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«La coleccionista»: festival del despropósito

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Álex Oliveres
Álex Oliveres
En el pasado fui bloguero, actor, monologuista y guionista. Era como un artista del Renacimiento, pero de serie Z. En la actualidad vivo rodeado de DVD’s, cintas de VHS, cómics y libros. Yo lo llamo coleccionismo. Mi terapeuta dice que es síndrome de Diógenes. De tanto en tanto me gusta escribir sobre las películas que veo o de alguna de mis idas de olla.
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Está siendo un buen verano para los aficionados al cine de terror. Títulos como «Devuélvemela», «Weapons» o «Sé lo que hicisteis el último verano», han llegado recientemente a nuestras pantallas para hacer las delicias de los seguidores del género. Pero al igual que no todo son alegrías en la casa del pobre, tampoco todas las películas de miedo llegan a nuestras carteleras para alegría y regocijo de los fans. Este sería el caso de “La coleccionista”, que queda muy lejos de poder ofrecer el nivel de calidad o entretenimiento de los títulos anteriormente citados. De hecho, más bien se une a la lista formada por películas como «Estación Rocafort» o «Anatema» como lo peor del reciente cine de terror patrio.

Lo más triste de todo es que uno ya se huele lo peor al poco de iniciarse el metraje. Aquí la cosa va de una familia que se desplaza hasta Reino del Duero, pueblo perdidísimo y poco habitado, para ver si ello ayuda a la madre a superar un trauma que tiene. Por allí también pulula un joven toxicómano que vive en una caravana que ha tenido a bien aparcar junto al cementerio de la localidad. Tanto la madre como el alegre yonqui se topan con Fátima, una extraña mujer que les obsequia con unos objetos que en principio parecen ser de lo más mundano. A ella le regala un espejo y a él un diario. Hay que señalar aquí que la primera aparición de Fátima viene precedida de un lamentable intento de jumpscare. Esto tan solo es un aviso de que lo más deleznable está por llegar.

Decía que los objetos regalados por Fátima parecían de lo más normales. Craso error. La madre no tarda en ver a su difunto hijo, motivo del trauma que tiene, reflejado en el espejo. Por su parte, el chico adicto a todo lo malo descubre, para su asombro, que el diario relata las cosas que le van a suceder a continuación. El misterio está servido, pero no hace falta que te vuelvas loco para resolverlo porque no vale la pena. Y no vale la pena porque nada tiene pies ni cabeza en esta historia. Uno acepta que a veces hay que tener manga ancha con los relatos fantásticos, pero una cosa es ser benevolente y otra muy distinta es permitir que no haya ningún tipo de lógica. Y eso es lo que pasa en La coleccionista. Nunca queda claro si el terror viene de los objetos, si es causado por Fátima o si es que ya está instalado en el pueblo, cuyos habitantes a veces parecen diabólicos y otras veces parecen tener más miedo que los propios protagonistas. Te quedas con la sensación, por los bandazos que va dando la película, de que ni los propios guionistas saben qué quieren narrar exactamente. Tan solo van poniendo una tras otra cualquiera de las ideas, por muy absurdas que sean, que se les pasan por la mente. Todo sucede porque sí. Mención especial a la escena del santero, que es una auténtica tomadura de pelo a nivel argumental. Al final, todo desemboca en una resolución de lo más sonrojante. Un deus ex machina disfrazado por los escritores de giro sorpresa.

En el capítulo de la realización, la cosa tampoco es que mejore mucho. La coleccionista contiene los intentos de susto peor rodados de los últimos años. Manuel Sanabria, director de la película, demuestra una incapacidad manifiesta para poder crear el más mínimo instante de tensión o terror.

Pero donde uno realmente sufre es a nivel actoral. Canco Rodríguez no para de hacer infructuosos intentos por insuflar dramatismo a su personaje, para acabar entregando una versión seria del Barajas.
Por su parte, Maggie Civantos merece recibir un premio ni que sea por recitar frases como “He visto a la niña. Creo que estaba torturando al gato”, sin descojonarse. Aparte de eso, su único registro interpretativo es pasar del susurro al grito para hacernos ver que su personaje está perdiendo la cordura.
Entre los secundarios encontramos a Paco Tous, que está sencillamente lamentable, y Assumpta Serna, que intenta aportar algo de dignidad a la función.

Me gustaría decir algo bueno de La coleccionista, pero es que no hay nada a lo que aferrarse. Bueno, tal vez sí. Es lo suficientemente cómica, involuntariamente, eso sí, para que no te aburras con su visionado. Oye, algo es algo.

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