Antes de recibir el Giraldillo de Honor del Festival de Cine Europeo de Sevilla, Jim Sheridan convirtió su encuentro con la prensa en algo más que una simple rueda de preguntas y respuestas. Durante casi una clase magistral improvisada, el director irlandés reflexionó sobre qué hace grande a un actor, cómo ha cambiado el cine desde la llegada de lo digital y por qué cree que hoy el poder real ya no está ni en las salas ni en las iglesias, sino en la televisión y las plataformas.
Preguntado por qué debe tener un actor o una actriz para dedicarse a esto, Sheridan arrancó con humildad: “No estoy seguro de saber la respuesta. Hay tantos actores que son diferentes…”. Pero pronto puso el foco en algo muy concreto: la verdad emocional. “A veces solo necesitan ser guapos y caros, otras veces estar heridos y tener un cierto nivel de oficio. Pero en el fondo necesitan decir la verdad. Todo se reduce a llegar a una expresión justa de las emociones”. Para ilustrarlo, se detuvo en algo tan sencillo como una sonrisa. Comentó que intervienen cientos de músculos y que, si el cerebro simplemente da la orden de sonreír, el resultado es falso. “La emoción tiene que ser verdadera para poder sonreír. Es muy difícil estar relajado y actuar a la vez, ser lo suficientemente real como para sonreír. No hay muchos actores que puedan sonreír desde el alma”, señaló, citando a Tom Cruise, Julia Roberts y, por supuesto, Daniel Day-Lewis.
Sobre el protagonista de En el nombre del padre, Sheridan fue especialmente elogioso. Destacó en él “una combinación increíble de habilidades técnicas y físicas” unida a “una verdad profunda y alentadora”. Una mezcla poco común, porque “normalmente la técnica termina imponiéndose y rompe la verdad, elimina un cierto nivel de alma”. En contraste, evocó la figura de Klaus Kinski, “lo suficientemente loco como para pensar que la cámara era el director” y jugar con ella como si fuera una persona más. Kinski, dijo, trataba la cámara como un ser vivo, algo que la mayoría de actores no hace porque instintivamente se alejan de ella, “como si fuera una máquina”.
A partir de ahí, Sheridan abrió el zoom y pasó de los actores al propio lenguaje cinematográfico, marcando una frontera clara entre el cine fotoquímico y la era digital. Recordó cómo, con las 24 imágenes por segundo del celuloide, el espectador era consciente del artificio —sabía que aquello era un montaje, un proyector, un decorado— pero al mismo tiempo creía que lo que veía “había sucedido”. La llegada de la intermedia digital en los noventa y después de la imagen puramente digital cambió todo: “Podías manipular los colores, pequeñas partes de la pantalla, y luego la imagen entera. Se pasó de algo que creías que había ocurrido a algo en lo que ya no tenías por qué creer”. El público, según él, dejó de buscar lo creíble para perseguir lo increíble: “Quieren ver algo tan loco que no sea creíble: Spider-Man, Superman… Una vez te divorcias de ese sistema de creencias, estás en un medio diferente. Y no creo que nadie haya entendido realmente eso”.
Esa transformación técnica se conecta, para Sheridan, con una deriva industrial y cultural: la del dominio de los superhéroes y el blockbuster extremo. “Todo el mundo llama ‘entretenimiento’ a algo que a mí no me entretiene. Me da vergüenza verlo. Es un poco como el Coliseo al final del Imperio Romano: películas extravagantes, mortales, estúpidas, y la gente ya empieza a dejar de ir porque no se pueden seguir haciendo sin más”, afirmó. Y añadió que ni siquiera esa apuesta desmesurada está funcionando ya en taquilla. Tampoco ahorró críticas al modelo de estrella actual: “Parece que están deshumanizando el sistema. Ya no hay estrellas, no quieren crear estrellas, quieren personas en uniforme”.
Sheridan también cuestionó la narrativa del héroe salvador que domina el cine comercial de Hollywood. Puso como ejemplo a los presidentes estadounidenses que cargan contra “Hollywood”, y replicó que en realidad la industria “solo hace películas sobre un salvador que salva América”. Cambian los trajes —“Spider-Man, Superman o el que quieras”— pero la lógica es siempre la de “un individuo salvando el mundo”. Y ahí enlazó con uno de sus diagnósticos más duros: el cine como sistema de creencias en crisis. “Mientras estás mirando, tienes que creer. Si dejas de creer, no hay película. Y yo he dejado de creer. He dejado de creer en ir a ver Marvel, no porque no lo entienda, sino porque lo entiendo demasiado bien”.
En su visión, las plataformas y el streaming tienen un papel clave en esta pérdida de fe. Para Sheridan, el mando a distancia se ha convertido en símbolo de una nueva relación de poder entre espectador y obra. “Las plataformas de streaming le dan a todo el mundo un control remoto. Si tienes un control remoto, te estás controlando remotamente a ti mismo. Y si te estás controlando remotamente, estás al mando. Y si estás al mando, a mí no me interesa, porque yo no hice una película para que alguien la pare por la mitad”. Confesó que ahora empieza una película, la detiene a los 10 o 15 minutos porque es tarde, y ya nunca la termina. Eso, dijo, está cambiando no solo el consumo sino la propia forma de producir y de dirigir.
El director recordó cómo, en la época analógica, el estudio tenía que esperar al día siguiente para ver los dailies y saber si todo iba bien. En digital, en cambio, los ejecutivos pueden ver el rodaje en tiempo real desde Los Ángeles y dar instrucciones sobre dónde colocar la cámara en una película que se rueda en Belfast. “Las limitaciones eran buenas cuando solo había una cantidad limitada de película. Te obligaban a elegir. Ahora, con recursos ilimitados, el control se ha desplazado completamente”. Y ese control, insistió, está cada vez más concentrado en “las manos de los servicios de streaming”. “Todo el mundo tiene miedo de decirlo, porque eso implica a todos. A mí no me importa si nunca trabajo para ellos. Me gustaría, claro, pero hay que decirlo”, remató, provocando risas nerviosas en la sala.
En otro tramo de la rueda de prensa, Sheridan amplió su reflexión desde la identidad nacional hacia una dimensión más global. Ante una pregunta sobre sus raíces irlandesas y el peso de la cultura de origen, respondió que hoy las preocupaciones van más allá de lo local. Contó que trabajaba en una película sobre leones marinos y cambio climático, y cómo eso le obligaba a pensar en “las raíces de la humanidad” más que en las de un solo país. “Estamos todos en el mismo barco. Todos tenemos que sobrevivir y hacernos preguntas que van más profundo que nuestras raíces nacionales. Son importantes, pero hay temas que van mucho más allá”, afirmó.

Uno de los momentos más potentes llegó cuando habló del papel de la televisión como nuevo centro de gravedad cultural y espiritual. Sheridan recordó una anécdota de su infancia, cuando su padre subió con él al tejado para colocar una antena con el fin de captar la BBC. Entre el frío, el mal humor y la dificultad para encontrar la señal correcta, acabó apareciendo un tío suyo, técnico de televisión, con una brújula. “En 15 o 20 años, la televisión hizo lo que la Iglesia de Inglaterra no había conseguido en 800 años: cambiar el paisaje espiritual de Irlanda”, aseguró. Según él, la asistencia a las iglesias cayó en picado: “La televisión es la nueva cultura, la nueva iglesia. Es de donde emana la base espiritual de la comunidad. No está ya en las iglesias: nadie va. Nadie va al cine. Todo depende de la televisión. Y tenemos que recuperar algo de control”.
Entre referencias a James Bond (“todos nos reímos de que tenga licencia para matar, pero ¿Quién le dio esa licencia?”), a la distribución centralizada en Estados Unidos y a la forma en que las películas europeas apenas llegan fuera de las grandes ciudades norteamericanas, Sheridan dibujó un panorama complejo pero lúcido: un cine atrapado entre el espectáculo desmesurado, la lógica individualista del héroe solitario y un ecosistema dominado por plataformas globales que dictan qué se ve y cómo se ve.
Lejos de sonar resignado, el director irlandés habló con una mezcla de ironía, rabia y esperanza. Defendió los festivales, los espacios de cine compartido, los autores que siguen tratando de contar historias humanas en medio del ruido. Y dejó caer, casi como un lema para toda su filmografía —de En el nombre del padre a En América—, una idea que atraviesa sus películas y sus palabras: mientras haya espectadores dispuestos a creer, mientras el cine siga siendo un lugar donde enfrentarse a la verdad, todavía habrá algo por lo que luchar, aunque sea contra corriente.
En Sevilla, horas antes de recoger el pasado miércoles, el Giraldillo de Honor, Jim Sheridan no solo miró hacia atrás para repasar su carrera. Miró hacia adelante y ofreció toda una masterclass sobre cine, y sobre como entender la vida.



Francis Lawrence se encuentra en una posición difícil como director, pues el foco de toda la película está en un grupo de chicos caminando por una carretera a lo largo de casi dos horas. El argumento limita las posibilidades de puesta en escena y Lawrence no consigue exprimir los elementos que sí podían ser interesantes. A diferencia de su trabajo en Los juegos del hambre: en llamas (2013), el cineasta evita narrar a través del paisaje, lo que hubiera sido una decisión más enriquecedora; en cambio, la realización termina siendo bastante repetitiva y predecible. El director recurre demasiado a una violencia muy explícita, quizá consciente de la necesidad de introducir golpes de efecto para intentar controlar el ritmo; el resultado resulta algo simple y descompensado.







