En los últimos años, y especialmente en el cine más independiente, estamos asistiendo a una clara proliferación de películas que buscan tratar con muchísima más naturalidad de lo que suele hacerse en el cine más comercial, temas como las relaciones personales, lo que podría haber sido y no fue, los caminos por los que la vida nos lleva y todo tipo de historias con puntos similares a estos y que dan pie a hablar sobre lo cotidiano desde el prisma artístico de un autor que quiere dar su visión concreta sobre algo tan enorme e inabarcable como es la vida y la forma en que vivimos.
Seguramente, la concepción misma de este tipo de cine, mucho más pequeño y cercano, favorece que los artistas puedan contarnos ese tipo de historias que, en muchas ocasiones, pueden tener mucho que ver con sus propias experiencias de vida y transmitir ecos al espectador de sus propias historias vitales conectándose con lo que están viendo en pantalla.
En cualquier caso, y sea cual sea la razón, hablar sobre la vida es algo que hace más que bien la película que nos atañe. Que no es otra que La quietud en la tormenta cinta que se ha proyectado en el pasado festival de San Sebastián y de la que aún no está anunciado su estreno en el resto de España, ya sea en cines o en plataformas.
Entrando en materia, la ópera prima de Alberto Gastesi, director que apunta muy buenas maneras y al que haríamos bien en seguir la pista en futuros proyectos, nos traslada a la ciudad de San Sebastián y nos cuenta la historia de dos jóvenes que, años atrás, coincidieron en un día de fuerte tormenta. Y que, siete años después, vuelve a encontrarse durante otra tormenta, pero en momentos vitales muy distintos a los que tenían durante la juventud. Y en contextos personales diametralmente opuestos.
La película hace algo muy inteligente desde el inicio y es vertebrar toda la narración alrededor de los dos personajes jugando con el pasado y el presente (y las consecuencias del paso del tiempo en las personas) y conjugando una preciosa historia sobre lo que fue, lo que pudo haber sido y lo que realmente es. Todo ello apoyándose en una fotografía preciosa, con un elegantísimo blanco y negro muy bien utilizado (y rodada en cuatro tercios) y con una ciudad de San Sebastián retratada maravillosamente bien (pocas veces la he visto así de bonita en cines) y que funciona casi como un personaje más.
Huelga decir, eso sí, que la película en algunos momentos peca de confusa. O, mejor dicho, juega con la información que tenemos como espectadores llevándonos a la confusión de forma voluntaria. Este recurso, que es completamente lícito, a mí no me ha acabado de funcionar como debería y creo que, sinceramente, no le hacía falta.
Esto, por suerte, no se convierte en ningún problema grave ya que la cinta se recupera de ese tramo donde narrativamente no acaba de estar del todo pulida y se ralentiza el ritmo en exceso para levantarse y darnos unos últimos veinticinco minutos absolutamente maravillosos. Y que me recordaban, por la sencillez con que están tratados los temas, la fluidez de los diálogos y la conexión entre actores (ambos están francamente bien), a algunos momentos que nos dio el absoluto genio de Linklater dentro de la trilogía Before. Algo que es mucho decir, ya que es una de mis trilogías de cabecera.
En resumen
Quizá no sea una película para las grandes masas. Ni por los medios con los que cuentan ni por las formas estilísticas tan marcadas que tiene la película. Y que pueden alejar a algunos espectadores que busquen algo más convencional. Pero, sinceramente, creo que es una de esas pelis que van «de nada» y «de todo» al mismo tiempo que merecen ser vistas y disfrutadas. Invita a la reflexión, al dialogo, y a la introspección. Y, al menos a mí, a la nostalgia de recordar tiempos pasados. Recomendable.