Se estrenó en Netflix una serie titulada «Animal», protagonizada por Luis Zahera, y que más o menos va sobre un veterinario rural que se queda sin dinero porque los ganaderos nunca pueden pagarle sus servicios y no le queda más remedio que trabajar en una de esas grandes superficies dedicadas a las mascotas que dirige su sobrina Uxia (una estupenda Lucía Caraballo).
La serie, por si todavía no lo dije, transcurre en Galicia, se menciona Compostela aunque en realidad podría pasar en cualquier parte del territorio galaico. Tanto las situaciones como los acentos son bastante reconocibles para los de fuera y un poco también para los de dentro, en especial el modo en afrontar los problemas y como los gags derivados de esas situaciones siempre se afrontan con una cosa muy de la tierra llamada retranca. Al igual que la morriña (esa lluvia que en otras partes del país llaman «mojabobos») la retranca es una cosa que te va calando cuando vives allí poco a poco en tu personalidad, de modo que cuando quieres darte cuenta estás empapado de ironía, y te resulta imposible afrontar la realidad de las dificultades diarias, sin utilizar esa ironía para intentar sobrevivir. Llevar esto a una consulta de veterinaria en una gran superficie es el auténtico acierto de esta serie.
El caso es que la serie es estupenda, con situaciones que se afrontan con un lenguaje directo, sin medias tintas ni participios y te la ves de un tirón, porque si algo tiene Zahera es que puedes partirte de risa casi de cualquier cosa que diga, y tanto si tiene un cabreo, como un ataque de ansiedad o una proposición de matrimonio, siempre encontrará las palabras adecuadas para conseguir ese tono en su lenguaje tan propio de esas tierras, tan lleno de retranca. Interpretando este papel de veterinario es capaz en cada capítulo de dar una lección de sentido común galaico a situaciones alejadas normalmente de lo que viene siendo un veterinario de verdad, de esos que van a granjas y cuidan de la salud de la rubia gallega, por poner un ejemplo.
Aquí a lo que se dedica es a quitar absurdas ideas preconcebidas sobre las mascotas de sus dueños para evitar precisamente que los pobres animales tengan que pasarlo mal, y lo hace con toda la elocuencia y palabras exactas que tendría un auténtico veterinario, o, como en este caso, uno galaico. Zahera probablemente no parecería el actor más indicado para ejercer de médico, o para padecer ansiedad, o mostrar en frases cortas todo un compendio de sabiduría ganado a pulso a lo largo de los años, pero resulta que sí que lo es, que lo hace con la contención necesaria y que incluso te puedes llegar a partir de risa con sus contestaciones. Va a resultar que es un actorazo. Un poco como cuando Alfredo Landa protagonizó El Crack de José Luís Garci, y todo el mundo de repente cayó en la cuenta de lo buen actor que era, justo por lo mismo, porque hacía de comisario con mala leche cuando siempre había hecho reír a la gente.
Desde que Manuel Manquiña descubrió al resto de la península un tipo de humor y una entonación que en el cine todavía no había sido explotado con su interpretación en Airbag, («qué profesional») estábamos tardando en volver a ver este tono en una serie española, interpretada como está por actores que realmente viven cada palabra que dicen como si fueran gallegos. A lo mejor hasta lo son…
Con el transcurrir de los capítulos parece que la historia va de una cosa, un poco todo unas risas con las situaciones con las mascotas, pero resulta que luego va de otra, metiéndose en las vidas de los personajes más allá de los comentarios irónicos o de lo que pasa en la consulta, con lo cual no sabes muy bien a mitad de temporada hacia dónde va la historia: si sube o si baja.
El final intenta resolver este problema con desigual suerte, en mi caso dejando una sensación un poco agridulce, pero lo cierto es que hasta que llegas a él puedes vivir unos ratos estupendos escuchando esos diálogos llenos de ironía y de gracia.
La carrera del creador de esta serie, Víctor García León, no anticipaba que pudiera dar en el clavo con una serie como esta; nada parecía presagiar las agudas respuestas en los diálogos de esta serie. Va a ser que el trabajo de todos los intérpretes (una estupenda Carmen Ruíz o ese Morris como villano) pone el punto perfecto al trabajo de guion y dirección con un aporte propio, digamos, en el ADN que consigue no solo entretenerte sino a ratos, hasta emocionarte.
Las situaciones rocambolescas protagonizadas en la consulta de este veterinario darían para un libro, y los diálogos sobre dolencias ficticias o no, demandadas por los dueños de las mascotas y que intentan ser reconducidas por el personaje protagonista, enlazan muy bien con sus propios traumas, como si todo el sentido común que tiene ejerciendo su profesión no le alcanzara para controlar su propia vida, llena de sinsentidos. Es un aspecto de esta serie de comedia que le da profundidad y que ayuda a que, cuando el tono cómico vuelve, te pille con la guardia baja y te rías con ganas. Da gusto ver que se puede llegar al humor de una determinada zona de nuestro país de una manera tan natural como en esta serie, algo que se consigue solo en muy pocas ocasiones, sin que parezca algo forzado o cuyo sentido no llega a alcanzar a todos los públicos. Porque el humor es lo más difícil de trasladar fuera de un determinado territorio, y tiene que ser un humor muy universal para que guste a todo el mundo. Se ve que la retranca, esa ironía que se utiliza en el noroeste para poder sobrellevar más de diez días lloviendo con un lacónico “parece que llueve”, es más universal de lo que parece. Aunque reconozcamos que no es para todo el mundo. Hay que tener un mínimo de inteligencia para que, como dicen en la serie, se desparrame como una tortilla de Betanzos.
Palabra de gallego.

Menudo rollo, sólo la salva la interpretación de Zahera.