«Mayor of Kingstown», la serie de Taylor Sheridan y Hugh Dillon, ha llegado a Netflix USA este 5 de Octubre. Los abonados a la plataforma norteamericana comenzarán a disfrutar de esta serie protagonizada por Jeremy Renner, lo cual, como en otras ocasiones en las que Netflix estrena una serie prestigiosa de otra plataforma, contribuirá a que mucha gente descubra uno de los mejores productos audiovisuales de los últimos años a través de sus estupendas cuatro temporadas.
En España solamente puede verse esta serie a través de SkyShowtime, plataforma que ofrece en nuestro país buena parte del catálogo de Paramount+ en exclusiva, así que es un buen momento para acercarse a una de las series que mejor representan ese universo particular que Taylor Sheridan ha ido construyendo durante los últimos años.
Sheridan es, sin ninguna duda, todo un personaje. Guionista, actor, jinete y creador de tal número de series que resulta difícil de explicar sin que parezca que estamos hablando de una productora entera en lugar de una sola persona. Por aquí ya hemos hablado de alguna de ellas, como Yellowstone o Lioness, pero el universo Sheridan es tan amplio que da para muchas más y, aunque cambien los personajes, los escenarios y hasta el tipo de historia que quiere contar, hay una serie de elementos que aparecen una y otra vez.
Todo empieza casi siempre por fuertes lazos familiares dentro de familias amplias, con muchos hermanos, vinculadas sentimental y profesionalmente a un territorio, a una ciudad o a un lugar concreto. Los pozos de petróleo en Landman, el rancho de Montana en Yellowstone o, en este caso, la propia ciudad de Kingstown, donde las cárceles son prácticamente la única industria que existe y donde resulta imposible separar a quienes están dentro de ellas de quienes viven fuera.
La violencia juega también un papel determinante en los productos de Sheridan, aunque no necesariamente porque sea la profesión de sus protagonistas. En Mayor of Kingstown estamos hablando de gente que trata con presos, traficantes, policías, funcionarios de prisiones, mafias y agentes de los cuerpos especiales, pero que en realidad no son delincuentes. Realizan una función que, hasta que ves la serie, probablemente ni siquiera sabías que existía, otra de las características de las series de Sheridan: descubrirte un mundo que desconocías y conseguir que, una vez dentro, te enganche. Y alrededor de ese universo propio van creciendo los conflictos entre los personajes de tal manera que, como desconoces por completo las reglas del lugar que te están descubriendo, cada giro de la historia consigue dejarte descolocado.
Es un creador irregular, este Sheridan, pero Mayor of Kingstown, después de Yellowstone, es probablemente su serie más conseguida; la secuencia del motín de la primera temporada no tiene nada que envidiar a cualquier motín cinematográfico que hayamos visto, todo un ejemplo de tempo, intensidad, acciones y reacciones en una perfecta coordinación lógica, y un absoluto caos como consecuencia. Te deja anonadado y sirve de trampolín para que la serie se te instale en tu retina sentimental para siempre.
La calidad de esta serie tiene bastante que ver también con el absoluto protagonismo de Jeremy Renner, que además está brillante a lo largo de todas las temporadas hasta que van ganando fuerza los potentes secundarios que cualquier serie de Sheridan necesita. Desde una salomónica Diane West, en el papel de la madre del clan McLusky, hasta sus hermanos, sus compañeros policías o un villano interpretado por Aidan Gillen (el meñique de Juego de Tronos). Y luego está Bunny (Tobi Bamtefa), el hermano más hermano que sus hermanos de sangre, que resulta ser tan fundamental en esta serie que no se podría entender sin ese personaje.
La fuerza del primer episodio de Mayor of Kingstown, al igual que la del icónico primer episodio de Yellowstone, está en no convertirlo en una película en sí misma, un error bastante habitual en algunas series que utilizan el primer capítulo para contar una historia completa y dejan a los pies de los caballos el resto de la temporada. Sheridan hace aquí justamente lo contrario: deja el suficiente trauma, mide muy bien la información que proporciona y consigue que, cuando termina el episodio, tengas más preguntas que respuestas y, sobre todo, más ganas de que empiece el segundo. La trama es compleja y está llena de recovecos morales, sin que puedas agarrarte realmente a ningún personaje porque en ocasiones estás jaleando a delincuentes y en otras criticando a policías o a los SWAT. Todo es ambiguo, intenso y moralmente reprochable, y precisamente por eso resulta tan difícil decidir de qué lado estás.
Las víctimas no aparecen demasiado por aquí, ni se las espera. Se personifican en el personaje de Iris (Emma Laird), quién tiene una relación demasiado ambivalente con McLusky como para que se complete del todo, y una vez que analizas toda la serie, te das cuenta de que en realidad Iris sirve de detonante para determinadas situaciones, sin desarrollarse ella misma de forma autónoma.

Todo es demasiado despiadado y el personaje de Renner, un Mike McLusky absolutamente desbordado siempre por los acontecimientos, que pasa buena parte de la serie recorriendo Kingstown en su coche mientras intenta solucionar problemas que, en realidad, no tienen solución. Ni siquiera tiene tiempo para ser seducido, para tomarse un minuto de tregua o para dejar de hacer su trabajo porque, si Mike para, si deja de hacer de intermediario entre unos y otros, la guerra de bandas que ya se libra dentro de la cárcel acabará librándose también fuera.
Y ahí está uno de los grandes hallazgos de la serie: el ecosistema de Kingstown.
Imagina un lugar como éste, poblado por cárceles, de tal forma que cualquier persona que viviera fuera de ellas tuviera algún tipo de vínculo, presente o pasado, con quienes están dentro, ya sean presos, funcionarios, alcaides, policías, fiscales o incluso profesores que enseñan a leer a los reclusos. Eso crearía, como sucede en la serie, una red de dependencias absolutas entre los delincuentes, las bandas, el aparato policial y el resto de habitantes de este lugar, hasta el punto de que prácticamente se puede decir que Kingstown está gobernada desde dentro de sus cárceles.
McLusky hace de puente, de nexo entre ambos mundos, y resulta tan confusa esa relación que durante los primeros episodios de Mayor of Kingstown llegas a no entender demasiado bien qué está pasando. Sí, ves a Mike de un lado para otro con su coche, pero no te queda muy claro qué hace exactamente, con quién habla, de qué habla y, sobre todo, por qué lo hace. Y lo más inquietante es que da igual con quién esté hablando, con un fiscal, con la madre de un preso, con un inspector de policía o con un jefe mafioso, porque el tono que utiliza con todos ellos es prácticamente el mismo: el de alguien que maneja el cotarro y, al mismo tiempo, el de alguien que solamente está intentando sobrevivir.
Porque Mike no es realmente el alcalde de Kingstown, pero ejerce como tal. No tiene un cargo oficial que explique su poder, pero todo el mundo sabe que tiene que hablar con él. No pertenece a la policía, pero habla con ellos. No pertenece a las mafias, pero negocia con ellas. No está en la cárcel, pero puede entrar en ella y conseguir que alguien que está dentro haga algo. Es el hombre que conecta lo que pasa dentro con lo que pasa fuera. Una vez más. Y cuanto más avanzan las temporadas, más complicado resulta mantener ese equilibrio.
Cuando todo lo que pasa dentro termina teniendo consecuencias fuera, llega un momento en el que ya no sabes muy bien dónde está la cárcel.
Bienvenidos a Kingstown.
