Pulso a 120. Presión sanguínea a 80. Satura a 89
La segunda temporada de «The Pitt», disponible en HBO Max, continúa gritando las constantes vitales de cada paciente que ingresa en la sala de Urgencias del Hospital de Pittsburgh casi como si la serie no se hubiera detenido durante su transición desde su estupenda primera temporada.
Con apenas personajes protagonistas nuevos, con la misma cadencia en los acontecimientos que parece anticipar un desastre inminente, y con el ritmo propio de una ficción en donde la sucesión de situaciones dramáticas no tiene pausa, como los turnos en un Hospital, lo que ocurre en esa sala de Urgencias continúa al mismo ritmo vital y rutinario que cualquier día, solamente puntuado por el mayor o menor número de ingresos diarios, y la dificultad o no de la resolución de cada caso.
Porque el pulso, la saturación y el ritmo cardíaco no han descendido en esta segunda temporada, prácticamente con la misma intensidad que en la premiadísima primera (4 Emmys a la mejor Serie Dramática y Actor Protagonista, 2 Globos de Oro en la misma categoría, aparte de otros premios).
Esta serie es el verdadero éxito de HBO ahora mismo, con un lenguaje que hace palidecer a otras ficciones médicas, más parecidas a variantes de telenovelas, si no lo eran ya antes incluso de que esta serie las pusiera a todas en su sitio. Hasta el clásico Urgencias, con varios responsables involucrados en esta serie empezando por su protagonista (Noah Wyle) y continuando por su productor ejecutivo (John Wells), parece lenta en comparación.
Y cuando las frases a medio acabar, los casos que acaban de entrar, y los temblores de las manos de un médico en la intimidad del baño son interrumpidos por los títulos de crédito finales, y no vuelven a reiniciarse hasta que aparece un nuevo episodio, ya no te dejan con la sensación de que han congelado el tiempo. Simplemente sustentan el vilo en el que esta serie te deja constantemente.
La concordancia entre lo que la serie cuenta (la frenética actividad de la sala de urgencias de un hospital) y la realidad dramática de lo que cuenta es tan lógica que consigue añadir un mérito más a su desarrollo: el de la coherencia.
Considerando que cada paso que dan los médicos y las enfermeras de Urgencias está protocolizado, sino sería imposible desarrollar su trabajo con tan poco tiempo de reacción, la verdadera evolución de la serie es que cada guion consiga, a cada nueva entrada de un nuevo paciente, una dinámica nueva, una evolución entre lo que se habla entre cada médico o entre cada especialista que tiene que intervenir.
Incluso entre los familiares de los pacientes que llegan con la preocupación por la salud de sus seres queridos se contribuye a la escena, es un elemento más, y no por ello se llena de reacciones emocionales la sala de Urgencias.
Es como algo rutinario esa incorporación dramática de un lenguaje médico tan especializado como el de esta serie. Ya sucedía en la primera temporada, con un inicio que provocaba cierto desconcierto en el espectador dados los constantes tecnicismos que declaman los personajes; en esta segunda, convertido cada espectador en un experto en saturaciones, ritmos cardiacos, y pulsos, la trama de cada episodio se integra más con tus conocimientos médicos, que a fuerza de escucharlos no sabías ni que tenías.
En esta serie muere mucha gente, y en esta temporada parece como si la muerte, y en ocasiones la reacción de los médicos ante ello, te recuerde a la misma reacción autómata que algún profesional te ha dirigido cuando te comunicaba que el cáncer terminal de tu padre avanzaba sin piedad, y que te preparas para lo peor, dejándote con la sensación de vacío que parece no alterar su sensibilidad.

Aquí, estás tan metido en la serie, que incluso lo llegas a entender, lo interiorizas, tú también has entrado en «La Fosa» (nombre que da su protagonista a Urgencias) y has entendido cuales son sus dinámicas.
Por ejemplo, algo como que hay pacientes de urgencias que están allí durante años, que ingresan, se les medica, y vuelven a ingresar en otro momento, y que son recibidos con la familiaridad de lo conocido, que se integran en el día a día y que lo hacen casi sin molestar, hasta que un buen día, no salen, fallecen allí, y todo el personal sabe que esa persona que les conocía, que sabía bien qué preguntarles sobre su propia vida o qué decir en cada ingreso, facilitándoles en cierto modo su trabajo, ya no va a estar más.
Y el duelo, al fin, les llega a todos como si de un íntimo familiar se tratara.
El fenómeno del «Burn out», las sensación de estar quemado después de convivir durante tanto tiempo con una presión que no cede en ningún momento, algo inherente a la profesión médica desarrollada en estas condiciones asoma por aquí tocando a los personajes como algo evidente, como la consecuencia directa del ritmo de la serie, pero es cierto que no llega a estar bien desarrollado, debido fundamentalmente a la sensación de que es algo impostado, de que en realidad los personajes se acabarán comportando como los excelentes profesionales que son, y la amenaza de dejarlo, de tomar cualquier tipo de medida para escapara de esa pesadilla diaria nunca llegará a producirse, tal y como sucedía también en la temporada anterior.
Se podria decir que es la única pega de esta temporada. Todo lo demás nos suena familiar tras lo vivido previamente, a pesar de que, por la especial narrativa de la serie, seguimos estando limitados por el tiempo (ocurre en tiempo real) y por el espacio (nunca se sale del hospital).
Pero a estas alturas, y en una serie tan buena como esta, ya eso que te sorprendía se ha convertido en una virtud, en algo que ansías ver en cada episodio. No quieres que salgan de esa sala, no te interesa a donde van después, no quieres que existan elipsis, o flashbacks, o cualquier otra distracción dramática que te aleje de lo que pasa ante tus ojos.
Es la definición de la serie perfecta.
Carter, encasillado de Carter.
De las mejores, por no decir la mejor, series de hospitales que se han hecho.