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«Adolescencia»: Instagram en plano secuencia

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Carlos Muñiz Vidal
Carlos Muñiz Vidal
Intento huir de las películas y las series, pero ellas me persiguen. Desde mis estudios de audiovisuales a mi trayectoria profesional en canales temáticos, puede que sea yo el que las persiga a ellas. Fascinado por las historias desde siempre, sean éstas a través del cine, la literatura, el teatro o la televisión, en esta época de plataformas intento buscar esa fascinación oculta en el algoritmo que nos impide descubrirlas.
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Un padre sentado en un coche recibe un mensaje de su hijo a través de su teléfono móvil, y bromea con su compañera de trabajo sobre lo que le ha enviado: un audio torpemente grabado con el que pretende simular una enfermedad para no ir a clase. La condescendencia con la que habla de su hijo es un poco la actitud de cualquier padre ante algo que puede reconocer, el intento de engaño infantil, un gesto que le hace recordar que su hijo en realidad es todavía un niño y que está lejos de las verdaderas maldades humanas.

Poco después, ese mismo padre, detective de homicidios, irrumpe acompañado de un grupo de policías armados en casa de otro adolescente de tan solo 13 años, ante la mirada asustada de otro padre como él que también creía conocer a su hijo.

La serie Adolescencia creada por Jack Thorne y Stephen Graham y disponible en Netflix, consigue en tan solo cuatro episodios aproximarse así, de un modo tan genérico y a la vez tan reconocible para cualquiera a una etapa que actualmente debido a la influencia de las redes sociales se ha revelado como mucho más oculta y encriptada de lo que ya era. Lo hace ayudado por un Graham estelar (un personaje en si mismo) y un elenco de intérpretes que actúan sin pestañear siquiera delante de una cámara que les mira constantemente, que no les da tregua, y que les obliga a dar todo de sí en una sola toma: los cuatro episodios están rodados en plano secuencia.

Contarnos algo tan universal como esto de una forma tan local, tan de barrio, con su comisaría en la esquina de la calle, su colegio al que van tanto la víctima como el asesino, pero al que también va el hijo del principal detective, y utilizando una trama resuelta desde prácticamente el inicio, ayuda a enfocar el problema hacia otro lado, hacia lo que verdaderamente importa en los sucesivos episodios, desde ese planteamiento del caso al análisis del entorno y finalmente de la mente del protagonista y de su familia. En otra ficción se nos contaría el recorrido de la investigación, se ahondaría en los personajes sospechosos que rodean a los protagonistas y en las circunstancias del asesinato, con sucesivos flashbacks. Aquí no.

La elección de ese tipo de realización en una sola toma viene indicada por el intento de transmitir lo alejada que está la realidad que vivimos sin cortes, sin elipsis, de la inmediatez las redes y su lenguaje acumulativo de planos y asociaciones de ideas. Nada más alejado de Tik Tok que hacerte permanecer todo el rato en el mismo plano, seguir a los personajes mientras abren y cierran las puertas, girar entorno a ellos intentando adivinar lo que sienten sin que dejen de devolverte la mirada, esa mirada que nunca ves cuando respondes a un hilo de X o sigues a alguien en Instagram.

Esa habitación cerrada de la que se habla en la serie y en la que parecen vivir ahora los adolescentes, o ese colegio, caótico, lleno de pantallas, con profesores desquiciados que directamente describen su trabajo como “un marrón”, nos hablan en esta serie de incomunicación mientras seguimos las reacciones de un chaval con mirada inocente (Owen Cooper, un absoluto descubrimiento) que ayuda a ese equívoco, a malinterpretar las señales y a darle la importancia a la edad por encima de los hechos probados; por eso cuando ves el final del primer episodio, y te derrumbas al igual que el personaje del padre ante las evidencias, tu incredulidad permanece en tu cerebro incluso después de ver la serie, e incluso miras a tus hijos pensando en lo que realmente serían capaces de hacer.

Este lenguaje del plano secuencia que hizo célebre Orson Welles en Sed de mal, y que tuvo un revival con la invención de la steadycam en El Resplandor de Kubrick, aquí se utiliza para introducirnos en la historia sin filtros, sin nada desenfocado y con la reacción de los personajes en continuidad. Lo que está fuera de campo, lo que no vemos todo el rato son las pantallas; no hay un inserto, un plano explicativo del perfil de Instagram de nadie, de los comentarios en redes que siguen la evolución online de lo que después ha tenido consecuencias reales, visibles y devastadoras.

Y lo terrible de esta serie es comprobar que nadie está a salvo y que no habrá ninguna pausa ni reflexión tras lo que ha pasado; el personaje de Fatima Bojang, la amiga de la víctima, ahora está sola y podemos adivinar en su desesperación al salir del colegio que será ella a la que irán dirigidas los ataques en la red, al igual que las ofensas que recibe la familia del protagonista. Porque ésto no termina, no tiene fin ni rango de edad, y es por ello que resulta algo tan destructivo.

Esta serie, necesaria, viene a ayudarnos como espectadores a meternos en la historia a base de ver situaciones reconocibles como esa incomunicación constante con nuestros hijos en un entorno que no conocemos, en una situación que no vislumbramos como posible para ellos, para los nuestros, pero que puede surgir por una combinación de factores acrecentados por las redes sociales y ese lenguaje oculto de la adolescencia de la que somos mudos testigos.

La penitencia del último episodio es mucho más que un correctivo hacia unos padres que han hecho lo mismo, han actuado de la misma forma con sus dos hijos, y han tenido un resultado tan diferente. Como con todo, la diferencia radica en como reciben ese comportamiento cada uno de ellos, al igual que la diferencia en lo que un adolescente ve en las redes sociales o viendo una película y como interactúa con ello cambia radicalmente en función de sus propias y secretas motivaciones, y de sus más bajos instintos, esos que se mueven en el anonimato y en ese lenguaje encriptado en el que se está convirtiendo la comunicación virtual. Nada es lo que parece.

¿Es exagerada esta serie? ¿Está alejada de la realidad con fines dramáticos?

Lo aterrador es saber que no.

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