Decir que una serie como «Compañeros de Ruta (Fellow Travelers)», disponible en SkyShowtime, es una serie sobre el Macartismo, época negra en la historia norteamericana relativamente reciente debido a la persecución inquisidora de todo tipo de perfiles profesionales por sus creencias personales y actividades sexuales presentes o pasadas, es quedarse un poco corto. Lo cierto es que no sólo transcurre en una estupendamente ambientada Washington durante los años 60, sino que nos acerca de manera implacable toda aquella paranoia persecutoria que el cine y la televisión siempre ha vinculado a la persecución del comunismo; pero como en toda paranoia (la paranoia nazi también), no se quedó ahí y persiguió a todo tipo de personas apoyada en todo tipo de prejuicios incluyendo de una manera despiadada y muy poco mostrada en productos audiovisuales recientes, al colectivo gay.
Y tampoco te engaña. Desde los mismos títulos de crédito de marcado acento sexual, en que se suceden una serie de imágenes que parecen sacadas de una revista las pistas son evidentes, y detrás del proyecto está el guionista de Philadelphia, Ron Nyswaner, y la serie empieza con un plano de Matt Bomer, un actor que se ha convertido por su trayectoria (si exceptuamos Ladrón de guante blanco una olvidable serie) en un icono en productos audiovisuales de temática homosexual reivindicativa.
Toda esta presentación da a la serie un halo de irrealidad muy superior al ambiente represivo de la época para los homosexuales, y dando la sensación de ser algo que iba mucho más allá de lo que suponía ese mismo ambiente represivo contra los comunistas o socialistas de la época.
Es evidente que lo que cuenta es de suma importancia, la discriminación sexual añadida a la persecución política en la peor época de las persecuciones políticas del macartismo. Pero es el modo en cómo lo cuenta lo realmente cuestionable.
El sexo homosexual mostrado de manera bastante explícita, haciendo a los personajes dejarse llevar por la lujuria y la pasión para contrastar el entorno opresivo en el que se mueven en principio es una forma perfectamente válida de acercarnos a una historia como ésta.
Hay que decir que profundiza sobre ese ambiente persecutorio del mundo gay de una forma deliberadamente inclusiva, son personajes que lógicamente por el devenir de la serie y por la propuesta, están inmersos en la vida social y política del Washington de los años 60. La propia oficina de los inquisidores, el senador Joseph Mccarthy y su secuaz Roy Cohn es una de las localizaciones e incluso es donde trabaja uno de los protagonistas. Lo realmente bueno de la serie es como profundiza en los métodos de esa persecución. Una época en la que tenías que pasar un detector de mentiras, en las que un funcionario del gobierno te pedía que caminaras o que leyeras un párrafo de un libro para demostrar a través de esta subjetiva manera si eras gay o no, es siempre una época a revisar y por supuesto, a denunciar.
Todos los episodios transcurren de una manera acelerada en el tiempo, parten del presente, de un presente del personaje protagonista todavía avergonzado por su condición homosexual, amenazado en su actual realidad por la epidemia del SIDA, y nos retrotraen al pasado represor, pero sin alejarnos demasiado, no hay una diferencia de comportamiento en cuanto a su condición de homosexual, es como si todo siguiera igual, aunque el motivo de la vergüenza en el presente narrativo es diferente, es la vergüenza de una enfermedad que estigmatiza, pero no hay tregua para los personajes, o por lo menos para el personaje de Bomer. Es un acercamiento muy parecido al de una buena película titulada The Normal Heart, también protagonizada por Bomer, junto a Mark Ruffalo y dirigida por Ryan Murphy, dónde la vinculación sobre pertenecer al colectivo gay en los años 80 y al mismo tiempo estar infectado de SIDA conjugaban en un perfecto vehículo dramático.
Comparar el comunismo y su persecución de entonces con la homosexualidad y su persecución en los años de la epidemia gay, y los conflictos a los que se tendrían que enfrentar los personajes son lo suficientemente similares como para ser un buen punto de partida para cualquier historia. Pero para ello tendríamos que empatizar con los personajes, especialmente con el personaje de Bomer, mucho más de lo que la historia te lleva a pensar de él. El cinismo del protagonista no puede salvarle, al igual que el idealismo tampoco del otro protagonista, un gran Jonathan Bailey (el mismísimo Lord Bridgerton) que parece vivir más intensamente todo lo que hace por el hecho de no mentirse a sí mismo. Es un esquema simple, pero en ocasiones funciona (sólo en ocasiones). En el resto de episodios te parece increíble que alguien así pueda conmoverse ante la enfermedad, o que esté dispuesto a hacer sacrificios por los demás quién no los ha hecho nunca, que siempre a lo largo de su vida ha mirado por su interés y ha vivido mintiéndose a sí mismo y a los demás.
La premisa es demasiado obvia, el conflicto, latente desde el primer plano, nunca está disimulado y el poco misterio se diluye en cuanto los encuadres, el tono y el sentido de las miradas y los diálogos se encargan de hacer desaparecer cualquier atisbo de doble sentido.
El personaje de Allison Williams, la mujer resignada del protagonista, se diluye entre los conflictos del resto de los personajes, y la manera que tiene de afrontar su propia vida es tan decepcionante y tan poco consecuente con la actitud del personaje de su marido que no puede salvarse ante nuestros ojos. La ralentización dramática, la cámara lenta, la música constante, no hace que se profundice en la psique de los protagonistas, más bien al contrario, añade simplicidad a la narrativa y pose de producto presentado con un envoltorio que es siempre el mismo, y cansa, aburre el devenir de los episodios hacia los mismos encuadres visuales.
Dichos tópicos visuales no contribuyen en nada al desarrollo de la trama, esta historia podría haberse contado de la misma forma con actores de fisionomía más corriente, sin ralentizados, podría ser igual de válida esa denuncia de la época y las penalidades sin que los protagonistas fueran todos modelos con cuerpos perfectos. Incluso el personaje que tiene SIDA no impacta, no transmite toda la angustia de esa terrible enfermedad como debería, toda la desesperación, como sí lo ha hecho en otras aproximaciones visuales más acertadas a la enfermedad como la mencionada Philadelphia.
El personaje principal, siempre juega al engaño, al disimulo, y utiliza la gente que le rodea de una manipuladora manera, nunca se dedica en cuerpo y alma a nadie, hay un favor detrás de cada encuentro sexual. Parecen querer hacernos entender que el hecho de no reconocer su homosexualidad, el mentir y engañar, casa con tener esa actitud manipuladora en otras facetas de la vida, cosa que hoy en día resulta particularmente inverosímil.
No te crees ese último intento por cuidar a Tim, no te crees a ese personaje, no le pega ese último acto de solidaridad, de caridad, de cariño en la distancia de la enfermedad, cuando todo lo que le unía a él era la lujuria, una lujuria muchas veces interesada.
Al final lo único que queda es la sensación de un producto que podría haber sido de gran calidad por la historia y por la estética, pero que solamente se queda en la estética.