Tres telediarios le quedan a Canal+ para que desaparezca en el limbo de las antenas parabólicas y le ceda su sitio a Cuatro, emisora que a partir del próximo lunes cambiará un paisaje televisivo que -dejando a un lado las alteraciones locales, regionales y digitales, de reducido alcance, generadas por canales minoritarios- ha mantenido sus dimensiones desde 1990
La codificación definitiva de la señal de Canal+ borrará el próximo lunes de los receptores analógicos a una cadena que en sus quince años de vida se ha mantenido al margen del mercado de las emisoras comerciales -no buscaba espectadores, sino clientes- y que agota su breve biografía en la pantalla con un pobre saldo de hallazgos y aportaciones al medio. Toros en primavera, futbol en domingo y cine, mucho cine. Mucho cine y, también, mucha soledad. Cinta aislante de largo metraje. Sin cortes.
La irrupción de Canal+ se produjo en un tiempo, quince años atrás, en que las películas eran el producto favorito de una audiencia que, sin embargo, no tardó en modificar sus preferencias para demandar y consumir series, magazines, concursos y disparatados transgénicos de ocio. Siempre habrá gente por ahí que ponga la tele para ver una película -con más motivo si es medianamente buena y se programa sin pausas publicitarias-, pero esos espectadores no forman parte del público natural de la televisión: al contrario, huyen de ella y se refugian en señales alternativas para no tener que soportar un lenguaje que consideran menor, puro ruido. De esa masa de exiliados del siglo, selectos refugiados, ha malvivido durante quince años Canal+, una pantalla muy pequeñita para ver cosas muy grandes: toros, futbolistas y estrellas de cine. Poco más. Casi nada más.
Situado en el extrarradio del mercado televisivo -a varios kilómetros de distancia de donde TVE, Telecinco y Antena 3 trapicheaban con formatos, presentadores, comedias y concursantes, retroalimentando la señal única del entretenimiento clónico-, Canal+ nunca se dejó contagiar de las fiebres pasajeras de la tele, pero tampoco fue capaz de exportar ninguno de sus hallazgos, demasiados caros (cine sin anuncios, toros de cine, partidos que parecían anuncios) para ser rentabilizados por el resto de cadenas. El resto de su programación, emitida en abierto, no pasó el umbral de las mediocridades de progreso. Quince años en blanco para una emisora ensombrecida por sus propios códigos de exclusión.