En la vida de Dan Fogelman, el creador de la serie «Paradise», disponible en Disney+, la familia es lo más importante. Primero fue para él la familia Disney, para la cual escribió «Cars», «Enredados» o «Bolt». Luego el producto por el que alcanzó fama y fortuna, «This is Us», la serie sobre familias más lacrimógena de los últimos años, con una trama sobre gente realmente buena que son familia, y sus circunstancias trágicas, muy trágicas, que sin embargo no mermaban su capacidad de intentar ser felices. En esa serie brillaba especialmente dentro de un reparto estelar Sterling K. Brown, un actor de una intensidad física y emocional a la altura de Denzel Washington, y que ganó el Globo de Oro a mejor interpretación por su trabajo.
Sterling K. Brown también es el protagonista de Paradise. Y ese debería ser el único aspecto que uniera ambas series. This is Us era una serie sobre una familia de trillizos, con la peculiaridad de que uno de ellos era adoptado, y Paradise es una serie sobre un lugar utilizado como refugio ante una catástrofe mundial. En principio, ningún parecido.
Pero en realidad no. Las dos series de Fogelman son como dos gotas de agua.
Probablemente el primer episodio de Paradise es uno de los mejores primeros episodios o pilotos, como se decía antes, del panorama de series de los últimos años. Una mezcla perfecta de emoción, misterio, crimen, ritmo dramático y fascinación en el modo de contar la historia, como en una ensoñación, casi irreal y con un epílogo de episodio digno de un final de temporada. El tono de extrañeza, de irrealidad, es lo suficientemente ambiguo y está tan sugerido que va penetrando en la historia, en la sensación que tenemos viéndola provocando que te enganche desde el inicio. Lo malo es que solo es el primer episodio. Luego continúa con una serie de planteamientos y personajes totalmente inverosímiles. Y entonces, pues ya no.
Paradise es un compendio de la fantasía de Disney, con un envoltorio de ciencia ficción post apocalíptica a la cual Fogelman le añade los ingredientes habituales en sus historias: familiares cercanos, situaciones que derivan en lágrimas, y permanentes flashbacks; la serie se convierte con el paso de los episodios en una cosa rara, un híbrido entre serie futurista y sentimental, que poco a poco comienza a olvidarse de lo futurista, y centrarse única y exclusivamente en lo sentimental; momentos álgidos que transcurren en secuencias muy cortas, y finales de capítulos apoteósicamente concatenados entre situaciones presentes y pasadas. El piloto de Paradise, sería un perfecto boceto de la serie, una presentación a su altura y una gran muestra de ficción contemporánea, sin duda, pero cuando la serie intenta seguir su propio camino es cuando empiezan los problemas.
Al contrario que en la multihistoria familiar de This is Us, está claro que la dimensión que alcanza esta historia, su carácter global vinculado al destino de toda la humanidad no puede por menos que escoger a una selección de personajes, en un reparto realmente bueno encabezado por Brown. Pero sientes cierta pena al ver como deambulan, sin un rumbo fijo, por los paisajes creados ante un cataclismo del que nunca se habla; sólo cuando regresan al terreno en donde alcanzó la fama Fogelman, al terreno de las relaciones personales, consiguen salir adelante y parecen incluso agradecerlo, pero hace ya rato que el espectador asiste entre confundido y cabreado al devenir de la historia.
Todo el planteamiento inicial podría tener su continuación en el último episodio, dando como resultado una buena película de ciencia ficción, o una mini serie (realmente mini). Pero claro, hay que llenar la trama de los seis episodios restantes de contenido. Si partimos de un crimen, habrá que resolverlo (último episodio). Si hay una tragedia mundial, tendremos que ver qué es lo que la causa (de nuevo, último episodio). Y si los personajes han perdido a seres queridos, habrá que ver qué pasó realmente con ellos (¿adivinan?).
Como solamente con eso no llega, especialmente debido a que hay muchos menos personajes para ello, Fogelman se inventa una pseudotrama detectivesca que chirría por todos los lados, en la que hay un crimen de una figura importante y una sucesión de sospechosos, de tramas casi policíacas (sin un solo policía implicado, otra incongruencia) que lo único que consiguen es rellenar los episodios de múltiples sospechosos y servir de excusa para girar hacia el melodrama en cuanto te despistas. Y es entonces cuando empiezas a olvidar ese inicio de la historia, ese extraordinario primer episodio. Es algo común en la historia de la televisión norteamericana, poner toda la carne en el asador en el planteamiento de la historia, convencer a los ejecutivos televisivos gracias a ese inicio original, para luego caer en el cliché más absoluto.
Pasar de lo emocional, el terreno por el que se ha movido Fogelman, al terreno de la ciencia ficción se intuía como algo muy complejo, ya que el discurso que afecta a la humanidad, el discurso digamos global, desde arriba, casa muy poco con la cercanía que pide cualquier relación paterno- filial como las que aparecen continuamente en esta serie, esa intimidad que se debe de mostrar pero envuelta de una aparatosidad tan artificial que hace que el relato se caiga. Es tal la decepción que se te acumula viendo los últimos episodios que ya pierdes la cuenta del número de relaciones familiares, de personajes que ni habían aparecido hasta esos episodios y que luego se vuelven fundamentales, y de resoluciones absolutamente rocambolescas, como la revelación del personaje que podría encarnar al villano, quién resulta ser (increíble pero cierto) alguien en quién ni te habías fijado básicamente porque no te habían hablado de él en toda la serie.
Mientras tanto, la nada. Todos los episodios entre el primero y el último podrían encajar en cualquier temporada de This is Us, cambiando los nombres de los personajes protagonistas. Y el tono general no variaría, a pesar de su pretendida premisa fantástica, lo cual es bastante significativo.
El último episodio deja en el aire varias cosas, como un personaje principal en el hospital, aparentemente en coma a pesar de que le han pegado un tiro en el pecho (en plan «igual te necesito más adelante”), una villana cuya única justificación parecen ser unos juegos para la Wii (ver para creer) y un viaje en avión sin destino aparente que sugiere una segunda temporada que, siguiendo la tónica habitual en productos del nivel de producción de éste, llegará a las pantallas de la plataforma en fechas próximas. Me pregunto qué contará. ¿Más lágrimas?