El cine francés, o mejor dicho, la industria cinematográfica francesa, ha sido motivo de envida por estos lares. Tanto por el gran número y calidad de sus producciones como por su apuesta y defensa de la cultura que desde siempre han hecho nuestros vecinos de más allá de los Pirineos. Sin embargo, y a pesar de su ingente producción que año a año inunda las carteleras a un lado y otro de la frontera, el cine francés está marcado por un estereotipo del que parece difícil separarse. Tal vez en muchos casos es nuestra percepción, pero una parte importante, tanto de los dramas y como de las comedias románticas que nos llegan desde Francia están trufadas de tópicos parisinos y clichés sobre el amor desde una perspectiva no solo masculina, sino bastante snob y con ínfulas de supuesta obra maestra del amor. Y, eso es un lastre del que es difícil desprenderse, ya que el cine francés tiende a buscar historias donde el (o la) protagonista ha sufrido mucho, y sigue sufriendo, y donde la esperanza es una utopía muy cara. En el caso de «Las cartas de amor no existen» de Jérôme Bonnell, estrenada en cines el pasado 8 de abril, su intento de huir del manido estereotipo francés de historia de amor con Paris como escenario, se queda a medio camino entre una comedia simpática y un drama de ejecutivo en plena crisis de los cincuenta.
Las cartas de amor no existen de Jérome Bonnell se presentaba como una comedia que pretendía huir de tópicos ya vistos y contar una historia sobre el amor, pero desde otra perspectiva. Sin embargo, de lo que te venden a la realidad hay un trecho muy largo, y esta película no resulta ni divertida ni enternecedora. Escrita por el propio Bonnell, en Las cartas de amor no existen, Jonas (Grégory Montel), un parisino de cuarenta y tantos separado y que cuya empresa está pasando por problemas económicos, sigue enamorado de Léa (Anaïs Demoustier), una joven músico, madre de una niña pequeña. Tras una noche de borrachera (que malas son esas noches) decide ir en su busca, pero a pesar de compartir un instante de pasión, está lo rechaza y le recuerda que ya no están juntos. Despechado y con ese matiz de desasosiego que solo da acercase a los cincuenta y pensar en la soledad, terminará refugiándose en el bar de abajo y decidirá escribirle una carta a Léa (titulo original de la película) en la que decide plasmar todo lo que nunca ha sabido expresar con palabras.
El escribir una carta de amor es ese recurso que da la desesperación y el miedo a un futuro incierto. Quizá, desde Francia nos llegó la mejor representación con la maravillosa Cyrano de Bergerac (con un sublime Depardieu), donde el amor y el deseo de ser diferente eran uno solo. Pero, en la vida real no hablamos en verso, ni todo el mundo tiene la locuacidad del personaje creado por Rostand. Y, mientras que la película de Rappeneau es una obra maestra de principio a fin, Las cartas de amor no existen no transmite lo que pretende y se queda a medio camino entre la comedia y un pequeño drama existencial.
A lo largo de su hora y media larga, Bonell no consigue que empaticemos con un protagonista que abandona todos sus compromisos del día en pos de una falsa ilusión. Porque esas cartas de amor, como bien le dice el dueño del bar (el mejor personaje de la película), su carta no es para ella sino para él. Es un relato de sus fracasos y de sus miedos, una lista de sus fallos y de sus múltiples excusas que le han conducido a estar solo, tras fallar en un matrimonio primero, y en su relación con Léa después. Un carta que solo plasma su amargura y donde ha descargado sus penas y no sus triunfos, que fueron pocos.
En resumen
Las cartas de amor no existen es una comedia made in France que se nos vende como algo que no termina de ser, y aunque tiene algunos momentos ocurrentes, en su conjunto tiene ese trasfondo amargo que tanto gustan en mostrar en sus películas en el país vecino. Un viaje por la desesperación de un futuro de soledad que aunque intenta transmitir buen rollo en su final optimista, no acaba de dejarnos esa sonrisa en los labios con la que mirar al futuro con esperanza.