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«Agatha Christie: Las siete esferas»: La emoción de resolver el misterio

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Fernando L. Simó
Fernando L. Simó
Miembro fundador de mundoplus.tv, seriefilo, cinefilo, devorador de libros y en pleno redescubrimiento de los cómics. Amante de la cultura (pop) y de la Historia, y ministérico de corazón.
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Se acaba de cumplir el 50 aniversario de la muerte de Agatha Christie, una autora que sigue marcando el pulso del misterio contemporáneo como pocas. Adaptada e imitada hasta la saciedad, Netflix ha decidido unirse a la conmemoración con el estreno de «Las siete esferas», vibrante miniserie de tres episodios en la que el misterio lo es todo para tenernos en vilo hasta el final. La serie adapta la novela «El misterio de las siete esferas», publicada en 1929, y que ya fue adaptada en 1981 como película para televisión, con un reparto de lujo encabezado por John Gielgud, en una versión mucho más clásica y contenida, fiel a la televisión británica de la época.

Esta nueva adaptación parte del mismo material, pero decide mirar en otra dirección, adaptándose a los tiempos que corren. Agatha Christie: Las siete esferas mezcla con acierto los grandes arquetipos que han marcado la obra de la Reina del Crimen, aunque con una pátina de modernidad que no olvida lo que de verdad importa.. La hermosa, enérgica e inteligente protagonista; el industrial hecho así mismo; la aristócrata arruinada que se aferra a su apellido; el veterano policía decidido a resolver el caso cueste lo que cueste; y, como elemento perturbador, una sociedad secreta que introduce una dimensión política y moral que proyecta la historia hacia terrenos más incomodos.

El peso del relato recae en Lady Eileen “Bundle” Brent, interpretada con frescura y determinación por Mia McKenna-Bruce (How to Have Sex, Vampire Academy), que da vida a una protagonista que trasciende del molde de detective accidental y se acerca más a una heroína moderna atrapada en una sociedad que no la toma del todo en serio. Junto a ella, Helena Bonham Carter compone una Lady Caterham tan decadente como fascinante, mientras Martin Freeman da vida a un superintendente Battle tan obstinado como misterioso, y que parece saber más de lo que cuenta.

Situada en Inglaterra, 1925, la historia arranca con una fiesta en una casa de campo que reúne a lo más granado de la sociedad británica. Al día siguiente, lo que parecía una simple broma acaba convirtiéndose en tragedia. A partir de ahí, la investigación va descifrando los pormenores una conspiración de consecuencias imprevisibles. La protagonista no se verá obligada por las circunstancias, si no por un interés que va más allá de lo personal, a enfrascarse en una investigación en pos de resolver un crimen, que le enfrentará a los prejuicios de un sistema que en esta época estaba construido sobre silencios y privilegios. Es aquí donde la serie se separa del cozy crime más confortable para adentrarse en un terreno más oscuro, retorcido e incómodo, aunque no siempre con el mismo equilibrio.

En ese sentido, reconozco que los primeros minutos me hicieron dudar del camino que iba a tomar la serie. Tal vez, porque a pesar de tener la preciosa ciudad de Ronda como escenario del arranque de la serie, me dejó con la certera impresión de que sus responsables construyeron la trama sobre ideas preconcebidas y nada realistas sobre tópicos asociados a nuestra cultura. Sin desvelar nada (ya me diréis en comentarios) el comienzo me impacto para mal y me hizo temer lo peor. Sobre todo, teniendo en cuenta que detrás de la adaptación estaba Chris Chibnall, creador de la fantástica Broadchurch. Sin embargo, obviando esta circunstancia, Agatha Christie: Las siete esferas consigue su propósito de engancharnos a un misterio que se irá complicando, con múltiples posibles culpables, en el que casi nadie es quien aparenta ser.

Mia McKenna-Bruce junto a Helena Bonham-Carter

Uno de los grandes aciertos de la miniserie, como no podía ser de otra forma es su ambientación, apoyada en un diseño de producción que huye del simple preciosismo. Vestuario, decorados y puesta en escena construyen un mundo elegante, que pretende ser algo más que un decorado por el que transitan los protagonistas. No hay intención de ser nostálgico, sino de mostrar que también tras los hermosos salones y las porcelanas de diseño, también hay espacio para manipular, mentir y asesinar. La ligereza habitual del cozy crime aquí deja paso a una historia más oscura, menos amable y con una protagonista que movida por el dolor está dispuesta a todo para resolver el crimen.

En resumen

Chris Chibnall apuesta por realizar una adaptación que, aunque respeta el espíritu clásico de Christie, es capaz de modernizar a su vez la historia sin hacer que el ritmo decaiga. El creador de Broadchurch apuesta por dar forma a un relato en el que importan tanto las consecuencias emocionales como la resolución del enigma. Puede que haya algunos engranajes que no encajen del todo, pero sus tres episodios se consumen en un santiamén, gracias a su ritmo vertiginoso que apenas nos da respiro

Agatha Christie: Las siete esferas sobresale gracias al magnetismo de Mia McKenna-Bruce, que da vida a una protagonista tan decidida y tenaz, como vulnerable. Una mezcla que la convierte en la perfecta heroína de una adaptación que respeta el legado la novelista británica, sin perder de vista los tiempos que corren. En ese sentido, la miniserie funciona como un reloj (nunca mejor dicho), proporcionándonos la ración justa de misterio, emoción y sorpresa. Para disfrutar de principio a fin.

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