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«El Pingüino»: simpatía por el diablo

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Carlos Muñiz Vidal
Carlos Muñiz Vidal
Intento huir de las películas y las series, pero ellas me persiguen. Desde mis estudios de audiovisuales a mi trayectoria profesional en canales temáticos, puede que sea yo el que las persiga a ellas. Fascinado por las historias desde siempre, sean éstas a través del cine, la literatura, el teatro o la televisión, en esta época de plataformas intento buscar esa fascinación oculta en el algoritmo que nos impide descubrirlas.
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Uno de los mayores misterios de la narrativa cinematográfica reciente es que se haya retomado la saga de Batman las veces que se ha hecho, y que en casi todos los casos haya tenido éxito.
La última entrega, «The Batman», protagonizada por Robert Pattinson, era también una muy buena película, llena de sombras, lluvia, y todo el vicio y la suciedad que llena la ciudad de Gotham, pero ni por asomo podría sospecharse que el misterio del éxito de la saga del hombre murciélago continuara con la serie «El Pingüino», incluso que sucediera lo que resultaba bastante improbable, que haya resultado una serie incluso mejor que la película, especialmente porque lo hace sin que aparezca Batman, y cogiendo al personaje más inaudito, el interpretado por Colin Farrell.

Pareciera que a este actor lo único que le hacía falta para mejorar su carrera interpretativa era ponerle una careta como la que lleva en la película y en la serie, y que le hace totalmente irreconocible; una máscara bien grande que hiciera indistinguible su rostro.
De repente se convierte en un personaje, deja de ser Colin Farrell, con su famosa mirada de soslayo y su mechón de pelo rebelde sobre la frente, y todo lo que hace parece estar hecho por otro actor, de tal manera que hay que mirar varias veces en la ficha técnica para cerciorarnos de que si, es él, es Colin Farrell.
Se diría que de haberse puesto todo ese maquillaje antes, Farrell tendría una carrera mucho mejor de la que ha tenido, incluso subido a aquel caballo en el papel de un Alejandro Magno imberbe que nadie se creyó (por cierto, memorable el discurso de Chris Rock en los Oscars de 2005 hablando de Farrell, eso si hubiera merecido un guantazo por su parte).

El caso es que aquí, en esta serie de HBO, capitaliza de tal forma el relato que hasta le echas de menos cuando no está. Parece uno de esos personajes secundarios de peso sacado de Los Soprano, de Balas sobre Broadway, hasta por momentos de El Padrino… bueno, igual tanto no, pero tiene esa maldad sin reprimir y esa capacidad de manipular a sus semejantes hasta tal punto que entiendes que los pocos que le quieren, le traicionen.
Y todo ello no hace que se hunda, que fracase, sino que, y este es el gran acierto de la serie, resurja siempre, sobreviva en una ciudad para supervivientes, permanezca como la cucaracha que es, en pie ante la devastación.
Una de las mejores cosas de esta continuación de la película es que ni siquiera recuerdas de donde viene el personaje del Pingüino, qué hacía en la película de la que parte la historia. A ver, si, el Pingüino es uno de los villanos clásicos de la saga, pero aquí está empezando, y en la película ni te digo. La entidad que alcanza en esta serie es tan alta, que se materializa casi en un personaje nuevo que en cierto modo no tiene nada que ver con el Pingüino de la película, un huidizo y rastrero chófer de la familia mafiosa más poderosa de Gotham. Desde el primer episodio, en el que parece tener una epifanía, el Pingüino se ha puesto a pensar, a ser malvado de verdad. Y ahí está la revelación de esta serie, el modo en el que se produce esa transformación.

Y luego está Cristin Millioti, la mala con menos apariencia de mala de la historia de la televisión reciente. Porque esos ojos que nos enamoraron en cada una de sus apariciones en la serie Como conocí a vuestra madre es imposible que reflejen maldad. Tiene a la vez esa mirada alucinada de alguien salido del manicomio de Arkham y el semblante inocente de quién intenta confiar en los demás, aunque le decepcionen.
Ella es el colofón a un reparto de secundarios estupendo, que no sólo están a la altura del personaje de Farrell, sino que en ocasiones le superan en sus duelos interpretativos, desde Deidre O´Connell, quién borda al personaje de la madre del Pingüino de una forma tan perfecta, que intuyes su demencia y su sufrimiento a partes iguales muy por encima de los diálogos con su hijo, hasta un Clancy Brown gigante como el mafioso Maroni, la fiera enjaulada de la serie.

Al finalizar The Batman, lo último que te esperas es que Gotham acabe en manos de una familia como los Falcone, primero, y el Pingüino después. Echas en falta que aparezca el hombre murciélago en cualquier momento, pero no lo hace. Tampoco está Gordon, ni Catwoman, ni Enigma, ni el Jocker, todo ha quedado suspendido para contar una historia que no es de superhéroes, que no va del bien y el mal, solamente del mal.

De la esquematización del argumento de la película The Batman, con esa continúa búsqueda de pistas para atrapar a Enigma, no hay ni rastro aquí, precisamente porque al huir del eterno conflicto entre en bien y el mal, entramos en un terreno desconocido, más variado, en donde el pasado de los malvados les persigue, en donde vemos como esta colección de villanos se revuelven ante su destino para intentar sobrevivir. ¿Y no es lo que todo el mundo hace en Gotham? En un terreno como éste, las victorias no son completamente victorias, ni las derrotas son definitivas, todo está sujeto a interpretación, como en el capítulo final: el que sonríe, es desgraciado, y el que llora, sonríe por dentro.

Gotham es menos Gotham aquí; menos lluvia, menos oscuridad, menos suciedad, como si se hubiera naturalizado con el entorno de villanos en los que se desarrolla la serie. Siguen existiendo los callejones, las obras sin finalizar, los oscuros pasadizos del metro que sirven de guarida al personaje protagonista.
Pero es en el pasado en donde está la respuesta a todo en esta serie, es de dónde vienen los traumas de los villanos de Gotham, el porqué de su maldad, y sobre todo, de el porqué de la inevitabilidad de su maldad. Esos capítulos retrospectivos que nos introducen en cada personaje, rodados como toda la serie, en una especie de homenaje a los años 50, al esmoquin, los clubs, el mundo del que procede el Pingüino, ese mundo mafioso italiano tan manido audiovisualmente pero que vemos aquí como se engarza perfectamente con la ciudad.
Y no puedes evitar sentir la fascinación por el personaje, por el malvado, casi hasta el último episodio. Y ese final de temporada (asumo que seguirá esta serie), con ese ingenuo y a ratos enternecedor personaje de Rhenzy Feliz, una relación que es muy endeble y hasta cierto punto inverosímil, pero de la que para nada te esperas en lo que desemboca.
Y asumes que has estado siguiendo a una rata rastrera como Oswald «Oz» Cobb, antiguo chófer de la familia Falcone conocido como el Pingüino por su cojera al caminar, a un malvado muy malvado, el contrapunto a la inocencia que personifica el personaje de Victor, que le ha seguido en sus desventuras durante toda la serie.
Y que siempre ha sido así, admítelo. Ya lo sabías. Pero aun así, te encanta.

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