A Netflix se le acusa a menudo de producir sin medida, como una especie de fábrica de churros, donde la cantidad prima sobre la calidad. Sin embargo, de lo que no hay duda es que es la plataforma con mayor alcance global, y que cuenta con un catálogo tan extenso como variado de producciones propias y ajenas. También es innegable que, a veces, el éxito llega cuando menos se espera. Como ocurrió en 2023 con «Bronca» (Beef), serie creada por Lee Sung Jin que no solo fue éxito de audiencia, sino que también conquistó a la crítica. Su mezcla de comedia, drama y thriller cautivó al público, hasta el punto de que Netflix decidió convertir lo que parecía una miniserie en una antología. El pasado 16 de abril llegó una segunda entrega de «Bronca», que no solo despertó el interés general, sino que también suscitó una pregunta inevitable: ¿tenía sentido continuar una historia que parecía cerrada en sí misma?
Esta nueva entrega llega con una reformulación total de su universo. Bronca regresa con un nuevo reparto y nuevas disputas. Una pareja de la generación Z es testigo de una pelea (subida de tono es quedarse corto) entre su jefe milenial y la esposa de este. Ashley Miller (Cailee Spaeny) y Austin Davis (Charles Melton), dos empleados de un elitista club de campo que acaban de comprometerse, terminan involucrados en el complicado matrimonio del gerente general, Josh Martín (Oscar Isaac), y su mujer, Lindsay Crane-Martín (Carey Mulligan). A partir de este momento, da comienzo una complicada y caótica partida de ajedrez, en la que se entremezclarán favores, chantajes nada velados y coacciones disfrazadas con una sonrisa. Así, ambas parejas se verán inmersas en un juego de poder, de consecuencias imprevisibles, mientras la nueva propietaria del elitista recinto, la presidenta Park, una multimillonaria coreana lidia con su propio escándalo.
Sobre el papel, la propuesta resulta atractiva. Cuatro protagonistas, dos parejas, situadas en momentos vitales muy diferentes, girando en torno a una misma realidad: esa rueda que nunca deja de girar que es el capitalismo. Una estructura que apunta a un discurso sobre las elecciones vitales, sobre cómo las tensiones, las ambiciones y las frustraciones se repiten generación tras generación. Sin embargo, ahí aparece su principal hándicap: no termina de quedar claro hacia dónde quiere ir.
La serie propone múltiples líneas narrativas que, lejos de reforzarse entre sí, acaban compitiendo por la atención del espectador. Hay una evidente intención de ampliar el foco, de pasar del duelo íntimo de la primera temporada a un retrato más coral, pero ese crecimiento, en gran medida, se vuelve en su contra. La historia se dispersa en exceso, se pierde en recovecos innecesarios que diluyen el conflicto principal y generan una sensación de desorientación.
Y, aun así, hay algo profundamente interesante en esta segunda entrega. La exploración de la podredumbre del ser humano sigue siendo uno de sus grandes aciertos. Bronca continúa diseccionando la hipocresía como mecanismo de supervivencia, como ese escudo que los personajes utilizan para justificar sus actos mientras avanzan, casi sin darse cuenta, hacia un éxito que tampoco parece satisfacerles. Es incómoda, a veces incluso cruel, pero también fascinante en su capacidad para reflejar lo peor —y lo más reconocible— de nosotros mismos.

En ese sentido, la temporada funciona como una especie de experimento emocional. Una montaña rusa que alterna momentos de intensidad, de conflicto puro, con otros en los que todo se detiene y deja paso a una extraña sensación de irrealidad. Es en esos parones donde la serie parece mirarse a sí misma, como si dudara de su propio rumbo. Y esa duda se contagia al espectador.
Quizá el mayor problema es que, al intentar abarcar más, pierde aquello que hacía especial a la primera entrega: la claridad de su propuesta. Aquí hay buenas ideas, personajes con potencial y situaciones que apuntan a algo relevante, pero el conjunto no termina de ensamblarse. Todo parece girar, avanzar, acumular capas… pero sin una dirección clara.
El resultado es una experiencia agridulce. Cuando llega el final, queda la sensación de haber completado un viaje intenso, incluso estimulante por momentos, pero también la impresión de que algo se ha quedado por el camino. Como si Bronca, en su intento de reinventarse, hubiera sacrificado parte de su esencia. Esta segunda entrega ideada por Lee Sung Jin resulta a la vez fascinante y adictiva, consiguiendo atraparnos en su propuesta, casi sin darnos cuenta. Sin embargo, más allá de plantearnos si todo lo que funciona necesita repetirse, o de si Bronca es la serie perfecta para sentarte en el salón y disfrutar, su dispersión no puede ocultar una historia más oscura y real de lo que deja ver a simple vista.
La rueda sigue girando. No se detiene por nadie. Subir es una elección.
