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«Roofman: Un ladrón en el tejado» es la perfecta atracción hollywoodiense de estas Navidades

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Gerard Garrido Duch
Gerard Garrido Duch
Divulgador científico y cultural, además de apasionado del cine y de la crítica. Soy un barcelonés devorador de películas, estudioso de los Oscar y devoto de Billy Wilder y Scorsese. Capaz de desviar cualquier conversación hacia el cine, también encuentro refugio en el fútbol, la música y la gastronomía.
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Si algo ha tenido siempre bajo control el cine de Hollywood es la cuestión de la empatía. Tanto da si el protagonista de una película es un soldado, un padre de familia, un ladrón o un asesino; el cine estadounidense siempre consigue que el espectador se ponga de su lado. Por esta misma razón, no resulta sorprendente que toda una sala de cine desee que un ladrón confeso y mentiroso compulsivo se salga con la suya, por muy egoístas que sean sus motivos. En «Roofman: Un ladrón en el tejado» la fórmula vuelve a funcionar gracias a un guion férreo y a un Channing Tatum muy carismático en la que probablemente sea la mejor interpretación de su carrera.

La película cuenta una historia real, la de un hombre que ganó dinero atracando cadenas de comida rápida, se fugó de la cárcel y vivió durante meses escondido en una juguetería. La premisa, por supuesto, da mucho juego para una comedia o un thriller ligero. El mérito del director Derek Cianfrance es equilibrar los géneros para compensar las risas con momentos realmente emotivos y reflexiones sinceras sobre la familia y las segundas oportunidades.

La primera parte del film es la que más juega con los códigos del género de atracos, recordando por su puesta en escena al cine de Steven Soderbergh. Sin ir más lejos, la secuencia en la que el protagonista encuentra su escondite remite a Ocean’s Eleven (pero en un Toys R Us) por su montaje picado, su personaje meticuloso y el punto de vista de la sala de control y las cámaras de vigilancia. Una vez se asienta tonalmente, la película introduce al personaje de Kirsten Dunst, una trabajadora de la juguetería que establece las bases emocionales de la película y permite al protagonista tener un arco interesante.

Cianfrance construye un relato en forma de thriller, pero con fondo de comedia romántica, en la que el drama interno del personaje no es su fuga física del sistema judicial, sino la incapacidad de ser honesto y aceptar su realidad, adentrándose en un peligroso foso de mentiras y engaños. Habrá quien encuentre moralmente peligroso que la película romantice a un personaje real que es un criminal confeso y que no sea más dura con una relación sentimental basada completamente en engaños, farsas y sostenida por los bienes materiales que el protagonista consigue por medios ilegales; la ligereza del film puede entrar en ese terreno peligroso, pero su mensaje es honesto y no exime de culpa a su protagonista.

Roofman: Un ladrón en el tejado es un entretenimiento made in Hollywood que apuesta por un guion muy solvente y a un núcleo emocional que funciona a pesar de su tono cómico. Es el caldo de cultivo perfecto para convertirse en una comedia de culto con el tiempo, sin remakes ni secuelas a posteriori, al estilo de películas como Dos buenos tipos (Shane Black, 2016).

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