La cineasta valenciana Claudia Estrada Tarascó debuta en el largometraje de ficción con «Salen las lobas», una historia que nace de una experiencia familiar y que pone el foco en una realidad poco conocida: la de las adolescentes que ingresan en centros de justicia juvenil. Tras varios años de investigación y escritura, la directora lleva a la pantalla un relato que combina la denuncia social con la amistad, la música urbana y la búsqueda de una identidad propia.
La película sigue a Luna, una adolescente de quince años que, tras ser denunciada por su padre, ingresa en un centro de menores. Allí conoce a otras jóvenes con las que establece vínculos que transforman su manera de afrontar el encierro. Interpretada por Valeria Estrada, hermana de la directora, la protagonista encuentra en el rap y el trap una forma de expresar sus emociones y de imaginar un futuro diferente.
Presentada en las secciones Punto de Encuentro y Seminci Joven de la 71.ª Semana Internacional de Cine de Valladolid, donde ha recibido el Premio Seminci Joven y el Premio del Público de Punto de Encuentro, Salen las lobas llegará a los cines españoles el 11 de diciembre. Con motivo de su paso por el festival, Claudia Estrada reflexiona sobre el origen del proyecto, las dificultades de documentar esta realidad, el trabajo con sus protagonistas y las preguntas que espera despertar entre los espectadores.
Has presentado Salen las lobas en Punto de Encuentro y Seminci Joven. ¿Cómo has vivido la experiencia de mostrar la película al público de Valladolid, especialmente después de tantos años trabajando en ella?
La película está en dos secciones. Está en Punto de Encuentro y también en Seminci Joven. Se han hecho tres proyecciones dentro de Punto de Encuentro y luego Seminci Joven se enfoca en llevar las películas a los institutos y las escuelas. Está organizado por la parte educativa del festival, por lo que esas proyecciones no están abiertas al público.
La verdad es que he vuelto superf feliz. Estoy muy contenta porque llevo seis años con el proyecto, nadie había visto la película y una tiene dudas. Realmente no sabes cómo va a recibirla el público. El día del preestreno fue superbonito. Todos los comentarios han sido positivos. Ha habido gente que ha empatizado muchísimo con la historia, que ha llorado y que ha reído con ella. Por ese lado estoy muy feliz. Y luego, con los jóvenes, ha sido increíble. Hemos ido a las proyecciones y yo nunca había vivido algo así.
Los adolescentes estaban gritando durante la película. Por ejemplo, en la escena de Amparo, cuando se abrazan, todos los jóvenes reaccionaban en el cine. Luego, en la escena del padre, abucheaban. Y cuando Luna tira el kebab y hace ese gesto, toda la sala lo repetía. Ha sido una experiencia increíble.
La película aborda una realidad que no suele tener demasiada presencia en el cine: la de las adolescentes que ingresan en centros de justicia juvenil. Además, es una historia muy cercana a ti, inspirada en la experiencia de tu hermana. ¿Cómo surgió la necesidad de contarla y hubo algún momento en el que su dureza te hiciera dudar de seguir adelante?
Lo que pasó es que, a raíz de que mi hermana entrara en el centro, empezó a contarme todo a través de llamadas. En una de esas llamadas me pidió que hablara de su historia. Y yo también sentí esa necesidad, más que nada porque no conocía estos centros de reeducación, que al final son cárceles. No tenía ese imaginario en mi cabeza.
Siento que, si no le hubiese pasado a mi hermana, seguramente no habría escrito esta historia. A raíz de eso también vi que no había mucha información en la sociedad, que la gente sabe muy poco sobre estos centros y que a las chicas se las criminaliza mucho. Tienen muchísimo estigma social. Entonces fue una necesidad contar esta historia y poner el foco en ellas.
En la película se muestra cómo Luna entra en el centro sin que se profundice en las circunstancias que rodean la denuncia de su padre. ¿Cómo fue el proceso de documentación para reflejar el funcionamiento de estos centros y del sistema judicial?
Fueron cuatro años de investigación. Durante esos cuatro años fui a centros de justicia juvenil y hablé con otras chicas, también con compañeras de mi hermana.
Hablé con muchas educadoras que también se sienten en contradicción con el sistema, porque todo el sistema motivacional que existe dentro de los centros las limita mucho. Ellas también me ayudaron, leyeron el guion y me asesoraron. Además, fui a juicios y hablé con abogadas y jueces. Ha sido una investigación de cuatro años.
Aunque la película refleja situaciones muy duras, también hay espacio para la esperanza, la amistad y la posibilidad de construir un futuro diferente. ¿Cómo trabajaste el guion para encontrar ese equilibrio y evitar que la historia se centrase únicamente en el sufrimiento de las protagonistas?
Toda la película está construida a partir del arco de Luna. Es un personaje que no conoce el amor, que viene de una familia donde existe la violencia y ella no sabe lo que es sentirse querida. Entonces me interesaba, a través de ese arco de Luna, unir también toda su evolución con las chicas. Y luego está el tema de la esperanza y de la música.
Al final son espacios muy duros, pero me interesaba mostrar cómo, a través de la amistad y de la música, ellas consiguen evadirse de esa dureza que existe. Por ejemplo, mi hermana, cuando me llamaba, me preguntaba por canciones para descargárselas en el MP3 porque querían hacer un festival de música dentro del centro.
Ellas buscan sus propios recursos para evadirse. Al final están atravesando procesos judiciales, reciben visitas que a veces salen mal, viven situaciones en las que las están juzgando constantemente y también padecen una doble discriminación. Por eso me interesaba mostrar cómo, incluso dentro de esos espacios, encuentran maneras de apoyarse y de seguir adelante.
La música urbana, especialmente el rap y el trap, tiene un papel fundamental en la película. Las protagonistas la utilizan para expresar emociones y contar experiencias que muchas veces no saben transmitir con palabras. ¿Qué referentes musicales tuviste durante la escritura y cómo decidiste integrar la música dentro de la narración?
Durante el proceso de escritura del guion siempre estaba buscando artistas que estuvieran empezando en la escena musical. Me interesaban mucho el trap y el rap porque tienen esa filosofía de hacerlo tú mismo. Se pueden hacer en estos espacios. De hecho, hay artistas que han hecho canciones dentro de centros penitenciarios.
Al final son letras muy reales, que conectan con las realidades sociales que vive la gente y que viven estas chicas. Por eso tenía clarísimo que quería que la película tuviera música urbana y que las protagonistas cantasen música urbana.
Durante el proceso descubrí a Huda. Yo la escuchaba mucho y, mientras escribía, sus letras también me inspiraban. Me apetecía que la música entrara en la película de una manera narrativa importante, que las letras funcionasen como un diálogo propio de las chicas. Como decías, son adolescentes que quizá no van a expresar sus vulnerabilidades o lo que piensan de una manera tan directa.
Pero a través de las letras sí pueden hacerlo. Es algo muy real, una manera de mostrar su vulnerabilidad. Me parecía una forma muy bonita de expresarse y también de denunciar lo que viven.
Hay un aspecto que llama especialmente la atención: la dificultad de las familias para intervenir una vez que las menores ingresan en estos centros. En el caso de Luna, su madre parece tener muy poco margen de actuación, incluso conociendo la situación familiar. ¿Cómo abordaste esta realidad desde tu propia experiencia y la investigación judicial?
Cuando una menor entra institucionalizada es muy difícil. Esto ya me toca más a mí a nivel personal y familiar, porque lo he vivido. Realmente puedes hacer muy poco. Por eso la madre es como que le dice: «Aguanta, aguanta». Porque a la propia madre tampoco la ha ayudado el sistema. Cuando ella dice que el padre era maltratador, nadie la ha creído.
Es una madre que ya ha visto que no la han apoyado y que no tiene herramientas ni recursos para poder hacer mucho más. Por eso su reacción es decirle que aguante.
El reparto está formado por intérpretes jóvenes, muchas de ellas sin experiencia previa en ficción, y tu propia hermana interpreta a Luna. ¿Cómo fue trabajar con ellas y, especialmente, cómo conseguiste separar la experiencia personal de Valeria de las exigencias de su personaje?
Para todas era la primera vez y también era la primera vez para mí en un proyecto de ficción. Yo había hecho cortometrajes, pero todos eran documentales, con mi cámara y con ayuda de amigas. Entonces ha sido un reto supergrande. También creo que el hecho de tener una edad muy parecida ayudó. Yo tengo 28 años, Huda tiene 28 y Nessa tiene 27. Aunque parezcan más pequeñas, tienen mi edad.
Mi hermana tiene 20 años, pero hicimos la película cuando ella tenía 18. El trabajo consistió en confiar en ellas al cien por cien y hacer un buen casting. Al final las elegimos porque se acercaban muchísimo a los personajes. Ya en el casting vi cosas que sentía que conectaban con lo que necesitaba de cada una.
Luego trabajamos a través de improvisaciones. Hicimos unas colonias de convivencia las cinco y realmente conectamos muchísimo. Ellas también conectaron con lo que se tenía que contar en la película. Después estaba la forma de trabajar con Valeria, que era algo que me preocupaba porque tenía miedo de que esta experiencia pudiera afectarle. Tuve muchas dudas a la hora de dar ese paso.
Pero al final trabajamos el personaje de Luna a través de la imaginación. No recurrimos a revivir traumas ni a remover cosas por dentro, porque para mí también habría sido insostenible durante el rodaje. Hay representaciones que se acercan mucho a lo que pasó. Yo soy su hermana y es doloroso.
Entonces el trabajo consistía más en comprender por lo que está pasando Luna. Valeria lo ha vivido, pero intentamos que entendiera al personaje sin tener que remover lo que había vivido personalmente.
La película consigue mostrar la dureza de estos centros también a través de pequeños detalles, como las restricciones sobre los objetos personales o la imposibilidad de decorar una habitación. ¿Qué reflexión te gustaría que despertara entre los espectadores, tanto jóvenes como adultos, cuando llegue a los cines?
Me gustaría que la película abriera preguntas, sobre todo. Que la gente se pregunte si este sistema funciona. Me gustaría que removiera algo por dentro. Estos días, durante las proyecciones, se me ha acercado mucha gente preguntándome: «¿Pero esto ocurre en la realidad? ¿Esto es de verdad?».
Mucha gente no sabe lo que ocurre en estos espacios. Entonces, al ver esas reacciones, ya estoy contenta de haber hecho la película. La primera pregunta que te sale es cómo puede ser que esto esté pasando. Es que estas noticias no salen. Solo aparecen cuando hay noticias morbosas, pero no se cuenta la realidad.
Y sobre lo que decías de quitar los dibujos, por ejemplo, mi hermana solo podía tener un MP3, un altavoz y una televisión si llegaba a cierto nivel. Pero a lo mejor, por cualquier tontería, ya les quitaban todo. Y para unas niñas de entre catorce y dieciocho años que solo tienen un MP3, un altavoz y no tienen nada más, eso es algo muy doloroso para ellas.

