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«The Pitt»: Los que se quedaron

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Carlos Muñiz Vidal
Carlos Muñiz Vidal
Intento huir de las películas y las series, pero ellas me persiguen. Desde mis estudios de audiovisuales a mi trayectoria profesional en canales temáticos, puede que sea yo el que las persiga a ellas. Fascinado por las historias desde siempre, sean éstas a través del cine, la literatura, el teatro o la televisión, en esta época de plataformas intento buscar esa fascinación oculta en el algoritmo que nos impide descubrirlas.
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Hubo un tiempo no hace tantos años en el que trabajar en el servicio de Urgencias de cualquier hospital del mundo, era lo más parecido a ir a la guerra. En la época en que la rutina se interrumpió para casi todos, allí era en donde se escapaba la vida de millones de personas delante de la mirada de los profesionales que intentaban enfrentarse a una epidemia mortal envueltos en bolsas de basura, literalmente. Si hablas con cualquier médico o enfermera de urgencias, como mi cuñada Míriam, enfermera de urgencias en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid desde hace más de 20 años, siempre te dice que ante este periodo de nuestra historia entre el personal de urgencias hubo dos reacciones: el que lo dejó, y el que se quedó. La serie «The Pitt», disponible en Max, habla de los que se quedaron. Habla de Míriam.

Míriam no sale en The Pitt. No le hace falta. Lo que ella vive cada día es lo mismo que le ocurre a los personajes de la serie y no necesita localizarse, es algo universal; por eso estos personajes podrían vivir en cualquier ciudad del mundo, en cualquier época. Esta es una de las mayores virtudes de la serie, nos hace ver al personal de urgencias enfrentándose a conflictos que son eternos como aceptar la muerte, gestionar los recursos, equivocarse profesionalmente, o no empatizar con los pacientes, o al menos no demasiado.

Porque si algo diferencia a The Pitt del resto de series sobre médicos de la historia televisiva reciente, una especie de género propio mezcla de thriller y culebrón con temporadas eternas y multitud de personajes con sucesivos parentescos apareciendo en ellas, es su novedoso formato de una hora de metraje por cada hora real de un turno de urgencias; cada episodio transcurre durante esa hora de turno, y salvo contadas elipsis muy cortas, y mucho más contados flashbacks, el tiempo de ficción es casi tiempo real, de forma lineal, algo que consigue centrar mucho las tramas, ir automáticamente al grano y provocar una atención por parte del espectador que te engancha desde el primer minuto, diría que desde el primer segundo.

El desconcierto que te crea este planteamiento inicial, parecido al que tenías en la serie 24 pero sin el cartel inicial con las instrucciones de uso del inicio ni el martilleante reloj avisándote del final de cada episodio, lo empiezas a entender cuando comienza la serie por el particular ritmo de la trama que encaja perfectamente con ese condicionante horario; y no solo porque cada hora en un turno de urgencias se enfrenta a diferentes problemas, sino porque la atención a lo urgente evita irse por las ramas.

Esta serie creada por R. Scott Gemmill (el productor de Urgencias y de NCYS Los Angeles) y producida entre otros por el mítico John Wells (El Ala Oeste de la Casa Blanca, Shameless, Urgencias, Turno de Guardia) te atrapa con un acercamiento a los personajes sin aditivos molestos, sin romances, problemas domésticos, viajes en cualquier medio de transporte que acaban en una desgracia (casi siempre hacia el final de un episodio) o cualquier otro tipo de distracción dramática que te aleje lo más mínimo de vivir en primera mano la sensación de estar en esa sala de urgencias e intentar comprender el trabajo que hacen los médicos, enfermeras y trabajadores sociales, sin perder un ápice de respeto a la dedicación y profesionalidad de su trabajo.

Como no es un documental, claro que hay dramatismo en los diálogos, comedia en algunas situaciones, montajes en paralelo y conflictos que hacen evolucionar cada episodio, pero están mostrados de forma tan racionada que simplemente suceden como acompañamiento necesario para darle algo de humanidad al caos, la muerte, la esperanza y la redención que suceden cada hora de episodio, y lo realmente novedoso y asombroso de la serie es que todas esas situaciones nuevas se solapan entre episodios, por lo que o te dejan a medias porque el episodio se termina cuando ha empezado una operación para salvarle la vida a alguien, o comienzas cada episodio donde se quedó la situación anterior sin ningún tipo de introducción previa que te ponga en guardia ante lo que se va a desarrollar ante tus ojos en los siguientes minutos.

Max, al igual que otras plataformas, ha decidido estrenar los episodios semanalmente por aquello de fidelizar a la audiencia y que las suscripciones no duren solamente un mes. En el caso de esta serie era algo que podría dificultar las tramas, ya que al no ver cada episodio de manera continua como se hacía con muchas series al inicio de las plataformas (los famosos maratones), algunas tramas que han empezado en un episodio se retoman en el siguiente, casi en el mismo punto en el que físicamente estaban los personajes, con el consiguiente espacio temporal entre episodio.

Esto hace que la narración te coja por la solapa desde un inicio, ya que no se pierde en introducciones, no llegan los personajes al hospital, hablan de su fin de semana en el vestuario, descubren lo que ha ocurrido en el turno de noche, etc. Aquí no hay tiempo para eso. ¿Recuerdas lo que ocurría con el paciente de la sala 3 en el episodio anterior? Si, ese que entró con un pulmón perforado y al que estaban a punto de intervenir. Pues espabila. Ahora mismo estamos con él y los diálogos tampoco te van a recordar en qué estado estaba. El término frenética igual hasta se le queda corto a esta serie. Es lo que tiene prescindir de las tramas personales casi hasta la mínima expresión, de tal manera que en el episodio 4 de una serie de 15 episodios, todavía no se ha dicho claramente cuales son las relaciones entre cada personaje.

Noah Wyle no sabemos si está casado, divorciado, o qué hace cuando deja de trabajar en el hospital. Y si se dice algo, como el inicio de un embarazo de un personaje, o la tobillera electrónica que lleva una de las doctoras, siempre es una información de pasada, incompleta, casi como un chascarrillo, un «ya te lo contaré cuando tenga más tiempo, que ahora estoy entubando a este paciente». Es tan consecuente en eso la serie, que en realidad si piensas en que lo que te están contando es una hora en una sala de urgencias por episodio, lo lógico es que no sepas nada de eso, que el trabajo te absorba de tal manera que no tengas tiempo para indagar en las personas que están trabajando.

Tras los desastres de una pandemia global, como la que vive el protagonista de The Pitt, los auténticos héroes a los que aplaudimos esos días son los que siguieron, los que a pesar de los terribles recuerdos, de las terribles pérdidas sufridas y vivencias experimentadas, en el caos vinculado a aquellos días que puede permanecer en tu cerebro y no salir de ahí, vuelven a una sala de urgencias y continúan salvando vidas, como Noah Wyle en esta serie.

O cómo Míriam y sus compañeros.

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