El concepto de arte frente al poder político. Así se podría definir en una frase «El arquitecto», la nueva película de Stéphane Demoustier, que se inspira en un hecho real para mostrar sin aspavientos, como una idea puede ser barrida del pensamiento por la estructura del poder. Estrenada en los cines españoles el pasado 13 de marzo, el filme realiza un viaje al pasado para narrar una historia tan sencilla como universal de una forma cercana, que se aleja del tono contemplativo que suelen tener algunos biopics, para realizar una sátira que golpea a poderosos e intelectuales por igual. Un relato de como el arte y su concepción misma están sujetos a los caprichos de los ignorantes. Algo que día a día sigue pasando.
La película parte de un hecho real que, curiosamente, tiene algo de fábula moderna. En 1983, el gobierno francés convoca un concurso internacional para levantar un nuevo monumento en el eje histórico de París, alineado con el Louvre y el Arco del Triunfo. Contra todo pronóstico, el ganador no es una gran firma internacional ni un arquitecto consagrado, sino un profesor danés prácticamente desconocido: Johan Otto von Spreckelsen. Un hombre que apenas había construido su propia casa y algunas pequeñas capillas.
Este punto de partida ya resulta fascinante en sí mismo. Demoustier utiliza este momento para construir el retrato de un creador idealista que aterriza en un sistema que no entiende ni comparte. Spreckelsen llega a París con un simple dibujo de lo que él llama «el cubo»: una idea pura (inocente en sí misma), casi abstracta, que pretende (en su ingenuidad) dialogar con la historia monumental de la capital parisina. Sin embargo, el artista descubrirá muy pronto que la arquitectura pública no se construye únicamente con hormigón, mármol y cálculo estructural, sino también con burocracia, egos, normativas, presupuestos, ministerios y luchas de poder.
De esta forma, la construcción del llamado Arco de la Défense con motivo de la conmemoración del 250 aniversario de la Revolución Francesa, sirve a Demoustier para mostrar las miserias que se esconden tras la idealización de la política. Por eso, la película funciona como un duelo permanente entre arte y política. Cada decisión de diseño, cada elección de material, cada retraso en las obras se convierte en un campo de batalla entre el arquitecto y el aparato del Estado. Basada en La Grande Arché, novela de Laurence Cossé, el filme nos enseña a través de una estilizada sátira, que la visión artística nada tiene que hacer frente al poder político que se esconde tras una burocracia inamovible.

El cine francés sigue muy adelantado con respecto al cine español, en cuanto a su sentido de responsabilidad con respecto al espectador, sea del color político que sea. En este caso, no es culpa del cineasta sino de una estructura que por mucho que algunos no lo reconozcan, sigue sin poder arriesgar a la hora de narrar ciertos temas y ciertas historias. En este sentido, El arquitecto, retrata con afilada ironía la maquinaria política de la Francia de Mitterrand, un presidente que impulsó grandes proyectos culturales —la pirámide del Louvre, la Ópera de la Bastilla o la Biblioteca Nacional— pero cuya ambición monumental chocaba inevitablemente con la burocracia y los intereses políticos.
Un gran Claes Bang que da vida al arquitecto (al artista) que no nunca vio terminada una obra que ya no era suya. Un actor todoterreno, que muchos descubrimos en la magnífica The Square (2017) de Ruben Östlund, película por cuyo papel se hizo el EFA a mejor actor. En El arquitecto, el actor danés construye un personaje extraordinariamente magnético. Su Spreckelsen es un hombre tranquilo, casi ingenuo, pero al mismo tiempo absolutamente inflexible. No es un genio arrogante ni un artista atormentado en el sentido clásico, sino alguien que parece vivir dentro de su propia idea de la arquitectura. Sin duda, su interpretación es el eje sobre el que se articula la película, demostrando la jerarquía de un actor que lo mismo interpreta a Drácula, que se mete en la piel de Guillermo Tell o se convierte en el villano pasado de rosca de Hermanos Demolición.
En resumen
El arquitecto no es una película de grandes gestos ni de artificios espectaculares, sino una historia sobre algo mucho más complejo: la lucha entre la visión artística y el poder político. Para ello Demoustier utiliza como escenario uno de los proyectos arquitectónicos más emblemáticos del París contemporáneo: el Arco de la Défense. El director francés realiza un alegato a favor de la libertad artística y del creador, mostrando como los vaivenes políticos y los intereses económicos no coinciden con el concepto de arte. De esta forma, El arquitecto ejecuta una crítica feroz a la hipocresía de la política (y de los políticos) que esconde una impostura de falsedad e ignorancia. Así, una vez que todo finaliza, solo queda una pregunta sin respuesta ¿hasta qué punto una obra sigue perteneciendo a su creador cuando entra en el territorio del poder?











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