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«Elegir mi vida»: componer el presente sin olvidar el pasado

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Fernando L. Simó
Fernando L. Simó
Miembro fundador de mundoplus.tv, seriefilo, cinefilo, devorador de libros y en pleno redescubrimiento de los cómics. Amante de la cultura (pop) y de la Historia, y ministérico de corazón.
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La comedia romántica francesa «Elegir mi vida» (Partir un jour) supone el debut en el largometraje de Amélie Bonnin, que amplía la historia de su cortometraje de 2021 ganador del Premio César. La propia Bonnin que firma el guion junto a Dimitri Lucas nos presenta una de esas pequeñas películas que, sin grandes artificios, terminan alojadas en un rincón de nuestro corazón. Porque bajo su aparente ligereza, se esconde una reflexión muy humana sobre el paso del tiempo, las decisiones que nos definen y la necesidad de avanzar, aunque no siempre tengamos nada claro hacia dónde. Bonnin nos presenta una propuesta que, lejos de esconder sus referentes, los abraza con una naturalidad poco habitual, parar narrar una historia tan universal como sencilla. Una película en la que la música forma parte esencial de un relato que habla sobre la vida y como desperdiciarla pensando en lo que podría ser y no fue.

Elegir mi vida sigue a Cécile (Juliette Armanet), una chef de éxito (ganadora del concurso Top Chef) que días antes de la apertura de su primer restaurante, se ve obligada a volver a su ciudad natal tras el infarto de su padre. Este punto de partida, que podría parecer convencional, se convierte en un viaje emocional que enfrenta a la protagonista con ese pasado que dejó atrás. La película nos muestra esa travesía que implica el reencuentro con el primer amor, el recuerdo de los sueños que no se cumplieron, el peso de los orígenes y la inevitable distancia entre la persona que uno fue y la que cree ser ahora. Bonnin consigue así, equilibrar la emoción y la sonrisa cómplice, implicándonos en ese regreso a los lugares donde todo empezó, que funciona como mecanismo (casi infalible) para hablar del paso del tiempo.

Por otra parte, Bonnin construye su relato con una sensibilidad muy ligada al cine francés más reconocible, donde lo cotidiano se convierte en trascendente y único. La música no es solo un acompañamiento o una distracción pasajera, sino un vehículo emocional que conecta pasado y presente, reforzando esa sensación de nostalgia que se palpa a lo largo de toda la película. Pero no es una nostalgia edulcorada, sino más bien una invitación a reconciliarse con lo vivido sin rencor. Porque Elegir mi vida no habla tanto de tomar la decisión correcta, sino de aceptar que toda elección implica renuncia. Y es ahí donde la película encuentra uno de sus mayores aciertos: en recordarnos que, llegados a un punto de nuestra vida, toca elegir un camino. Tal vez no sea el único. Siempre hay opción de elegir otro. Pero lo importante es no quedarse en lo que pudo ser y no fue, sino no dejar de intentarlo.

La familia y su influencia son parte clave en la historia

En este sentido, la cinta funciona casi como un espejo para el espectador adulto. Nos enfrenta, sin tapujos, a esa idea incómoda de las oportunidades perdidas, de los “qué hubiera pasado si…”, pero lo hace desde una mirada serena, sin dramatismos innecesarios. Nos invita a mirar atrás con nostalgia, pero sin arrepentimiento. A que no hay problema en aceptar que vivir es consumir etapas, y que se puede disfrutar con plenitud el presente sin pensar en lo que pudo ser o en lo que aún no ha sucedido.

Desde el comienzo, la película consigue encontrar el equilibrio entre ligereza de la comedia y melancolía del drama romántico, gracias sobre todo a la química incuestionable entre Juliette Armanet y Bastien Bouillon. Gran parte del éxito de la película se sustenta en su trabajo y como construyen una relación creíble, que traspasa la pantalla, con esa mezcla de humor y ternura espontánea que resulta tan real. Ambos vuelven a trabajar juntos, tras hacerlo en el corto de Bonnin de 2021, aunque aquí cambiando sus roles y profesiones, además de su punto de partida. Su complicidad, sus miradas, sus silencios son capaces de conectar directamente con el espectador sin necesidad de explicación.

En resumen

Elegir mi vida es una película sencilla en lo formal, que utiliza la música, no solo como recurso estético, sino que hace funcionar como catalizadores emocionales las canciones de Céline Dion, K-Maro o Yannick. Un recurso, sin duda arriesgado, pero que no interrumpe la narración, sino que la expanden, haciendo que los personajes puedan expresarse en un registro más íntimo.

A pesar de ser una ópera prima, la película de Amélie Bonnin ofrece un relato maduro y conmovedor sobre las decisiones que tomamos en la vida. Una mirada al pasado con nostalgia, sin pesadumbre, sino más bien con una sonrisa en los labios. Una de esas películas que te recuerdan que una vez fuiste joven y que te hacen valorar el camino que has recorrido hasta llegar al momento actual. Porque la vida es una canción repleta de estrofas que siempre se pueden cambiar.

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