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«Mi nombre era Eileen»: Anne Hathaway pasaba por allí

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Carlos Muñiz Vidal
Carlos Muñiz Vidal
Intento huir de las películas y las series, pero ellas me persiguen. Desde mis estudios de audiovisuales a mi trayectoria profesional en canales temáticos, puede que sea yo el que las persiga a ellas. Fascinado por las historias desde siempre, sean éstas a través del cine, la literatura, el teatro o la televisión, en esta época de plataformas intento buscar esa fascinación oculta en el algoritmo que nos impide descubrirlas.
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Que guapa está Anne Hathaway…

Y qué bien le queda ese peinado a lo Marilyn. Que estupendo maquillaje, fotografía, vestuario… Y es psicóloga en un reformatorio de los años 60, que arranque más original. Seguro que intenta cambiar las cosas.

No, parece que no va por ahí la cosa. Es una mujer muy segura de si misma, pero parece algo más perdida interiormente, más frágil, buscando algo para intentar reconducir su vida.

Hay otra chica en la historia, que se siente fascinada con la Hathaway en cuanto la ve, como no. La interpreta una actriz que lo hace muy bien, con su aspecto recatado y silenciosamente observadora de algo tan sórdido como un reformatorio, con sus salas de visitas, sus celdas y su patio.

Mira, se han hecho amigas, que bien. Pues no tienen nada que ver la una con la otra, pero va a ser que se van a unir contra los prejuicios de la época, y de paso nuestra Ann la va a ayudar con ese violento padre que tiene la pobre chica.

Vaya, pasan la navidad juntas. Antes han intimado, hay cierta atracción entre ambas, puede que ese sea el momento clave de la película. Y de repente…

Más o menos éste es el desconcertante arco dramático cuando te pones a ver Mi nombre era Eileen, película en la plataforma SkyShowtime.

Desde que en Pulp Fiction, los giros de guión tan habituales en el cine de Tarantino (con desigual acierto) supusieron un antes y un después en el cine moderno, muchas de las en principio estupendas películas que se han hecho después, han sido víctimas de esta necesidad por romper el ritmo de las historias con situaciones que hacen difícil continuar su visionado, especialmente en una película de personajes como ésta.

La estupenda novela de Otessa Moshfegh en la que está basada, parte de la ironía, callada inteligencia y reflexiones interiores de su protagonista, que por supuesto no es el personaje de la Hathaway, sino el que interpreta Thomasin McKenzie, verdadero hilo conductor de toda la narración en la novela, y que aquí no deja de ser una mera admiradora del rompedor personaje que aparece, siguiendo el habitual manual de guionista, cuando ha transcurrido la primera parte de la película.

La atracción de un papel como el de la Hathaway, un punto y aparte en la historia, es evidentemente la única razón de que un proyecto como éste se haya llevado a cabo; la cantidad de proyectos que reciben el último impulso de producción, porque una estrella se interesa por ellos aunque, incluso como en este caso, no sea el personaje protagonista, empieza a ser una constante especialmente en el caso de las plataformas.

El problema con ésta y otras películas viciadas por ese interés de una estrella como Anne Hathaway, es el desequilibrio de la historia, la predilección hacia la línea argumental de su personaje, algo que desequilibra el argumento original. Por ello ese giro inesperado es totalmente inconsecuente, nos deja igual de fríos que leyendo una revista pulp, con sus vaivenes en la trama alejados del desarrollo de un personaje tan interesante como la olvidada protagonista.

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