El cine como evento social no ha muerto, aunque no son pocas las voces que pregonan sobre su final como acontecimiento multitudinario. Los templos y las catedrales del séptimo arte siguen aglutinando al público más inquieto y curioso, pero este no cumple las mismas características que sus predecesores, por lo que necesita un plus para consolidar su interés. En el caso de «The Brutalist», una de las películas más aplaudidas del año, ese valor añadido es su propia existencia.
László Tóth es un respetado arquitecto judio que se ve obligado a emigrar desde Hungría a los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial. Su talento y ambición serán sus mayores bazas para reconstruir una carrera que promete trasladar el brutalismo europeo a tierras norteamericanas.
The Brutalist es una obra descomunal y borracha de sí misma. Filmada en Vistavision, imponente formato cuya era dorada se remonta a los años 50, esta ambiciosa epopeya sigue los pasos de un inmigrante persiguiendo el sueño americano. La premisa no parece la quinta esencia, pero es su forma, su cuerpo, lo que la convierte en una película única que consigue alcanzar cuotas épicas. Evoca a filmes como Pozos de ambición de Paul Thomas Anderson por su retrato de los cimientos de la sociedad norteamericana y su relación con el capitalismo y los agentes que lo integran. László Tóth (monumental Adrien Brody) es un personaje como tantos otros que pueden haber existido en la historia, pero cargado de una relevancia y personalidad que lo convierte en un ser tan carismático y magnético que justifica la grandeza de todo lo que se nos plantea.

Las pretensiones de The Brutalist recuerdan a las grandes obras clásicas del cine. No solo provoca en el espectador la impresión de estar presenciando una historia relevante que explica mucho de la historia del hombre y su entorno, sino que su contorno hace justicia a esa relevancia. Hablamos de una película de 3 horas y 35 minutos, con intermisión y rodada con un estilo que parecía enterrado a veinte metros bajo tierra. Es consciente de lo diferente y ambiciosa que es, por lo que se encarga de demostrarlo en cuanto tiene ocasión. Hay quien podría considerarla pretenciosa y pedante, pero no se alcanza la cima con humildad y la boca pequeña.
Por encima de la labor de su reparto (Brody, Pearce y Jones confeccionan el trío actoral del año) y su narrativa, The Brutalist es un acontecimiento cinematográfico. La grandilocuente banda sonora, la imponente fotografía, la bellísima puesta en escena, las enormes panorámicas, el grano tan característico del celuloide… El arte aspira a impactar al público, y para ello debe hacer uso de todas las herramientas que tenga a su disposición. Una buena historia no puede engrandecerse sin un narrador que le haga justicia.
Oppenheimer demostró el año pasado que una gran película no entiende de nichos. A pesar de ser un biopic, a priori, difícilmente accesible dado su carácter científico y trascendental, fue un rotundo éxito en taquilla (rozando los mil millones de dólares de taquilla) y en la carrera de premios (7 Oscars). The Brutalist aspira a repetir ese mismo éxito, aunque sus previsiones de taquilla no son tan ambiciosas. Su presencia en la gala de los Oscars del próximo 3 de marzo apunta a redondear un proyecto que ha nacido para perdurar en la memoria de todo aquel que ama el cine y su capacidad para contar buenas historias de una forma grandiosa.