Connell y Marianne se conocen desde hace tiempo. La madre de Connell es asistenta doméstica en casa de Marianne. Van al mismo instituto en un pequeño pueblo costero al oeste de Irlanda, pero aunque se conocen de toda la vida, en el instituto no se saludan. Un día, fruto de una muda atracción que hace tiempo que desarrollan cuando Connell va a buscar a su madre a casa de Marianne, empiezan una relación únicamente sexual, ya que Connell ve un inconveniente trasladar a su entorno su relación, por lo que siguen sin saludarse en el instituto. Y así, de este modo tan indirecto, continúan esta relación a lo largo de su paso de la adolescencia a la madurez.
Cuando empieza la historia, el personaje de Connell no necesita a Marianne, está plenamente integrado en el pueblo, con su grupo de amigos y su vida perfectamente alineada, justo lo contrario que Marianne, una chica con taras emocionales que le hacen muy complicado socializar con un entorno al que responde siempre con agresividad.
Al llegar a la Universidad, es al revés, es ella la integrada, la cosmopolita (“ahora tengo amigas”, le dice), y en cambio es él el que añora su pueblo, el deslocalizado, el fuera de onda, el solitario. Las variaciones entre la soledad y la sociabilidad son constantes en esta serie, y algo tan abstracto también es difícil de mostrar sin convencionalismos, pero se consigue, vaya si se consigue.
El cambio de escenario, físico y sentimental, hace que Connell y Marianne estén siempre solos cuando no están el uno con el otro, incluso cuando ha roto con esa persona varias veces a lo largo de la serie, lo siguiente que vemos son siempre planos de ellos solos, trabajando, limpiando, leyendo, nunca con nadie, siempre planos desde lejos, como si fuéramos nosotros los testigos de ese personaje que falta, de esa repentina soledad.
Una serie como Normal People, interpretada por Paul Mescal y Daisy Edgar-Jones, que no solo bordan sus personajes, sino que debido a ellos se han convertido en actores de renombre de tal manera que Mescal interpreta al nuevo Gladiator, y ha protagonizado dos de las mejores interpretaciones de los últimos años: el padre de Aftersun y el vecino de Desconocidos, es de ese estilo que te atraviesa, que trasciende, cuyo argumento no es lo verdaderamente importante, y cuenta más lo que sugiere que lo que muestra.
Basada en la premiada novela de Sally Rooney, evidentemente este tipo de lenguaje casa mucho más con adaptaciones de novelas, como en este caso, que con guiones originales o productos derivados de videojuegos, superhéroes, etc. Y una característica principal de este tipo de historias, es el modo en que están rodadas.
Los planos de soslayo desde un lateral superior con poca profundidad de campo para centrarse totalmente en los personajes, retrotraen al libro, el cual es un testimonio directo sin ni siquiera hacer caso a la sintaxis (el libro está escrito de corrido, sin pausas ni siquiera para los diálogos), y solo habla de ellos dos, y del mundo que los rodea, nunca vemos a los amigos de Connell, no sabemos casi nada de ellos, lo que sabemos es por lo que se desprende de los diálogos, unos diálogos que beben directamente de la novela su naturalidad y agudeza.
Incluso de la familia de Marianne, la otra protagonista de la historia tampoco sabemos nada. Solo su mirada asustada y los desprecios que sufre incluso cuando abandona el núcleo familiar, y el personaje vuelve a casa solamente en vacaciones.
Esos primeros planos en los que casi puedes ver el acné, los poros de la piel, llegan incluso a las escenas de sexo, que es tan íntimo que pareces estar en medio de los dos cuando intiman, con una fidelidad al libro que te desarma ya que transmutar lo que en el libro se dice sin tapujos, sin filtros, literalmente sin puntos y comas, o guiones, hace que esa relación entre ambos trascienda la barrera que luego ves que ponen cuando salen de la habitación.
Cuando están en clase, o en un debate con más estudiantes, el enfoque es tan cerrado que solamente ellos están enfocados, el punto de vista es única y exclusivamente para ellos, no hay nada alrededor, y lo que hay, lo que se va añadiendo en sus vidas, parejas nuevas, amigos, entornos, parecen estorbar, nunca llegan al grado de conexión de la pareja protagonista, estableciendo una barrera sentimental entre ambos que parece impenetrable.
A veces, muchas veces, sin ni siquiera mirarse.
La conclusión para Connell y Marianne, es que esa persona que ha aparecido en tu vida, te ha deslocalizado. Te ha aislado del resto del mundo, y da un poco igual en donde te encuentres.
En ambos casos, la deslocalización es mutua, es sentimental, el compromiso con la otra persona hace que cada uno sufra, vea tambalearse todo su mundo por la otra persona y acabe siendo tiranizado por esos sentimientos. Si, tiranizado.
Y tus intentos de evitar el compromiso son inútiles, incluso cuando es evidente que tu vida es difícil que converja con la de la otra persona. Huir del compromiso te hace ser más desgraciado. Ese es el verdadero conflicto de la historia.
El cambio de punto de vista también es constante en esta serie. Es cierto que solamente entre ambos personajes, que monopolizan el conjunto de una manera un tanto excesiva, pero el hecho de que nos quedemos siempre en la narración con el personaje que más débil está, que está hecho un lío, el que primero se arrepiente de su decisión de dejar de ver al otro, enriquece la serie, hace que tengan más aristas las decisiones que se toman, y nos hace querer a ambos personajes por igual, sin importar quién se haya equivocado o haya sido injusto antes.
La delicadeza visual de la serie viene demostrada por la importancia, por ejemplo, de los insertos que en esta serie son muy importantes, a veces adelantan mediante el montaje la evolución de la secuencia o del capítulo.
Anticipándonos lo que va a suceder de una manera sutil, este es otro de los atractivos de la serie, ese montaje que favorece esos flashes en la cabeza de los protagonistas y también en las nuestras, que nos ayudan a entenderles.
Sustentar toda una serie en una historia de amor como esta, plena de diálogos llenos de profundidad reflexiva sobre el deseo y las contradicciones humanas, como si fuera una película de Eric Rohmer, es todo un desafío del que esta serie sale airoso, y la convierte en un producto único en la actual oferta televisiva de nuestro país.
Y cada decisión nos conduce hacia el inevitable final, de una intensidad que hace tiempo no se experimentaba en el moderno panorama de ficción, un final plenamente consecuente con lo que se nos ha descrito en sus 10 episodios.
Todo esto se cuenta en esta serie. Maravillosamente bien.
Connell y Marianne intentan ser amigos, tener una vida normal.
Pero no pueden.