Convertido en uno de los nombres propios del cortometraje español tras el recorrido de «Montecarlo 67», Rubén Guindo Nova pasó por la 35ª edición del Festival de Cine de Madrid-PNR como invitado. El director y productor repasa el reconocimiento conseguido por su último trabajo, reivindica la importancia de los festivales en la vida de un cortometraje y pone el foco en la perseverancia necesaria para abrirse camino dentro de la industria.
Ha pasado ya un tiempo desde que arrasaste con Montecarlo 67 en los Premios Fugaz. ¿Has conseguido asimilar el reconocimiento y estás ya algo más tranquilo?
Sí, más tranquilo. Asimilar algo así creo que cuesta mucho tiempo. Siempre lo he dicho en muchas entrevistas: para mí fue un auténtico sueño que jamás pensé que se iba a realizar. Ser el corto más premiado de la historia de unos premios tan importantes como son los Fugaz, que valoran el cortometraje en todos sus departamentos, fue algo increíble.
Y no solo, evidentemente, por mí, sino sobre todo porque se valorara el trabajo de todos los departamentos que hubo en Montecarlo 67. Fue un trabajo que costó mucho llevar a cabo por investigación, vestuario, arte, el equipo de fotografía… Que se valorara el trabajo de todo el equipo fue una alegría tremenda, indescriptible.
Hablando precisamente de cortometrajes, el Festival de Cine de Madrid alcanza este año su 35ª edición y es además calificador para los Goya. Como cineasta y también como socio de la PNR, ¿qué significa para ti este Festival?
Perseverancia. Llevar un festival como este durante 35 años en activo, que se cumplen este año, me parece una proeza increíble. Personalmente, es uno de los festivales a los que más cariño tengo como socio de la PNR y, además, le han dado mucho cariño a todos los proyectos que he hecho. Creo que este es el quinto año consecutivo que estamos viniendo al Festival y en varios de esos años hemos sido premiados, así que el cariño que le tengo es enorme. Desde aquí quiero aprovechar para mandar un abrazo gigante a toda la gente de la organización que lleva todos los años esto.
En una industria muy pendiente de las grandes producciones y de las cifras de taquilla, ¿festivales como el de Madrid funcionan como una especie de oasis para acercarnos a la realidad del cine que se hace fuera de esos grandes focos?
Creo que lo que hace es bajar el cine real a tierra, valorar muchísimo más el cine independiente y valorar muchísimo más el formato del cortometraje, aunque también el largometraje. Permite ver lo que es la realidad del mundo alejado de alfombras rojas, números de taquilla y demás, porque lo que vivimos gran parte del sector es lo que ocurre en festivales como este y no lo que ocurre en la taquilla. Así que, evidentemente, el trabajo que se hace aquí para nosotros es el más importante y por el que tenemos que luchar.

Muchas veces el público ve únicamente el final del camino, cuando una película llega a los Goya, los Forqué o los Fugaz, pero detrás existe todo un recorrido previo por festivales. Montecarlo 67 es un buen ejemplo de ello. ¿Hasta qué punto son fundamentales también los festivales pequeños y medianos para construir ese recorrido?
Evidentemente. Nosotros, por ejemplo, este año estamos haciendo una carrera increíble con Montecarlo 67 por festivales más pequeños o festivales medianos, pero son los que están haciendo que crezca tantísimo la imagen exterior de Montecarlo 67. Para nosotros es importante estar en los festivales grandes, pero también haber estado en los pequeños o medianos. Nosotros siempre decimos que para nosotros no hay festival pequeño. Que en un pueblo de 500 personas tengan su propio festival de cortometrajes, que sea el evento cultural del año, y poder estar allí presente presentando el corto es una de las experiencias más bonitas que nos llevamos.
Que nadie entienda que se puede llegar, por ejemplo, a unos Goya o a unos Forqué sin haber hecho un trabajo previo de estar en todos. Sin haber hecho la mili, como dirían los abuelos.
Llevas ya años trabajando en dirección y producción. En esta edición se han presentado cerca de 600 obras y finalmente solo una parte ha conseguido entrar en la programación. Desde tu propia experiencia, ¿qué mensaje darías tanto a quienes han sido seleccionados como a aquellos que se han quedado fuera?
Para los que han sido seleccionados, estar seleccionado ya es un auténtico premio, precisamente por lo que tú comentas. Al final, el embudo es muy pequeño y la criba es muy grande. Para nosotros, por ejemplo, cada selección es un premio en sí misma, porque es así, y más en un festival tan importante como este. Y para los que no han sido seleccionados, para los que no han tenido la suerte, que no crean que por eso su proyecto vale menos. Que no desesperen por el camino, porque al final hay que perseverar mucho y todo llega.
Nosotros, incluso este año con Montecarlo 67, que se tiene la percepción de que está arrasando, con muchos premios, hay muchísimos festivales que ni siquiera nos han seleccionado y no pasa nada. En unos festivales seleccionan unos, en otros seleccionan otros; en unos se premia una cosa y en otros se premia otra. Sobre todo, no hay que desesperarse por el camino.
Para terminar, después del recorrido que está teniendo Montecarlo 67, queda una pregunta inevitable: ¿habrá largometraje?
De Montecarlo 67 no. Lo que estamos haciendo es luchar para intentar levantar el largometraje del cortometraje anterior que hicimos, que se llama 893 kilómetros.

