Los más jóvenes del lugar quizá no lo sepan, pero el 14 de marzo de 1989 tuvo lugar en Atenas, en concreto, en el pabellón de la Paz y la Amistad, una de las actuaciones más legendarias en la historia del baloncesto. Aquel día, Dražen Petrovic, dio todo un recital, llegando hasta los 62 puntos en la victoria del Real Madrid sobre el Snaidero de Caserta en la final de la Recopa de Europa. Aquel encuentro quedó grabado en la retina de los que ya peinamos canas hace mucho, en lo que fue todo un duelo de artilleros entre Dražen Petrovic y el también mítico Oscar Smidt Becerra. Aquel espectáculo inolvidable dio aún más forma a la leyenda del jugador croata, que fallecería cuatro años más tarde en un trágico accidente de coche en Alemania.
Desde el pasado domingo 27 de julio, Movistar Plus+ ofrece la oportunidad de conocer algo más al conocido como el «Mozart del baloncesto» con el drama biográfico Dražen, una película que «intenta» retratar la vida y la carrera deportiva de esta figura icónica del baloncesto, amada y odiada a partes iguales. Y, digo intenta, porque la cinta dirigida por Danilo Serbedzija y Ljubo Zdjelarevic nos deja con la sensación de oportunidad perdida. Como si el entrenador hubiera dejado en el banquillo a Dražen Petrović y en su lugar estuviéramos viendo a un suplente sin nada que ofrecer al público
Su figura merecía un relato a la altura del personaje, pero desde su comienzo intuimos que la película no nos va a dar lo que esperábamos, con una primera escena —Dražen dormido en un coche rumbo al fatídico final— que marca una ruta circular que sofoca cualquier posible sorpresa narrativa. A pesar de todo, el inicio es prometedor, mostrándonos de forma espléndida la infancia del joven prodigio, con una actuación destacable de Tonko Stošić, cuya energía traspasa la pantalla. Somos testigos de su pasión por el baloncesto, de su relación con su hermano mayor Aleksandar, de su obsesión por entrenar (esos ejercicios con la silla) y de cómo la familia debe decidir entre deporte y música, en un decisión que marcaría su futuro. Pero justo cuando uno empieza a disfrutar de esta etapa inicial, la película pega un salto brusco, y sin comérmelo ni beberlo llegamos a su época en la Cibona de Zagreb. A partir de ahí, Dražen entra en una espiral de cortes abruptos, como si cada escena fuese una canasta rápida, un contraataque de palomero. De Zagreb a Madrid, de Madrid a Portland, de Portland a Nueva Jersey, todo sin tiempo para respirar, para entender, para sentir.
Sin duda uno de los grandes errores (no el único) del filme es, precisamente, su estructura. Los directores optan por un enfoque biográfico convencional, de la A a la Z, sin el más mínimo intento de reinterpretar o profundizar en lo que fue Dražen Petrovic. En lugar de elegir un periodo concreto para iluminar la totalidad del personaje, sus responsables parecen empeñados en cubrirlo todo, y acaba contándolo todo sin decir nada.
¿Qué nos cuenta Dražen que no sepamos ya? ¿Qué aporta más allá de una recopilación de artículos periodísticos con guion? En sus 90 minutos, vemos cafés, quejas, ligues y poco baloncesto. Apenas hay mención a los momentos clave de su carrera: la final robada con Šibenka, el conflicto con Divac, las seis medallas con Yugoslavia, la plata olímpica con Croacia en 1992 frente al único y verdadero Dream Team. Todo eso —lo que lo convirtió en leyenda— queda fuera o reducido a breves referencias. Como si se temiera tocar la grandeza, por miedo a no saber retratarla.
En resumen
Dražen es un biopic sin alma, que no se detiene en mostrar lo que verdaderamente definía a Dražen Petrović, lo que lo hacía único y temido por sus rivales: su obsesión con entrenar, su ética de trabajo inhumana. Esa devoción por la pelota naranja, que era el centro de su vida, se diluye aquí entre relaciones románticas sin fuerza y escenas que no transmiten nada. La leyenda de Dražen Petrović merecía algo más, pero esta película ni emociona ni transmite. Todo lo que contrario a lo que hacía el mítico jugador croata sobre la cancha. Incluso nos hace sentir verdadera vergüenza ajena (no me refiero solo al bar de Madrid y los jamones) en momentos donde uno debería estar vibrando.
Al final, uno se pregunta si no habría sido mejor dejar la figura de Petrović donde estaba: en la memoria colectiva, en los vídeos de archivo, en las leyendas que se cuentan de generación en generación. Los que vivimos aquella época, de noches sin dormir escuchando el I love this game (cómo echamos de menos a Andés Montes) o recordamos de los míticos torneos de Navidad con Sabonis enfundado en la camiseta de la URSS, esperábamos más de una película como Dražen, que se queda muy lejos de mostrar lo que la leyenda del baloncesto significó. Tal vez hubiera sido mejor ahorrarle al espectador, ese amargo regusto de derrota que deja este filme.