Sin apenas tiempo para gozar de una playa cautivadora para él solo, aparece un falso Aquiles junto al caballo que dará tanto de qué hablar. Muy interesante la estilización del equino, debo decir. Nolan nos promete desde el principio llevarnos a un viaje en el que nuestro personaje, Odiseo (interpretado por Matt Damon), tendrá que aceptar una transformación profunda. Y sí, salir de casa (en este caso, de su reino), dejando atrás a su mujer y a su hijo porque confías en la crianza monoparental, para defender el honor de otro matrimonio (la lealtad por encima del sentido común), se convierte en uno de los pilares de esta odisea.
Originalmente, la obra está dividida en tres partes que Nolan decide entremezclar para crear dramatismo y guardar algún plot twist para su debido momento. Si los puristas buscaban una reproducción fiel, mi recomendación es que vean la cinta como una fantasía que el director tenía pendiente de plasmar, con muchos guiños al texto original. Para quienes quieran un buen equilibrio entre fidelidad, buenas actuaciones y una superproducción televisiva muy digna para su época, recomiendo la versión de La Odisea de 1997. Además, muchos le guardamos un recuerdo muy bonito, ya que el estudio de Jim Henson fue el encargado de crear a los monstruos.

En cualquier caso, Nolan nos regala esta cinta a través de planos muy limpios y poderosos, con sabor a lentes de otra época, sin caer en una reconstrucción arqueológica.
A la pregunta de qué podemos esperar encontrar en esta cinta de Nolan, cada uno tendrá su propia interpretación, pero algunos de los temas centrales serán la importancia de la lealtad, el honor propio, el desconcierto de la espera, la amistad y el respeto por todas las vidas.
Nolan entiende que los animales no pueden ocupar un lugar meramente ornamental en este pequeño gran universo que ha creado. Rescato aquí, literalmente, el significado latino de animalis: «lo que tiene respiración, aliento o alma».
Lo divino toma aquí una forma más etérea y pocas veces se manifiesta mediante figuras humanas: una misteriosa y desafiante Atenea, interpretada por Zendaya; la magia negra disfrazada de vulnerabilidad en la bruja Circe, interpretada por Samantha Morton; la apertura al Hades y la consulta al GPS del adivino ciego Tiresias, interpretado por James Remar; y una mención especial a una exuberante y, a su vez, reconfortante enfermera, terapeuta y amiga íntima: Calipso, una ninfa casi divina que Charlize Theron nos regala de manera sublime.

Los diálogos con Calipso tienen el mismo tono romántico e intimista que nos presenta la reina Penélope, interpretada por una Anne Hathaway muy digna, que se mueve entre la dureza y una fragilidad constante. Penélope vive una literal viudez blanca: la de las mujeres que esperan a sus maridos, que han partido al mar, y permanecen sin noticias de ellos, sabiendo que la tragedia podía ser triple para muchas: no husband, no corpse, no widow’s pension.
Pero aquí el drama es también la amenaza de los pretendientes, que buscan el reino que Odiseo (Ulises, para quienes prefieran la versión latina) dejó atrás hace dos décadas, junto a un hijo recién nacido y sin padre. Telémaco, interpretado por Tom Holland, ocupa precisamente ese lugar: el del hijo abandonado que va recogiendo miguitas de información sobre el paradero de su padre mientras busca respuestas.
En resumen, La Odisea no es una película contenida y tampoco pretende serlo. Tiene multitud de momentos solemnes, algunas decisiones discutibles y una necesidad constante de convertir cada etapa del viaje en un acontecimiento para el espectador. La dirección de Nolan y un trabajo sonoro soberbio (con especial mención a los arcos que, al tensarse, evocan un arpa) convierten la película en la historia de un hombre que lleva veinte años intentando volver a una casa que quizá ya no exista tal y como la recuerda.