Digger Rockwell (Tom Cruise) es el hombre más poderoso del planeta. Un planeta que se emperra en destruir con su multinacional del petróleo por un poco más dinero; un poco más de poder. Sus actos inmorales tienen consecuencias por primera vez cuando se convierte en el causante de una posible catástrofe global.
Este es el punto de partida de Digger, la nueva película de Alejandro G. Iñárritu. El film es en apariencia una sátira política sobre el poder, el capitalismo y, en definitiva, el estado del mundo en que vivimos. Sin embargo, el cineasta mexicano no puede evitar recurrir a su habitual grandilocuencia y termina complejizando la película tanto a nivel narrativo como estético.
Iñárritu ignora cualquier sutileza al construir una película que termina por tener un acabado grotesco, con una estética que remite a cineastas como Terry Gilliam, abrazando la impostura de la puesta en escena y saturando cada plano de colores vibrantes y maquillaje prostético. La sátira política estructura una de las ramas políticas de la película, estableciendo una especie de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú en tiempos de Trump. Iñárritu, sin embargo, se adentra en la metanarrativa reforzando la artificialidad del relato, recordando al cine de Charlie Kauffman.
Tom Cruise está entregadísimo en el rol protagonista y se adueña por completo del film. A diferencia de sus últimos trabajos, Digger no le exige pilotar aeroplanos y saltar por azoteas, pero sostiene una intensidad exagerada durante todo el metraje. Él es la película; Tom Cruise es literalmente Digger. La película es muy consciente del magnetismo protagónico de Cruise y lo rodea de una serie de especialistas en el arte de la interpretación secundaria; John Goodman, Riz Ahmed y Michael Stuhlbarg acompañan al protagonista, entendiendo el tono, manteniendo el nivel de intensidad, pero nunca haciendo sombra a Cruise.

El cineasta mexicano abandona por completo el cine trágico con el que irrumpió, junto a los guiones de Guillermo Arriaga, y permanece en un cine más conceptual y más centrado en personajes complejos, antipáticos y egomaníacos. En este sentido estaría más en la línea de Bardo. Falsa crónica de unas cuantas verdades o de Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia). El gran riesgo -y realmente el acierto- de Iñárritu es construir una película que no pretende agradar. Es un visionado que puede resultar repulsivo y distante por la inmoralidad de todos sus personajes, en los que nunca se logra encontrar un ancla empática.
Digger se ampara en el colapso de una sociedad global personificada en el gobierno de Donald Trump, no solo para construir una caricatura política, sino para deconstruir la narrativa clásica y elaborar una pantomima teatral, grotesca y de difícil digestión. Parece que, inevitablemente, va a ser un fracaso en taquilla a pesar de contar con el rostro de Tom Cruise -o lo que queda de él detrás del maquillaje-, dejando claro la voluntad del cineasta de alejarse de estructuras comerciales.


