El cineasta tejano Richard Linklater ha construido toda su carrera -desde el panorama indie norteamericano- alrededor de películas humanistas que reflexionan sobre el paso del tiempo. El director es capaz tanto de narrar décadas enteras en una sola película -cómo hizo en «Boyhood» (2014)- como de condensar un solo día de conversaciones y acciones mundanas como en «Antes del amanecer» (1995), en «Movida del 76» (1993) o en su recientemente estrenada «Blue Moon» (2025). También es capaz de construir cápsulas del tiempo: obras que, más que narrar la vida de los personajes, dibujan un panorama cultural de un momento concreto de la Historia. Buen ejemplo de ello es su infravalorada «Apolo 10 ½». Una infancia espacial, en la que narraba en clave ficcionada los recuerdos de su infancia en Houston cuando Neil Armstrong puso el primer pie humano en la Luna.
Nouvelle Vague es una nueva cápsula temporal de Richard Linklater. Sobre el papel, narra el rodaje de Al final de la escapada (Jean-Luc Godard, 1960), pero en realidad es un retrato del ambiente cinéfilo de la París cahierista. El protagonista no es realmente el maestro Godard, sino el amor por el cine que respiran tanto los personajes del filme como el propio Linklater. A lo largo de poco más de 100 minutos, el espectador se enfrenta a un desfile de caras y nombres capitales para la consolidación de la modernidad cinematográfica que pasan por los cahieristas Godard, Truffaut, Rohmer, Chabrol y Rivette, y se amplían hasta Resnais, Rossellini, Bresson, Agnès Varda, Jean Seberg y Jean-Paul Belmondo entre muchos otros.
Es una película ambiental, como lo son las mejores obras de Linklater, y la trama acaba quedando en un segundo plano ante las conversaciones y unos personajes que, básicamente dejan pasar el tiempo. Resulta chocante que un cineasta tan estadounidense como Linklater haya dirigido una obra tan europea, pero Godard es un gran protagonista del cine de Linklater: es joven e inconformista, pero hace bandera del aburrimiento como réplica al sistema adulto. Ante los ojos del cineasta, Godard podría perderse en las calles vienesas con una desconocida o pasarse la noche fumando y bebiendo en los campos de fútbol americano de Movida del 76.
La puesta en escena está muy cuidada, intentando emular algunos de los gestos más característicos del cine de la nueva ola de cine francés: blanco y negro, la mirada a cámara, el jump-cut… El problema está en que hay una notable incoherencia entre la forma de hacer cine que defienden los personajes -libre, improvisada, sin guion, desligada de la planificación- y la forma que tiene Linklater de poner en escena su visión.
Nouvelle Vague es una película que se apoya con fuerza en su inteligente guion y apuesta por una puesta en escena calculada. Esta contradicción hace que el homenaje se convierta en un ejercicio de nostalgia que romantiza un periodo que el propio director no ha vivido, en este caso la Francia de 1959. Si tenemos en cuenta que, hace apenas unos meses, Richard Linklater estrenó Blue Moon, que también habla de un clima cultural muy concreto anterior a la vida del cineasta -en este caso el Broadway de 1943-, es evidente que el realizador tejano vive un periodo de mirada proyectada hacia el pasado, menos espontáneo, presentista y personal que sus trabajos de décadas pretéritas.
Sin duda, Nouvelle Vague va a ser una de las citas cinéfilas de 2026 más por el amor al cine que destila que por su veneración al movimiento de los cineastas cahieristas. A pesar de que la forma y el fondo entran en discordancia, es un disfrute por el que resulta muy fácil dejarse llevar. Resulta curioso lo coherente que resulta esta película en el catálogo de su director a pesar de las evidentes diferencias con sus obras anteriores.
