«Madam Secretary» era una serie estrenada en 2014 y protagonizada por Téa Leoni, que a lo largo de 6 aburridas temporadas contaba las andanzas de una agente de la CIA a la que, por cosas del destino, acababan nombrando Secretaria de Estado. La serie pretendía ofrecer una visión idealista de la diplomacia, partiendo de una simplificación de los conflictos internacionales hasta convertirlos en problemas que la inteligencia, el diálogo y la buena voluntad podían resolver; al mismo tiempo que la protagonista resolvía todos éstos conflictos, lidiaba con un melodrama familiar que, más o menos, resolvía también con esos mismos argumentos.
Hacia algo así, más o menos, es hacia lo que camina la gran apuesta de Octubre de Netflix, heredera en cuanto a presupuesto y espectacularidad de The Queen y uno de sus mayores éxitos, La Diplomática, serie creada por Debora Cahn y protagonizada por Keri Russell y Rufus Sewell.
La primera temporada de la serie contaba una historia bastante original sobre una embajadora estadounidense destinada en Reino Unido que, como antigua agente de la CIA, no sigue precisamente las formas convencionales de la diplomacia; con el paso de las temporadas ha ido abandonando progresivamente esa diplomacia para convertirse en algo bastante más parecido a un thriller político de altos vuelos al estilo de Homeland, aunque a su pesar acaba pareciéndose más a esa nadería de política ficción protagonizada por Téa Leoni y llamada Madam Secretary.
Quizá parte de esa evolución esté ya en el propio origen de la serie. Cahn trabajó en la extraordinaria El ala oeste de la Casa Blanca, y también fue guionista y productora ejecutiva de Homeland durante sus dos últimas temporadas. En esta última conoció además a personal relacionado con las embajadas estadounidenses en diversos lugares del mundo, cuya experiencia le sirvió para descubrir una actividad que tenía mucho de thriller sin parecerlo a ojos del gran público.

Cuando Cahn le presentó el proyecto a Keri Russell, era tan atractivo que la actriz rompió la promesa que le había hecho a su marido, el también actor Matthew Rhys, de no trabajar los dos al mismo tiempo para poder cuidar de sus tres hijos pequeños. Rusell, que se dio a conocer en Felicity y que encontró en The Americans uno de los grandes papeles de su carrera (y también a su marido), llevaba tiempo demostrando que era una actriz especialmente dotada para interpretar personajes capaces de moverse entre la apariencia y la realidad, algo que encajaba como un guante en la manera de actuar de una embajadora norteamericana recién nombrada y con un pasado en la CIA. El resultado fue una primera temporada estupenda.
Se la ha comparado mucho con la citada El Ala Oeste especialmente por esa mirada a la trastienda de la política, al personal que hace posible la agenda de un presidente, con sus viajes, sus cenas, sus fiestas y sus reuniones.
Ese parecido también está en el modo de representar todo ello. Se habla constantemente de asuntos de enorme importancia política o estratégica, pero en un tono distendido; las escenas suelen producirse entre unos pocos personajes que pasan buena parte del tiempo en los mismos edificios, conversando y tratando de resolver los problemas del día a día, siempre yendo de un lugar a otro, de una habitación a otra, mientras mantienen el ritmo de la conversación seguidos por una cámara que no descansa en sus planos secuencia para darle el dinamismo que el diálogo necesita.
El caso es que en esa primera temporada había algo de todo esto, pero El Ala Oeste era un producto mucho más modesto en cuanto a localizaciones y presupuesto; mucho más de guion que de grandes escenarios, más de chascarrillos y comedia en los diálogos que de grandes puestas en escena, trajes, pompa y ceremonia. La mano del genial Aaron Sorkin estaba por todos lados.
La Diplomática, en contraste con El Ala Oeste, tiene el suficiente presupuesto para enseñar ese mundo (funeral en la Catedral de Saint Paul, recepción en el castillo de Windsor) y durante su primera temporada supo aprovecharlo sin que el despliegue terminara comiéndose a los personajes.
Lamentablemente ese equilibrio se rompía en la segunda. En ella, es como si Homeland se apoderara de repente del espíritu de la serie y nuestra embajadora se convirtiera en una especie de 007, acompañada además por el pesado de su marido.

Hal Wyler, interpretado por un estupendo Rufus Sewell, ya había amagado con protagonizar la serie en muchas ocasiones durante la primera temporada. Y funcionaba. Su relación con Kate en permanente estado de crisis matrimonial era uno de los mejores elementos de la historia: él, antiguo embajador, haciendo diplomacia por su cuenta mientras ella intentaba controlar una situación en la que su marido tenía casi tanta capacidad como ella para moverse entre bastidores, ayudado por su particularmente cínico punto de vista, el de alguien de vuelta de todo en ese mundillo.
El problema a partir de la segunda temporada es que las tramas paralelas de Hal empiezan a fundirse cada vez más con las de su mujer hasta dejarte la sensación de que se ha convertido en el típico personaje “navaja suiza”, el que sirve para todo.
Que hay una reunión a la que la embajadora no puede ir, ya va Hal.
Que hay que decirle a alguien algo comprometedor, que lo haga Hal.
Que hay que buscar un donante para la fiesta del 4 de julio, Hal se encarga.
El personaje acaba teniendo una respuesta para cualquier problema que se presenta y aquello que en la primera temporada funcionaba como una estupenda prolongación del conflicto conyugal empieza a parecer una manera bastante cómoda de solucionar los problemas de guion.
La tercera temporada, aquella en la que todo se oficializa y en la que menos aparece la embajada, es la más floja con diferencia. Todo parece derivado de los conflictos de la segunda y se produce un progresivo empobrecimiento argumental que se intenta compensar dando entrada a un personaje nuevo (Aidan Queen) que pinta poco, la verdad, y también añadiendo cada vez más protagonismo a Allison Janney y Bradley Whitford, ambos ex Ala Oeste también, convertidos prácticamente en una segunda pareja protagonista.
Los viajes a Estados Unidos se multiplican y, con ellos, la diplomática es cada vez menos diplomática. La embajada pierde presencia, los problemas se hacen cada vez mayores y las reuniones en despachos empiezan a sustituirse por aviones, cumbres, nombramientos y encuentros bilaterales. Y todo ello, arrastrando el único conflicto de la serie, el que se describía en la primera escena del primer episodio de la primera temporada: el ataque a un buque del Reino Unido. Todo parte de ahí y no se habla de otra cosa habiendo tantas cosas de las que hablar. Y aquí es donde la evolución de La Diplomática resulta más evidente.
Esta cuarta temporada confirma el alejamiento del sentido del humor, de los equívocos e incluso de la tensión sexual entre embajadores que funcionaba tan bien al inicio de la serie, y ya solo nos quedan golpes de efecto, odios irreconciliables y un amago de paranoia permanente que te provoca desapego con una serie que empezó tan bien. El conflicto del ataque al Reino Unido ha sido sustituído por otro conflicto (un submarino nuclear ruso) que intenta continuar en la misma estela de la temporada anterior, y la progresiva importancia de cada cosa que le pasa al matrimonio Wyler termina de desequilibrar aquella primera idea tan original del inicio de la serie: que ésto de la diplomacia en realidad no es tan aburrido.

