«Sirenas» es (era) uno de los grandes estrenos de Netflix para el pasado mes de mayo, sobre todo por su trio femenino protagonista formado por Julianne Moore, Meghann Fahy (The White Lotus) y la emergente Milly Alcock (de Juego de Tronos a Supergirl), a quienes acompaña (de una forma algo peculiar) Kevin Bacon. Una serie que se sustenta en el poderoso trío de actrices, mientras se nos presenta un relato, a ratos inclasificable, que nos lleva al borde de un precipicio de sensaciones contradictorias. «Sirenas» no es fácil de digerir, y mientras te enfrentas a su visionado, y finalmente terminas de ver sus cinco episodios, comprendes que has hecho un viaje. Una extraña travesía que profundiza, no sólo en la más mordaz crítica a la vacuidad de los poderosos, sino en como cada uno afronta sus traumas y el dolor que estos nos producen.
En Sirenas conocemos a Devon (Meghann Fahy), que acaba de salir en libertad tras haber sido detenida por conducir ebria, vive con su padre con demencia y cuya vida parece no ir por un buen camino. Un personaje, en apariencia profundamente defectuoso, que en este momento de desesperación buscará la ayuda de su hermana Simone (Milly Alcock). Sin embargo, su señal de socorro (la palabra Sirenas) solo obtiene como respuesta, una ostentosa bandeja de frutas que hará que pierda la paciencia y que Devon decida viajar desde Buffalo (al norte de Nueva York) hasta Nueva Inglaterra, en busca de su hermana pequeña. Su travesía le llevará hasta Cliff House, una propiedad palaciega donde Simone vive y trabaja como una devota (fanática dirían algunos) asistente personal de Michaela Kell (Julianne Moore), una antigua abogada corporativa convertida en socialité y conservacionista de aves rapaces, a la que sus íntimos llaman «Kiki».
Narrada en el transcurso de un fin de semana (en el que puede pasar todo) en una lujosa isla, Sirenas es una exploración incisiva, sensual, oscura y divertida de las mujeres, el poder y las clases sociales. ¡Mucho qué abarcar! La serie maneja un extraño cóctel de tonos que no siempre puede resultar fácil de asimilar por parte de espectador. Sin embargo, al igual que las criaturas mitológicas que le dan nombre, Sirenas —sobre todo gracias a su trío de actrices protagonista – ejerce hacia nosotros un poder de atracción cautivador que te atrapa durante sus cinco episodios.

Resulta fascinante el poder hipnótico que ejerce sobre nosotros, una historia que parece no contar nada. Sin embargo, esta serie creada por la dramaturga Molly Smith Metzler, que adapta la obra de teatro Elemeno Pea, escrita por ella misma hace casi 15 años, tiene un aire fantástico que se aleja de la realidad dolorosa y cruel que parece acompañar a las protagonistas. Devon (Fahy) y Simone (Milly Alcock) viven separadas tras haber soportado un trauma inimaginable en su juventud. Mientras que la relación de Michaela (Moore) con su marido (Bacon), no es tan idílica como parece. Cada personaje tiene algo escondido, que pugna por salir, y será durante ese fin de semana que nos narra la serie, cuando se liberarán de su pesada carga.
La atmósfera onírica que impregna la serie nos acompañará a lo largo de sus cinco episodios. La isla (ficticia) en la que se mueven los personajes, claramente inspirada en lugares como Martha’s Vineyard, aporta un toque de irrealidad a la historia. A eso hay que añadir el magnetismo que desprende el personaje de Michaela (una increíble Julianne Moore), que parece ejercer una influencia muy especial en todos y cada uno de quienes están cerca de ella. Cual ser mitológico surgido de las profundidades del mar, su presencia nos invita a perdernos por una historia mucho más retorcida de lo que aparenta, ya que bajo una fachada de superficialidad se esconde un oscuro retrato de las relaciones. Porque Sirenas, bajo su fachada de colores pastel esconde lo difíciles que son las relaciones familiares, de amistad o matrimoniales. Así, vemos como la relación de dos hermanas que vivieron un duro trauma, se volvió dependiente y provocó más dolor del deseado. También somos testigos de lo tóxicas que pueden ser las relaciones de pareja que solo buscan satisfacer una parte de nuestro ser, o como los matrimonios que ocultan demasiados secretos, terminan por saltar por los aires.
En resumen
Sirenas gustará a unos, y será odiada por otros. La serie de Netflix no está hecha para dejar indiferente a nadie, y su desarrollo a veces nos deja descolocados por los cambios bruscos de tono que sufre la historia. Vamos del drama a la comedia surrealista, pasando por el misterio sobrenatural, casi sin despeinarnos. Aunque sin duda, la gran baza de Sirenas es el trío protagonista, con una esplendida Julianne Moore a la cabeza, muy bien acompañada por Meghann Fahy y Milly Alcock, cuyas escenas de enfrentamiento están cargadas de una realidad cruda que escapa de la burbuja del personaje de Michaela. Finalmente, aunque es cierto que la serie cambia de tono tantas veces que no todos funcionan, los que sí lo hacen crean una energía única e impredecible. Un cóctel que nos lleva a quedar hipnotizados, como aquellos marineros embelesados por el canto de una sirena que se veían arrastrados a las profundidades del mar. Si te atrapa, ya no podrás escapar.