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Jonathan Millet: «El espectador vive las dudas del personaje como si fueran suyas»

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Pablo Arroyo
Pablo Arroyo
Apasionado del fútbol y del cine, me considero un periodista que combina su amor por el deporte con el arte de contar historias. Con un especial interés por las obras de Quentin Tarantino. Intento explorar la intersección entre el cine y el deporte, analizando cómo las narrativas del fútbol pueden ser tan cautivadoras como las mejores películas. Siempre en búsqueda de la próxima gran historia.
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El pasado viernes 7 de febrero se estrenó en cines «La red fantasma», thriller inspirado en la historia real de la célula de espías formada por refugiados sirios que persigue a los dirigentes del régimen de Bashar al Asad escondidos por Europa. La película, de la que podéis leer la crítica aquí mismo, está dirigida por Jonathan Millet, con el que tuvo la ocasión de charlar. A continuación, podéis leer la entrevista completa.

Después de hacer cortometrajes como «Old Love Secret», que supuso tu inicio en el mundo cinematográfico, documentales como «Et toujours nous marcherons (Y siempre caminaremos)», llega «La Red Fantasma», que supone tu debut en los largometrajes, ¿cómo ha sido ese proceso de cambio?

Bueno, para empezar a trabajar en esta película, tenía sobre todo, digamos, empecé como un documento, como un documentalista. Con tiempo recuperé información, testimonios, o sea, hablaba con refugiados de guerra, no era en absoluto la película que iba a hacer. Durante dos años conozco a refugiados de Sirios, que empiezan a hablarme poco a poco de esta historia increíble, que vienen a buscar criminales de guerra en Europa. Y digo bueno vale, esto va a ser el tema, me parece genial, me permite hablar de la guerra, los traumas, del duelo, todo con una intriga alucinante, y puede tocar temas geopolíticos e íntimos.

Pero ¿cómo hacer que el espectador viva esta historia? Pensé en un documental, voy a explicar, voy a aportar información. Pero entre esa gente que conocí, lo que más me encantó de esta gente, lo más fuerte, lo que realmente fue la unión íntima, o sea, lo que los unía, realmente eran ciudadanos totalmente normales, que vivieron con dudas, estuvieron a punto de abandonar, son débiles, o sea, yo pensé que con la ficción podía hacer vivir al espectador todas esas etapas.

Y me inspiré al 100% de la realidad para llegar a una ficción. No hace falta añadir, no hace falta ni dramatizar, porque la historia por sí misma basta, con las herramientas de la ficción, puedo proponer al espectador que se sumerja en la mente del personaje y que viva las mismas sensaciones, que viva las preguntas, que viva las dudas del personaje. En cambio con un documental no hubiera podido compartir eso al espectador, no quería explicar, no quería hacer una película de explicaciones, sino una película que nos hiciera vivir el trauma, que nos hiciera realmente sentir las preguntas morales que se hacían ellos.

Como filósofo en origen, hablando de esas preguntas, me llama la atención el hecho de ¿si ha sido importante también indagar en los «monstruos»? que también son protagonistas de estas historias.

Bueno estudié filosofía, y la filosofía realmente es el arte donde te haces preguntas. Y creo en las películas que no entregan explicaciones inmediatamente, sino que dejan apertura, que dejan espacio al espectador y que deja que el espectador piense y decida, que nos hacen participar en cuestiones morales. Por eso me interesaba, sobre todo hablando del mal, del malo de la historia, siempre quedarme desde el punto de vista de Hamid.

Solo vamos a saber lo que sabe Hamid, el protagonista. O sea acercarnos hacia el personaje del torturador solo a través de Hamid. Pero ¿es él? ¿no es él? quiero saber quién es, pero al mismo tiempo me duele, tengo miedo de verle. Quería contar el personaje a través de Hamid, solo. Pero creo que hay otra “película” dentro de la película que es la trayectoria del torturador. Un joven, igual que Hamid, que vive más o menos en la misma trayectoria, pero que escoge otro camino. Hamid necesita acercarse a él, acercarse a lo que quema, para quizá poder pensar en una vida después. ¿Y hasta qué punto? como espectadores, nos planteamos preguntas, no, no puede ser él, o sea, no puede ser. Y a medida que avanza la película, cambiamos de opinión varias veces, eso sirve para contar que la realidad es compleja, que no somos arquetipos, todo no se resume en una imagen, que esos dos jóvenes, de casi la misma edad, son un poco el espejo el uno del otro. La imagen reflejada.

En esa otra parte de la película, se sigue al torturador afín al régimen. Justo antes de Navidad, el régimen de Bashar al-Asad puso fin a 25 años de gobierno, sin contar los de su padre, obviamente. A pesar de que la historia de la película transcurre antes de este fin, ¿cuál ha sido el mayor desafío al retratar un tema tan complejo, que además resulta ser de plena actualidad?

Bueno creo que la mayor dificultad, el mayor desafío, fue tener bastante material para hacer 15 películas. El primer reto, realmente, era deshacerme del 95% del material, si no iba a inundar al espectador de datos e iba a ser imposible, la película solo sería una explicación, una larga explicación. Y debía depurar al máximo, realmente debía hacer una película con una línea muy clara, un hombre que persigue a otro hasta la obsesión y envolver esto con geopolítica también, pero también con intimismo. Entonces una película que, sobre todo, ocurre en la cabeza del espectador ¿cómo? mostrando muy poco, puedo hacer que el espectador participe en la carga emocional, en los problemas de Hamid, del protagonista. Es verdad que la actualidad hace que cambie algo, ¿no? Cuando acabó la película, Bashar al-Assad sigue en el poder.

Es una película, digamos, donde hay mucho fuera de campo, fuera de encuentro. Se habla de un país que bueno, hacía tiempo que no oíamos hablar de ello. Una prisión Sednaya algo misteriosa y desconocida. Pero de pronto, desde hace un mes, es una película que se alimenta de las imágenes actuales, en los periódicos, en los noticieros, en las noticias. Y estoy encantado de no haber mostrado más en la película, porque realmente ahora se demuestra que no es necesario.

A la hora de construir la película, te has inspirado en títulos como «La Conversación» o «La Vida de los otros», pero más allá de eso ¿también habido cierta inspiración en la persecución que hubo a los nazis después de las postguerra, como se puede observar en películas como «Operación final»?

Sí. Sí, ha habido numerosos casos, ¿no? Después de la caída de un dictador en Indonesia, por ejemplo, o de los nazis en Europa. Hace falta una justicia y la sensación de impunidad no es aceptable. No se puede aceptar y a veces ocurre a través de la justicia, propiamente dicho, o a veces en mano, ¿no? Por ejemplo, en Rwanda, en Indonesia y en muchos más países. Lo que cambia aquí, en la época de los… digamos que se empezó a perseguir a los nazis, sabíamos quiénes eran los buenos y los malos.

Nadie no va a condenar a los nazis. Al cabo de 1945, todo el mundo sabía que los malos son los nazis y, por lo tanto, los buenos persiguen a los nazis. En nuestra historia, cuando los sirios huyen de otros sirios, la comunidad internacional no ha dicho nada.

Seguimos en la época en que Bashar al-Asad es visitado por diputados franceses para intercambiar, o sea, vender vino, vender armas, intercambios comerciales, hasta 2019. Pero en este caso donde sirios que persiguen a otros sirios, no pueden contar con nadie, mientras que con los nazis “todos están con ellos”, ¿no? con los perseguidores. Entonces una de esas grandes cuestiones es ¿si detenemos al verdugo, habrá algún país que se atreverá a condenarlo?, ¿habrá un juicio? Es un dilema muy duro y también lo muy duro es no ser considerado como una víctima ya que la comunidad internacional nunca declaró a Bashar culpable, los sirios perseguidos no son víctimas. Entonces, estamos en una especie de… flotamos, ¿sabes?, sin tener nada concreto.

Después de dirigir documentales como »Ceuta, douce prison», que aborda la vida de los migrantes y las tensiones al intentar cruzar la frontera hacia Europa, y »Red Fantasma», con testimonios y documentos que recogen la dureza y crueldad de estas realidades, ¿qué impacto emocional o personal tiene para ti crear obras que tratan sobre estos temas tan difíciles y desgarradores?

Bueno creo que las películas cuentan quién eres tú, quién es el realizador, ¿no?, de un cierto modo. Yo he viajado mucho, he observado lo que ocurría, he hablado con muchos exiliados, mucha gente que viajaba, que dejaba su país. Y siempre lo que he querido hacer, y quizás más que ganas una necesidad irreprimible, es contar eso, contar el punto de vista que yo vi, que es básicamente, es que los exiliados son como nosotros, son gente arrancada a sus países sin quererlos, y podemos identificarnos con ellos.

Por lo tanto, a través de esas películas, y eso es lo que he querido contar, pero sobre todo, es lo que quiero contar en mi vida, ¿no? O sea, digamos que hacer películas es una consecuencia de lo que quiero contar. Pero me permitía crear otro punto de vista, con Ceuta por ejemplo buscaba otro punto de vista, ¿no? contar cinco destinos de personajes totalmente distintos y con La Red Fantasma, lo que busco también, lo que propongo al espectador es poder identificarse, poder compartir las emociones, las dudas de un exiliado.

Poder identificarse totalmente con él, ¿no? no mirarle desde lejos, como el típico exiliado, sino realmente ser parte de él, ser un héroe. O sea, un personaje muy complejo, además y convertirlo al final, o sea, pensar, o sea, mostrar a un profesor de literatura que era feliz en su país, que no quería venir a Europa para nada, pero tiene que venir a Europa.

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