Salí del preestreno de «Landa» con la sensación de haber asistido a algo más íntimo que un documental: casi una confesión en voz baja. Y, sin embargo, me quedé con ganas de más.
¿Cómo se construye toda una vida, y toda una historia del cine español, sin caer en lo evidente? No es tarea fácil, sobre todo cuando se trata de una figura tan genuina como Alfredo Landa. Precisamente por eso, el documental dirigido por Gracia Querejeta y Miguel Olid resulta, sin ser fallido, claramente insuficiente.
Se echan en falta más voces, más contexto y, sobre todo, Más cine. Demasiadas películas fundamentales aparecen apenas esbozadas, sin detenerse en secuencias clave de títulos como Los santos inocentes, El crack o Luz de domingo. Para un actor de su dimensión, pasar de puntillas por estos momentos resulta difícil de justificar.
El documental acierta al abordar el fenómeno del «landismo», esa etapa popular que convirtió a Landa en un icono de una España concreta. Películas como No desearás al vecino del quinto o Vente a Alemania, Pepe dibujan un país caricaturesco, machista y evasivo, más preocupado por la comedia fácil que por reflejar su realidad social. En este sentido, el análisis de voces como la guionista, directora y crítica cinematográfica, Marta Medina, resulta pertinente y necesario para contextualizar una filmografía hoy incómoda.
También funciona el recorrido por sus inicios y la transición hacia un registro más complejo, impulsada por figuras como Juan Antonio Bardem con El puente. A partir de ahí, emerge el Landa más profundo: el de Los santos inocentes o sus colaboraciones con directores como Luis García Berlanga o José Luis Cuerda.
Pero es precisamente en este punto donde el documental tropieza con más fuerza: la casi total ausencia de José Luis Garci. Resulta difícil entender cómo se minimiza la relación con el director que más veces trabajó con Landa y que fue clave en la consolidación de su etapa dramática. Películas como Las verdes praderas, El crack o Canción de cuna no solo forman parte de su filmografía: son esenciales para comprender su evolución como actor.

Esta omisión no es menor. Al pasar tan superficialmente por esta etapa, el documental pierde profundidad y deja incompleto el retrato. No basta con mencionar: hay que detenerse, analizar y entender. Estamos hablando del director con el que trabajó más veces Alfredo Landa, y con el que debió compartir más dry Martinis o conversaciones sobre sus personajes.
El conjunto se apoya en testimonios cercanos, familiares, compañeros y críticos, y en un valioso archivo de TVE, lo que refuerza ese tono íntimo que recorre toda la película. Sin embargo, esa misma cercanía acaba jugando en su contra: faltan miradas más amplias, más incómodas y completas, a mi entender.
Alfredo Landa no fue solo un actor popular ni solo un gran actor dramático: fue ambas cosas a la vez, y algo más. Este documental logra acercarse al hombre, pero se queda demasiado lejos del mito. Es un retrato honesto, sí, pero demasiado tímido para un gigante, para mí, sólo sirve como introducción, pero no como legado. No es el documental que Landa merecía, sino el que se han atrevido a hacer sobre él.
