Amazon vuelve a tirar la casa por la ventana dos años después del lanzamiento de «El Señor de los Anillos: Los Anillos de Poder» (J.D. Payne, Patrick McKay, 2022) y nos trae un nuevo péplum que supone un aperitivo perfecto para la inminente «Gladiator 2» (Ridley Scott, 2024). Y decimos aperitivo porque más de uno se quedará con ganas de más y, porque después de la decepción que supone la serie, la llegada de la nueva entrega de la ya mítica obra de Scott vendrá acompañada de una expectación aún mayor.
La historia nos sumerge en la Roma del año 79 d.C. Una crisis económica se extiende por todo el Imperio y el emperador Vespasiano alivia las tensiones del pueblo con una amplia oferta de espectáculos en el Coliseo. En medio de estos conflictos, las consabidas intrigas políticas y luchas de poder a las que estamos tan acostumbrados.
Robert Rodat, responsable de los libretos de Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) y El patriota (Roland Emmerich, 2000), es el responsable de adaptar la obra homónima del polifacético Daniel P. Mannix, que también supuso, a su vez, una inspiración para la celebrada película protagonizada por Russell Crowe. El amante de la destrucción gratuita Roland Emmerich (Independence Day, El día de mañana) es el responsable de la mitad de los episodios y le otorga el estilo visual a este drama aderezado con numerosas escenas de acción.
El cineasta alemán parece no sentirse cómodo fuera del traje de sus artefactos apocalípticos, y aquí se descubre como un torpe maestro de ceremonias que, en cierto modo, parece echar por tierra el trabajo del resto del equipo. A pesar de que su guion no termine de generar interés, es en el apartado visual de la serie donde esta costosa epopeya de 140 millones de dólares se desinfla de forma bastante incomprensible. El vestuario, el diseño de producción y cada uno de los pilares técnicos cuya calidad se da por sentada en una producción de este calibre, se ven desbaratados por una desastrosa fotografía y un aún más desastroso CGI que, en una desastrosa asociación, elevan al Olimpo cinematográfico las miniseries bíblicas que programaban las cadenas televisivas de nuestro país en Semana Santa, allá por los noventa.
Los títulos de crédito, que plagian sin complejos a los de Juego de tronos (David Benioff, D.B. Weiss, 2011), parecen adelantarnos que estamos ante una versión de espada y sandalias de la conocida serie de HBO. Todo sería aceptable hasta comprobar en los primeros episodios que la cosa ni tan siquiera alcanza el nivel de series como Roma (John Milius, Bruno Heller, William J. MacDonald, 2005) o incluso de Spartacus: Sangre y arena (Steven S. DeKnight, 2010), realizadas hace unos cuantos años y con algo menos de presupuesto. El desinterés se palpa en el ambiente y las historias y personajes no consiguen dejar huella en el espectador, que asiste con cierta inercia a un conjunto previsible que, a fin de cuentas, se deja ver entre tanta fanfarria y tanta trama.
El morbo cuando uno asiste a una hecatombe audiovisual de altura como es esta serie, nos lleva a olvidarnos de ese irritante juego de cazar gazapos en una producción de época, y nos embelesa con un CGI que ha conseguido llevar a la esfera digital de unos y ceros el concepto de cartón piedra, asistiendo a unas cotas de falta de calidad que, bien mirado, podrían tener su gracia y hasta su interés. Los cromas en las escenas de carreras de cuadrigas no reflejan el esmero puesto en un proyecto tan colosal y, en general, todo tiene un barniz que, en estos tiempos que vivimos, nos hace pensar en que estamos ante una primera muestra certera de los efectos de la inteligencia artificial en la ficción televisiva y cinematográfica.
La presencia de un Anthony Hopkins interpretando a Vespasiano en modo «pasaba por aquí» –o, si se prefiere: «extiende el cheque» – o de Iwan Rheon –que reproduce aquí muchos de los aspectos despreciables del vil Ramsay Bolton en la serie de Benioff y Weiss–, no consiguen darle lustre a un conjunto anodino en el que nada de lo que ocurre importa realmente, y que parece más bien una eterna –y cara– música de ascensor.
En resumen
Una serie para ver y olvidar que dejará con hambre a muchos. Un producto sin alma que pone sobre la mesa la falta de vísceras en muchas producciones realizadas con el piloto automático, y que son un primer indicio del advenimiento de Skynet.