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«La Virgen roja»: el producto de la locura

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Olga Magistris
Olga Magistris
Periodista vampirizada por las historias -leídas, vistas, escuchadas-, y admiradora incondicional de quienes consiguen hacer reír, llorar, pensar y erizar la piel con ellas. Realidad y ficción son yin y yan. Nuestro cine es mucho cine.
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Hildegart Rodríguez (Madrid, 1914-1933), abogada y ensayista, asesinada por su madre.

Aurora Rodríguez Carballeira, condenada a 26 años de prisión por el asesinato de su hija, fallecía en el Psiquiátrico de Ciempozuelos, en 1955.

Quién sabe, de haber vivido más, lo que hubiese supuesto para la historia del feminismo la figura de Hildegart Rodríguez. Imagino 40 años de adelanto en lugar de 70 de retroceso del propio movimiento y de la sociedad.

Imagino a una Hildegart activa y activista, autora de más ensayos y conferenciante internacional, allá donde le hubiese llevado el exilio tras la proclamación de la dictadura franquista. Imagino visibilidad en lugar del silencio que impuso el régimen a su vida y a su obra. Imagino, también, su satisfacción de haber vivido la llegada de la píldora anticonceptiva y, con ella, la verdadera revolución sexual para las mujeres.

Lo que pudo haber sido queda a merced de la capacidad creativa de cada una. Lo que realmente pasó está contado, en este siglo, en el exquisito metraje de 113 minutos de la directora maña Paula Ortiz, La Virgen roja.

Desde la perspectiva de la madre, y a partir de sus declaraciones sobre los hechos en comisaría, Paula Ortiz convierte la objetividad en arte puro y, los sentimientos, en imágenes exactas.

Son un prodigio de dirección, por ejemplo, las escenas en exterior, reveladoras de la inquietud política y social del momento, reflejo en paralelo del desasosiego que sufre Hildegart; y como un lienzo, la escena del multitudinario acompañamiento al cementerio tras su asesinato, en una especie de procesión religiosa de los compañeros de partido para honrar a La Virgen roja, en una España que nunca ha dejado de ser contradictoria.

Son de un impacto brutal las imágenes intercaladas de una escultura que se desquebraja –la propia Hildegart- cada vez que la madre obsesiva y paranoica siente que su hija quiere abrazar el mundo exterior.

Es de una delicadeza portentosa la forma en la que Paula Ortiz entra y sale de la historia y la hace bella, sin perder la perspectiva histórica. Cómo crea capas a partir de las dos mujeres hasta completar la composición, dejando a trazos temas sumergidos en el argumento para reflexionar: ¿La inteligencia nace o se hace? ¿Qué es la maternidad si no el acto en origen más egoísta de todos? ¿La locura puede ser racional? ¿Aparta el amor a las mujeres de sus objetivos? ¿El tipo de amor conocido está creado por los hombres para supeditar a la mujer?

A su lado, las actrices Najwa Nimri (Aurora Rodríguez) y Alba Planas (Hildergart), asombrosas en su contraposición: La madre, sólida en su paranoia; la hija, dura en su fragilidad. Rodeándolas, el reparto (Aixa Villagrán, Pepe Viyuela, Patrick Criado, entre otros), con interpretaciones perfiladísimas que desahogan y perfuman el ambiente en el que se mueven las protagonistas.

Aurora Rodríguez Carballeira, mujer culta e instruida, convencida de la teoría eugenésica, quiso ser madre soltera con un propósito: crear un producto al servicio de la liberación de la mujer, una máquina intelectual perfecta, pulida y perfeccionada por ella misma, independiente de sentimientos e irracionalidad. Como un escultor quiere poner sentimiento y vida a la piedra, Aurora pretendía convertir en piedra la vida de su hija.

Hildegart, niña prodigio, aprendió a escribir con dos años; con apenas 10, hablaba cuatro idiomas; a los 16, se convirtió en la abogada más joven de España; y antes de los 19, cuando murió, había escrito 16 ensayos publicados y más de 150 artículos sobre sexualidad femenina en una España nada preparada para reconocerla.

Militó en el Partido Socialista, primero, y más tarde, en el Partido Republicano Democrático Federal. Su voz defendiendo la reforma sexual para eliminar la criminalización de la mujer por serlo, se oyó en innumerables foros políticos y se convirtió en un referente de vanguardia del movimiento femenino. Un movimiento que en España reclamaba algo tan básico como la instalación de aseos para mujeres en los espacios públicos.

Detrás, al lado, de frente, encima, su madre, una Bernarda Alba, que al igual que el personaje lorquiano, compartía un rechazo patológico por los hombres y convirtió la vida de Hildegart en un zulo aislado de emociones, en negro, sin más influencia exterior que la proporcionada por ella y por el conocimiento que le proveía.

En resumen

Hay muchos estilos para contar una historia real como la de La virgen roja, en la que se entrelazan la locura, la ideología, los movimientos sociales, la política, la maternidad, la gestión de los sentimientos, el pensamiento humano y su naturaleza. Hay muchos, sí, pero el de la directora de La novia o Teresa es único.

En La virgen roja, Ortiz mantiene esa esencia rigurosamente mística que inspira todas sus películas, pero sin emborrachar y con Lorca en la cabeza –como me hizo ver el periodista Eduardo Moyano a la salida de la sala. En sus manos, la cámara es un pincel, los ambientes, colores y la película, un lienzo.

En nuestro canal de YouTube puedes encontrar nuestra entrevista a la directora Paula Ortiz y a Alba Planas, actriz protagonista de La Virgen Roja.

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