Donald Keene, fue un historiador y profesor de literatura japonesa norteamericano del pasado siglo, traductor de la mayoría de los clásicos japoneses escritos en la época medieval en la que se sitúa la serie «Shōgun», disponible en la plataforma Disney +.
Multipremiado y multihomenajeado en su época por la sociedad nipona, con galardones insólitos para un occidental como el Premio de Cultura de Japón, seguro que esta serie la hubiera disfrutado, no sólo porque casi todo su metraje está hablado en japonés, sino porque sigue los principios de la estética japonesa que él se encargó de divulgar en múltiples conferencias a lo largo de todo el mundo.
La incertidumbre de la vida y su capacidad para hacer de ella algo único por su caducidad; la simplicidad y belleza a la vez de cada decorado, de cada lugar donde se desarrolla la vida de los personajes; la sugestión de los gestos, sin ostentaciones ni aspavientos, el estatismo y contemplación propias del sintoísmo… Es cierto, Donald Keene la hubiera disfrutado.
Quién fuera Donald Keene, después de ver los 10 episodios de Shōgun.

El problema de Shōgun, es que si intentas disfrutarla sin tener en cuenta esos principios estéticos, si buscas que te emocione, si intentas seguir una trama de conspiraciones, ejércitos enfrentados, luchas por el poder, o pasiones prohibidas entre los tatamis, solamente queda la estética, una estética que llena cada fotograma de esos principios estéticos, pero que no deja lugar para que se muestre nada más, ni narrativa ni argumentalmente.
Es difícil resumir la trama de cada episodio de Shōgun. También es difícil resumir la serie en su conjunto. Diría que incluso es difícil hablar de ella, porque en realidad, en Shōgun no pasa nada, todo es contemplación. Si avanzas a cualquier punto de la serie y le das al stop, el cuadro que aparece es extraordinario, por encuadre, por estética, por iluminación, colorido… pero no es posible ver así una serie, resulta que tiene que pasar algo de vez en cuando, algo que te distraiga de esta contemplación y que haga avanzar la historia. Esto no ocurre en Shōgun.
¿Son esas características de la estética japonesa, adecuadas para narrar una serie? Para aumentar su disfrute, seguro que si, pero en este caso se convierten en el único disfrute, en la única característica principal.

El gusto japonés por los comienzos y los finales de las cosas, más que por los momentos de clímax, es perfecto también para el comienzo de esta serie, muy interesante, en el que un barco occidental naufraga en el Japón medieval; la confrontación de esos occidentales con una cultura y una sociedad ajena a la suya, pero en ningún modo bárbara; la lucha colonial y comercial entre católicos y protestantes, en medio de una sucesión dinástica traumática, con un personaje marginado, un señor de la guerra lleno de las más altas cualidades que caracterizan a un noble.
Este comienzo, una especie de Un caballero en la corte del Rey Arturo o un Los viajes de Gulliver moderno, se diluye con el transcurso de los capítulos, hasta el punto de que los occidentales se orientalizan, pasan desapercibidos y en ocasiones, llegan a estorbar al desarrollo del relato principal, como una de esas pinturas monocromas a las que la sociedad japonesa es tan aficionada.
Los trazos del pincel dejan paso a la imaginación del observador, sugiriendo y no mostrando, también en Shōgun, si intentamos profundizar en su linea argumental. La confusión entre castas, dinastias, pasados linajes y presentes advenedizos, está descrita también a trazos, como si supiéramos de donde vienen los personajes, y el significado de ese linaje en el conjunto del relato.
Es descorazonador llegar a los episodios centrales totalmente perdido en ese vaivén, a merced del capricho argumental de esta serie, en la que los personajes aparecen y desaparecen sin motivo aparente, en un desconcertante contraste con situaciones y escenarios que se repiten constantemente, y la irregularidad de la historia, como un un trazo de caligrafía japonesa, te impide comprender el significado de cada decisión que se toma y cada rumbo que se traza.

Merece un capítulo aparte la ceremonia del «Sepukku», puede que más conocida occidentalmente como «Hara-Kiri». La cantidad de este tipo de ceremonias que ser repiten en la serie, es tan numerosa, que pierde significado y en ocasiones resulta incluso grotesca, llegando a ser casi la única solución cuando hay un conflicto de honor entre dos personajes, al modo feudal, es decir, el que tenía la razón era siempre el señor, nunca el vasallo.
En los poemas japoneses de esa época, primaba más el deseo que el encuentro entre dos amantes, esa sugerencia de lo que iba a llegar, que alimentaba la vida diaria de cada amante en la soledad de su habitación. El deseo en Shōgun, es desesperante para el espectador. Una serie de acciones alejadas de toda lógica sentimental, que hacen que te replantees si deberías seguir perdiendo el tiempo viendo a unos personajes que se desean mucho, si, pero que no hacen lo más mínimo para solucionarlo.
Ese deseo, impuesto por la rígidas normas protocolarias, y por la estricta división entre castas e incluso, dentro de las mismas castas, hace que cada personaje de la serie mire intensamente a la persona amada, (u odiada) y en este comportamiento la serie intenta esconder algunos de sus giros de guión más atrevidos, pero la mayoría de ellos son artimañas, juegos de engaño y estrategias que se ven venir, como esas literas móviles tapadas, convenientemente, sin que los guardias lleguen a sospechar que en su interior tal vez no va la persona que debería.
Donald Keene basó casi todo su trabajo sobre la estética japonesa en un libro escrito por un monje budista en el siglo XIV, llamado Kenko. Su obra, «Tsurezuregusa», ha recibido varias traducciones al castellano a lo largo de los años, aunque nuestro profesor Keene atinó a darle un sentido a la traducción, que explica muy bien su significado. La tradujo por «Ensayos sobre la pereza».
Igual estaba pensando en la pereza de ver Shōgun.