Es una de las preguntas que más se repiten entre quienes se plantean usar una VPN de forma habitual. La respuesta corta es que puede pasar, pero no es la norma. Todo depende de una serie de factores técnicos.
Una VPN cifra el tráfico de datos y lo envía a través de un servidor intermedio antes de que llegue a su destino final. Ese paso adicional añade un tramo más al recorrido de los datos, lo cual, en teoría, puede traducirse en una pequeña pérdida de velocidad.
Con las VPN de hace una década esa pérdida era perceptible con facilidad: los protocolos de cifrado consumían más recursos del dispositivo y los servidores no estaban preparados para gestionar grandes volúmenes de tráfico de vídeo. La tecnología ha cambiado desde entonces, y eso afecta directamente a lo que se puede esperar hoy.
Los factores que influyen en la velocidad
Antes de atribuirle la lentitud a la VPN, vale la pena mirar qué hay detrás del resultado final: la distancia entre tu ubicación y el servidor VPN al que te conectas, el protocolo de cifrado que usa el servicio (WireGuard, OpenVPN o IKEv2, entre otros), cuántos usuarios están conectados a ese mismo servidor en ese momento, y el ancho de banda de tu propia línea, que sigue marcando el límite superior independientemente de lo bien que funcione la VPN.
Cuanto más lejos esté el servidor, más tiempo tardan los datos en ir y volver. Si ese servidor está saturado, la velocidad disponible por usuario baja, y eso no tiene relación directa con el cifrado en sí mismo.
Las VPN gratuitas suelen limitar el ancho de banda o repartir a demasiados usuarios entre pocos servidores, lo que provoca cortes y tiempos de carga más largos en el vídeo. Los protocolos antiguos, como OpenVPN configurado sobre TCP, añaden más sobrecarga que las alternativas más recientes. Un dispositivo con poca capacidad de procesamiento también puede notar el impacto, porque el propio cifrado consume recursos que de otra forma se destinarían a reproducir el vídeo sin interrupciones.
Cuándo una VPN puede mejorar la velocidad
Aquí está la parte que sorprende a bastante gente: algunos proveedores de internet limitan el ancho de banda cuando detectan tráfico de streaming, sobre todo en las franjas de mayor uso. Esta práctica se conoce como throttling. Al cifrar el tráfico, la VPN impide que el proveedor identifique qué tipo de datos se están enviando, así que ese límite deja de aplicarse.
También puede ayudar cuando la ruta habitual hacia los servidores de la plataforma pasa por una red congestionada: al usar un servidor VPN con una ruta distinta, a veces se evita ese punto de congestión.
Entre notar la VPN y no notarla en absoluto suele haber una variable común: el proveedor elegido. Una red de servidores amplia y bien repartida geográficamente, junto con soporte para protocolos modernos como WireGuard, son los elementos que determinan el resultado real, siempre que no haya límites artificiales de ancho de banda de por medio. CyberGhost permite probar el servicio antes de pagar, algo útil precisamente para esto: comprobar con las plataformas y la conexión propias si hay alguna pérdida de velocidad perceptible antes de comprometerse con una suscripción.
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