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«La mesita del comedor»: Algo pequeñito

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Sergio Román
Sergio Román
Cinéfilo empedernido y cineasta de vocación. He desarrollado mi trayectoria delante y detrás de la cámara, dentro (haciendo cine) y fuera (escribiendo sobre él). Me gusta Alex Cox y me gusta Michael Bay. Nada humano me es ajeno, y si es de cine menos.
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Estos días se ha dejado caer por Filmin La mesita del comedor (Caye Casas, 2023), una de las películas de culto del pasado año. Premiada en numerosos festivales internacionales e inédita hasta ahora debido a la ausencia de distribuidor, la cinta parecía condenada a una exhibición en salas selectas, lo que sin duda habría contribuido a consolidar su creciente leyenda de película maldita.

La nueva apuesta de Caye Casas supone su debut en solitario después de Matar a Dios, que fue codirigida con Albert Pintó. Con muchos menos recursos que su ópera prima, Casas consigue abrazar su espíritu low cost para dotar a la historia de una atmósfera costumbrista que oscurece más si cabe una premisa ya de por sí oscura.

Conviene no mencionar mucho acerca del argumento para no desbaratar la experiencia. Algo que sin duda agradecerán algunos espectadores y afearán otros cuya sensibilidad quizás no comulgue con el detonante que propone Casas en colaboración con Cristina Borobia –co-guionista y directora de arte-. David Pareja y Estefanía de los Santos interpretan a una pareja que acaban de ser padres. Él no parece haber tenido ni voz ni voto en esa decisión y es por eso que resulta de vital importancia tomar el control en algo mucho más banal como la adquisición de una mesita hortera con la que coronar el comedor de su casa. El vendedor, Eduardo Antuña, encarna aquí a un Mefistófeles de barrio que consigue engatusar a un afanado protagonista, que piensa que con este gesto, reconquistará, si acaso un poco, su masculinidad puesta en duda.

Casi toda la película transcurre en la vivienda de la joven pareja, y es en el trabajo de ese espacio donde el carácter perverso de la historia adquiere unos tintes más opresivos y asfixiantes. La situación que trata es atroz, pero el modo en que es narrada resulta aún más atroz, porque coquetea con el humor negro, y es ahí donde el artefacto corre en ocasiones el riesgo de descarrilar. Es ahí, donde podríamos decir aquello de «con la iglesia hemos topado».

Y es que la película propone un tema tabú con el que es difícil estar a la altura, tanto en su desarrollo como en su desenlace. Resulta casi imposible enfrentarse a una situación que no podemos –o no queremos- imaginar, y es por esto que su resolución se presenta casi irresoluble, ya que no consigue eludir lo inevitable. Así, la respuesta que se da a la premisa, tiene forma de un final previsible en el que se echa en falta un último revés. Pero quizás todo sea, a fin de cuentas, una consecuencia lógica e inevitable de lo propuesto anteriormente.  

En contraposición a Matar a dios, La mesita del comedor, está rodada con un presupuesto exiguo que deviene en una factura técnica con aire de cortometraje pero que también refuerza lo cotidiano que rodea a la historia. A pesar de la locura que cuenta y cómo ésta es llevada al paroxismo absoluto, todo se narra en el marco de un ambiente de andar por casa, y esta naturalidad choca con las oscuridades que hay debajo del sofá, generando un constante rechazo y desafiándote en los momentos en que sus autores parecen querer sacarte una sonrisa.

Resulta sorprendente que el ritmo no decaiga en ningún momento cuando estamos ante la clásica historia ambientada en su mayor parte en un escenario,  y que sin duda será carne de adaptación teatral en el futuro. Cada momento destinado a rellenar minutos consigue sumar angustia en esta pesadilla cuesta abajo y sin frenos, y esto se debe también a un trabajo de guion muy medido y a unos personajes con sustancia interpretados por unos actores bastante inspirados.

Hitchcock definía como suspense a aquello que se generaba cuando el espectador iba por delante del protagonista, mientras que consideraba sorpresa a los secretos que éste sabía y que por el contrario el espectador desconocía. Aquí se sitúa a la audiencia en una encrucijada difícil de digerir en la medida en que la película nos hace sentir ese suspense con el protagonista al mismo tiempo que tanto él como nosotros esperamos el efecto que tendrá la sorpresa en los otros personajes.

Pareja corre el riesgo de especializarse en turbiedades, si tomamos como referencia aquella perturbadora película que hizo con Javier Botet, Amigo (Óscar Martín, 2019). Según parece, el actor estuvo enfermo durante el rodaje, lo cual contribuyó sin duda a una desquiciada interpretación con la conduce la película a través de un trabajo muy ensimismado, que te hace empatizar con la angustia de su personaje. El resto del elenco se coloca como contrapunto al infierno que está viviendo él y, por extensión, nosotros como espectadores.

En resumen

Una película que representa un oasis en el cine español actual y que, como ya pasó con la ya reseñada El último late night (Cameron y Colin Cairnes, 2023), hizo las delicias del mismísimo Stephen King. Una obra que reabre el debate acerca de la libertad de los autores para tratar cualquier tema, por tabú que sea.

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