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«Deathstalker» revive el cine de espada y brujería que marcó a toda una generación

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Fernando L. Simó
Fernando L. Simó
Miembro fundador de mundoplus.tv, seriefilo, cinefilo, devorador de libros y en pleno redescubrimiento de los cómics. Amante de la cultura (pop) y de la Historia, y ministérico de corazón.
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Había una época, tal vez no tan lejana (o eso me gustaría creer), en la que los videoclubs eran un lugar de peregrinaje para los aficionados al cine. Una especie de santuario al que acudir, en busca de esa novedad que nos permitiría viajar a mundos lejanos, lejanas galaxias y reinos míticos. Una época en la que solo había dos cadenas de televisión (luego llegarían las privadas) y en la que el streaming sólo existía en la imaginación de escritores de ciencia-ficción. El estreno de «Deathstalker» en Movistar Plus+, el pasado 25 de marzo, recupera ese aroma inconfundible a otra época menos exigente, y tal vez más inocente. No solo por su estética o su tono, sino porque representa el intento —valiente, casi inconsciente— de recuperar un género que durante décadas fue sinónimo de evasión pura y que hoy parece condenado al olvido. Me refiero al cine de espada y brujería, ese universo donde más allá de la lógica se imponía la imaginación.

Durante los años 80, una época en la que no había internet, este tipo de producciones encontró su hábitat natural en los videoclubs. Allí convivían títulos imposibles, carátulas hiperbólicas y mundos fantásticos que prometían aventuras inimaginables. Era un cine que iba directo al grano, sin complejos, que no aspiraba a instalare en el alta de las obras maestras del séptimo arte, sino que buscaban ofrecer al espectador entretenimiento puro y duro. Deathstalker, en su nueva encarnación, 35 años después de su cuarta y última entrega, bebe directamente de esa tradición única y particular. Lo hace reivindicándola sin filtros, sin esconder sus defectos, pero abrazando su “grandeza”. Algo que resulta tan refrescante como inusual en el panorama actual, que se nutre más de lo artificial y que se olvida de ofrecer historias con alma.

Con el estreno de Deathstalker es imposible no trazar una línea directa con títulos que definieron el género para toda una generación. Siempre claro está, siendo conscientes de las carencias de esta película y de su estilo de serie Z hiperbólico. Sin embargo, su espíritu recuerda a títulos que nos hicieron gozar a los fans del género hace cuarenta años, Desde las dos entregas de Conan el Bárbaro que lanzaron al estrellato a Arnold Schwarzenegger, pasando por propuestas tan icónicas como El señor de las bestias (con Mark Singer antes de V), la fantástica Krull, la hoy olvidada El dragón del lago de fuego o Red Sonja, hasta joyas más modestas, pero igualmente recordadas como El guerrero y la hechicera o Ator el poderoso. Todas ellas compartían ese espíritu aventurero, ese gusto por lo fantástico y ese punto de exceso que hoy parece casi un acto de rebeldía frente a lo políticamente correcto.

Steven Kostanski (El Vacío, V/H/S 94) dirige esta nueva entrega con plena conciencia del material que maneja. No estamos un reboot al uso, sino más bien ante una especie de quinta entrega espiritual de la saga que funciona de forma independiente. Su mirada es la de un fan que entiende y respeta los códigos del género y que sabe equilibrar entre el simple homenaje y la actualización a estos tiempos «modernos». El resultado es una película que abraza sin pudor el exceso, tal como demuestra su descacharrante comienzo, y que a lo largo de sus poco más de noventa minutos, ofrece combates constantes, criaturas imposibles, efectos prácticos que son de agradecer en una era en la que el CGI es la norma y un sentido del humor que roza la parodia sin caer del todo en ella.

La película está repleta de combates, sangre y mucho humor

Al frente del espectáculo encontramos a Daniel Bernhardt, actor al que seguro habréis visto en multitud de títulos en papeles secundarios en producciones repletas de acción, tipo John Wick, Atómica, Nadie o Logan. Siempre dando vida al sicario de turno que se enfrenta al héroe de turno, y siempre con resultados nada buenos para su personaje. Sin embargo, aquí encuentra un papel protagonista a la altura de su físico y su carisma. En Deathstalker, pasa de secundario a dar vida a un héroe canalla, irónico y sorprendentemente cercano. Su personaje funciona tanto en las escenas de acción —donde Bernhardt demuestra que sigue teniendo una presencia física imponente— como en los momentos más ligeros, donde el guion le permite jugar con el tono desenfadado que conforma todo el conjunto.

Por su parte, la historia no se complica y va al grano desde el primer minuto. Un antiguo reino asediado por fuerzas oscuras, un amuleto maldito, una amenaza ancestral y un héroe (a su pesar) destinado a evitar el caos. En esencia, nos encontramos ante el mismo esquema que tantas veces vimos en aquellas cintas de videoclub que nos hicieron disfrutar en su momento. Y ahí reside parte de su encanto. Deathstalker no busca reinventar el género, sino recordarnos por qué funcionaba sin necesidad de grandes alardes.

En resumen

Más allá de su mayor o menor calidad artística, Deathstalker representa un soplo de aire fresco frente a una industria cinematográfica dominada por franquicias millonarias y universos compartidos. Es una película que, a pesar de sus defectos, destila amor por el cine, reivindicando un tipo de fantasía más artesanal, más directa y, en cierto modo, más honesta con el espectador. Es un recordatorio de aquellos días en los que perderse entre estanterías de videoclub era una aventura en sí misma, un ritual (casi sagrado) que las nuevas generaciones no han podido conocer pero que sigue muy vivo en la memoria de quienes crecimos entre cintas VHS y portadas imposibles.

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2 COMENTARIOS

    • Yo fui a verla al festival de Sitges hace unos meses.

      Por favor, pat, deja de usar mi nombre y de decir tus chorradas por aquí, que me entero por la portada de esta página de todos los mensajes que pones en mi nombre, porque esto no lo escribí yo sino que fuiste tú, pat, quien lo escribió

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