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«The Running Man»: espectáculo, crítica y contradicciones en la nueva distopía de Edgar Wright

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Pablo Arroyo
Pablo Arroyo
Apasionado del fútbol y del cine, me considero un periodista que combina su amor por el deporte con el arte de contar historias. Con un especial interés por las obras de Quentin Tarantino. Intento explorar la intersección entre el cine y el deporte, analizando cómo las narrativas del fútbol pueden ser tan cautivadoras como las mejores películas. Siempre en búsqueda de la próxima gran historia.
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Dirigida por Edgar Wright, «The Running Man» (2025) llega como una relectura moderna de la novela homónima de Stephen King, publicada en 1982 bajo el seudónimo Richard Bachman. En su texto original, King planteaba un futuro marcado por la desigualdad, el control mediático y la violencia televisiva convertida en entretenimiento masivo. Cuarenta años después, esa visión se siente inquietantemente vigente, y Wright aprovecha la oportunidad para trasladarla a un terreno más actual y reconocible, con su propio sello visual y narrativo.

La historia sigue a Ben Richards, un trabajador desesperado que acepta participar en un programa televisivo donde los concursantes deben huir de cazadores profesionales. El premio: dinero y fama; el riesgo: la muerte retransmitida en directo. En esta nueva versión, el personaje, interpretado con carisma por Glen Powell, conserva la mezcla de vulnerabilidad y coraje que ya tenía en el texto de King. Lo que empieza como una lucha por sobrevivir acaba convirtiéndose en una rebelión contra un sistema que utiliza la violencia como forma de control y espectáculo.

La película tiene un arranque poderoso. Wright demuestra su dominio del ritmo y la puesta en escena, logrando que el espectador se sumerja en un mundo asfixiante, donde la línea entre realidad y ficción está completamente borrada. Los primeros compases, con su tono frenético y su ambientación urbana opresiva, son de lo mejor del film: la cámara no da respiro, y la dirección de arte construye un universo sucio, ruidoso y creíble, a medio camino entre la distopía clásica y la estética del videojuego moderno.

Donde la película resulta más interesante es en su lectura sobre la manipulación mediática y el control de la verdad. Wright acierta al mostrar un sistema que fabrica héroes y villanos según las necesidades de la audiencia, un reflejo inquietante de la actualidad. Las noticias son propaganda, las víctimas se convierten en material viral y la indignación se dosifica como un producto más. Sin necesidad de discursos explícitos, el film logra sugerir que la violencia televisiva del futuro no está tan lejos de los mecanismos de entretenimiento que ya consumimos hoy.

A este mensaje se suma una crítica directa a la desigualdad económica, otra de las obsesiones de King. El mundo de The Running Man es una sociedad sin matices: los ricos viven aislados en zonas blindadas, mientras el resto sobrevive entre ruinas, buscando un modo de escapar de su miseria. Wright construye esa división de forma visualmente potente —con una dirección de arte gris y opresiva frente a los tonos dorados de la élite—, aunque en ocasiones su insistencia en el contraste resulta demasiado obvia. La metáfora se entiende rápido, quizá demasiado.

Glen Powell, en cualquier caso, sostiene la película con un registro sólido. Su Richards no es el típico héroe musculado, sino un hombre común empujado por la desesperación. Su mirada transmite la contradicción de un personaje que, mientras lucha por sobrevivir, se convierte sin querer en símbolo de una rebelión que ni siquiera buscaba liderar, un guiño a lo que puede pasar hoy en día con las redes sociales, convertirse en un referente para bien o para mal.

El ritmo, eso sí, nunca decae. Wright logra mantener la tensión durante sus dos horas de metraje, alternando momentos de pura adrenalina con otros más pausados que permiten respirar. Visualmente, el resultado es brillante: las secuencias de persecución son dinámicas, el sonido envolvente refuerza la inmersión y la fotografía apuesta por contrastes fuertes que enfatizan el caos del mundo representado. Todo funciona al servicio del espectáculo, y en ese sentido, la película cumple.

Lo que quizá se echa de menos es una mayor audacia conceptual. The Running Man no innova dentro del género distópico ni aporta una visión especialmente nueva sobre los peligros del sensacionalismo mediático. Sus referentes son claros —de The Hunger Games a Black Mirror—y aunque Wright logra dotar al conjunto de cierta personalidad, el resultado final no deja de sentirse como una actualización más que una reinvención.

Al final, The Running Man no busca reinventar el género distópico, sino actualizarlo. Y en ese sentido, cumple su cometido: es vibrante, enérgica y consciente del tiempo en que se estrena. No alcanza la contundencia ideológica de la novela, pero sí ofrece un retrato lúcido del presente disfrazado de futuro. Una película que, más allá de sus persecuciones y su acción impecable, nos recuerda que quizá ya estamos viviendo en el mundo que tanto temía Stephen King.

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