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«La zona de interés»: el odio está en el aire

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Sergio Román
Sergio Román
Cinéfilo empedernido y cineasta de vocación. He desarrollado mi trayectoria delante y detrás de la cámara, dentro (haciendo cine) y fuera (escribiendo sobre él). Me gusta Alex Cox y me gusta Michael Bay. Nada humano me es ajeno, y si es de cine menos.
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Hace unos cuantos lustros llegó a nuestras pantallas un novedoso formato importado desde Países Bajos. Su título era «Gran Hermano» y la persona que ejerció de maestra de ceremonias, Mercedes Milá. Ante la expectativa causada por ver a varios desconocidos convivir en una casa durante tres meses, la presentadora se apresuraba a decir que lo que sentíamos no era morbo, sino sana curiosidad. La nueva película del poco prolífico Jonathan Glazer, que aquí adapta libremente una novela de Martin Amis, nos devuelve a ese sentimiento ambivalente al transportarnos al subgénero del Holocausto, desde un enfoque radicalmente diferente y profundamente perturbador.

La historia se centra en la vida del comandante Rudolf Höss (Christian Friedel) y su esposa Hedwig (Sandra Hüller) en una bonita casa ajardinada construida junto al campo de concentración de Auschwitz. Allí, junto a sus hijos y su perro, disfrutan de una plácida existencia mientras fuera de campo tiene lugar una de las mayores atrocidades de las que ha sido testigo la humanidad. Sirviéndose de varias cámaras digitales, al igual que ya hizo en algunas escenas de su anterior película, Under the Skin, Glazer retrata la cotidianidad de esta familia manteniendo una distancia con ellos que nos interpela como seres humanos, haciéndonos cómplices e invitándonos a hacer una reflexión sobre la violencia que habita en cada uno de nosotros.

A este respecto, conviene señalar un extraño paralelismo con la escena de la violación de Irreversible (Gaspar Noé, 2002), en la que asistíamos impotentes, los que éramos capaces de seguir mirando, a una situación insoportable. En la película que nos ocupa, el director carga más las tintas forzando el contraste entre los dos mundos y manteniendo su punto de vista en lo que acontece en la casa, relegando al fuera de cuadro todo lo que ocurre en el campo de concentración.

La historia se desarrolla con parsimonia, dilatando y estirando hasta la extenuación un sentimiento de repugnancia y fascinación hacia esos seres completamente ajenos al dolor que están infligiendo, más preocupados por su jardín y su vida soñada que por el exterminio sistemático que está teniendo lugar al otro lado del muro. El desarrollo llega a producir un aburrimiento que pronto se convierte en estremecimiento. Las únicas puntas de iceberg de Auschwitz se muestran a través del sonido de algún disparo -en lo que supone un magistral uso de los tiempos- o de las humeantes chimeneas que Höss contempla mientras disfruta de un buen puro al atardecer. Esta aproximación se asemeja más a la disección de un animal de otra especie, al que miramos con asco, al que el director pareciera no querer tocar ni con un palo. Pero, claro, ese animal somos nosotros. Y las cotas de negritud de nuestra alma bien podrían no tener techo.

El tono de las interpretaciones es de una precisión milimétrica, y se ajusta por completo a lo que acontece en la historia. Los actores se mimetizan con su entorno con unas caracterizaciones naturalistas, contenidas y sobrias. Cabe destacar la interpretación de Hüller, en un registro completamente diferente al de Anatomía de una caída -la otra película que conforma el triunfal año para la actriz- en el papel de estricta esposa que no quiere abandonar bajo ningún concepto el precioso hogar que han construido. Aterradora resulta también la calidez que desprende Friedel como rechoncho comandante nazi amante de la pesca. Genera rechazo pero uno no puede dejar de mirar, al igual que le ocurrió a Ángela, el personaje que interpretó Ana Torrent en Tesis (Alejandro Amenábar, 1996).

La puesta en escena se basa, como mencionábamos, en un rodaje multicámara (en ocasiones llegaron a emplearse hasta diez) en el que los actores a veces interpretaban dos escenas de forma simultánea mientras el director y el resto del equipo técnico permanecían ocultos en una habitación con varios monitores, observando y permitiendo a los actores habitar con naturalidad esta especie de Gran Hermano Nazi. Resulta llamativo el estatismo desde el que se plantea la película, que parece remarcar con ese tono aséptico un sentimiento de profunda extrañeza, haciendo escasas concesiones al movimiento en forma de travellings laterales en momentos puntuales de la película.

Tras una reconocida trayectoria en el mundo de la publicidad y el videoclip, Glazer ha logrado su obra más sobria. Película tras película ha ido dejando atrás su gusto por la estilización, mientras que su tendencia al minimalismo ha aumentado exponencialmente. Nunca antes en su filmografía la forma había sido tan necesaria para crear el fondo. Pero en La zona de interés ha logrado la hazaña a costa de desnudar hasta los exiguo el aparato técnico, llegando en ocasiones a aproximarse a la videoinstalación.

En resumen

La fotografía de Lukasz Zal (responsable de las maravillosas Ida y Cold War) subraya ese afán de Glazer por normalizar lo que no se puede normalizar, por estirar la cuerda del horror desde un naturalismo que no puede ser sino de otro planeta. En cuanto al apartado sonoro, conviene señalar que la partitura de Mica Levi fue eliminada casi por completo de la película una vez finalizado el montaje, con el objetivo de otorgarle mayor protagonismo al ambiente y así crear un espacio vacío para la llegada de un nuevo disparo lejano. Todo lo que queda es ese vacío donde la tensión crece y donde el odio flota.

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