad de deshacerse de sus cadenas, aunque conlleve resquebrajar su núcleo familiar. Podría ser un buen ejemplo de la modernidad líquida, pero predomina la prudencia y el amilanamiento.

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