Barcelona, 2025. Acabas de llegar a la ciudad y estás buscando donde vivir. Exploras barrios, y debido al precio y a la situación de la vivienda empiezas a mirar pisos en zonas en las que no pensabas mirar, muy lejos del mar y la playa. Y empiezas a subir cuestas, o bajarte en empinadas estaciones de autobús de cada vez más arriba, y pasas Grácia, y el Carmel, y sigues, y cuando crees que Barcelona se termina, acabas por llegar al barrio de Torre Baró en dónde se sitúa la película «El 47», disponible en Movistar +.
Y es entonces cuando piensas en Manolo.
Un personaje como Manolo Vital, el sindicalista, el activista vecinal y también el conductor de la linea de autobús 47 durante más de 20 años en la Barcelona de los años 70 merecía una película, que sería un poco la película de todos. Porque llegó a Barcelona en unas terribles circunstancias históricas de represión franquista y marginación, compró un terreno en uno de los pocos sitios en dónde se podía, construyó su casa con sus propias manos, se asoció, luchó, y finalmente hizo un gesto a contracorriente que consiguió conmover a toda la sociedad civil y provocar que la clase dirigente reaccionara. Y todo esto merece ser contado, claro que sí. Pero precisamente por él, por Manolo, esta película debería estar a su altura. Las películas necesarias también pueden ser malas películas, no está relacionado lo que se cuenta con el modo en el que se cuenta, y analizar una historia como ésta basándonos en la necesidad de ser contada tampoco sería justo con ella; y lamentablemente detrás de éste planteamiento inicial no hay casi nada.
Y eso que seguramente el mejor actor para interpretarla es Eduard Fernández, quién incluso detrás de las gafas de sol que porta en todo momento su personaje logra transmitir no sólo rabia al final, sino resignación y decepción con la vida durante el desarrollo de la historia, sentimientos muy necesarios para mostrar las dificultades de este hombre y su barrio en toda su dimensión; dichos sentimientos están tan alejados de los que acaban por aflorar con su acto de rebeldía que hacen precisamente que ésta surja con mucha mayor fuerza.
Tiene una plaza en Torre Baró, Manolo. Igual a Eduard Fernández habría que darle el nombre de un teatro. La forma en que se agarra al volante del autobús, la mirada frenética sobre los retrovisores cuando inicia la ascensión al barrio merecen todos los elogios, casi tanto como la contención que muestra en la mirada el que ha sufrido la represión fascista en sus carnes y en las de su familia, y que permanece en la película hasta el último tramo.
Manolo no se merecía ese símbolo de la falange que cae en la subida del autobús a Torre Baró (detalle grueso donde los haya) al igual que el perfil totalmente plano de los viajeros habituales de su autobús que empatizan con su lucha, lleno de muy buenos actores secundarios a los que también se le podría haber sacado un mayor partido. Ya no digamos ese personaje del guardia civil quién, en vez de vertebrar las dificultades y la intransigencia de las autoridades como se muestra al inicio de la historia, no vuelve a aparecer hasta el último tercio en una escena incongruente por deshilachada con su desarrollo.
Dirigida por Marcel Barrena, director de más películas necesarias como Mediterráneo y 100 metros, es difícil aunar en una misma historia tantas injusticias sociales y tantas reivindicaciones. El proceso de alfabetización de los habitantes del barrio, el desarrollo educacional y de asociacionismo vivido en ese entorno, la lucha sindical que afecta a la empresa de Manolo (innecesaria en la trama), la lucha vecinal por los servicios básicos, hasta por el agua… son demasiadas tramas que dicen algo parecido y hacen perder fuelle al relato e impacto a este hombre y su historia. Incluso el personaje de la hija es discriminada en un coro escolar…
Las penurias se suceden y el sufrimiento parece no tener fin; como detonante de la rebelión hay hasta un incendio (y ese grito desesperado de donde están los bomberos), como si Manolo hiciera lo que hace porque ya no le queda ninguna alternativa, no por convencimiento, y se vea obligado a tomar partido como en un clásico esquema narrativo más allá de su concienciación y su lucha del día a día.
Hay poca floritura en esta película, poco espacio para distracciones argumentales como una historia de amor o algo de comedia, tramas que aliviarían un poco de carga social la historia y harían más llevadera la subida por las interminables cuestas que llevan al barrio sin dejar de mostrarnos en todo momento esas escaleras, esos caminos sin asfaltar, esas subidas y bajadas de la gente llevando bombonas de butano, barreños de agua, la compra, de todo.
Cómo no vas a empatizar con Manolo…
Casi lo mejor de la película es el análisis del ecosistema dentro de un autobús de linea, y que resulta en la actualidad tan alejado de como se vive ahora la experiencia. Eso de preguntar si todo el mundo está bien cuando el conductor pega un frenazo parece ciencia ficción hoy en día en cualquier autobús de una gran ciudad. Se le echa de menos a Manolo al volante.
El último tramo de la película es el más agradecido ya que es cuando culmina la rebelión, pero llegar hasta aquí cuesta tanto como hacer subir ese autobús hasta Torre Baró. Mientras tanto las luchas sociales desgraciadamente continúan en la actualidad. Puede que esta mañana, no un conductor de autobús, pero sí un operario de cualquier compañía eléctrica en un acto de rebeldía intente llegar hasta la cañada real, el asentamiento de chabolas del este de Madrid que lleva sin luz y otras muchas cosas más de cuatro años, se suba a un poste de luz e ilumine a sus vecinos.
Que gran día sería…