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«El vestido», mejor, que siga guardado

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Miguel Arroyo Monge
Miguel Arroyo Monge
Realizador y productor audiovisual, creativo en constante exploración
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«El vestido» (2026) supone la segunda incursión en el largometraje de Jacob Santana, que afronta aquí el reto de dirigir a una actriz tan asociada al terror español como Belén Rueda. El guion, firmado por Frank Ariza, se adentra en un territorio sobradamente conocido: el de las casas marcadas por presencias inquietantes, los sucesos paranormales y la sospecha constante de que el verdadero conflicto no es lo que ocurre en el exterior, sino lo que se gesta en la mente de la protagonista.

La película sigue el hilo de las innumerables historias de terror doméstico que han explorado la fragilidad psicológica como detonante del horror. En este sentido, El vestido dialoga de manera evidente con títulos comoLos otros (2001), Babadook (2014), Malasaña 32 (2020) o incluso una versión españolizada de Lights Out (2016). El problema no es la referencia, es la ausencia de una mirada propia que justifique volver a ese imaginario una vez más. Para el espectador, la sensación de déjà vu se instala pronto y convierte la experiencia en algo fácilmente predecible.

La trama arranca con cierta promesa. La premisa, de hecho, es lo único que llega a generar inquietud real. A partir de ahí, el relato entra en un declive progresivo y acelerado: los conflictos se repiten, las situaciones se anticipan con demasiada facilidad y la historia deja de sostenerse por sí misma. El terror nunca termina de cuajar; se anuncia, se insinúa y se diluye sin consecuencias.

El guion es uno de los puntos más débiles del conjunto. Los diálogos tienen poca profundidad, y poco aportan a unos personajes construidos de manera superficial y sin trasfondo. La subtrama del acoso escolar, tratada desde el lugar común, acaba convirtiéndose en un recurso dramático automático que señala directamente a la figura materna como origen de todos los males, sin matices ni desarrollo psicológico convincente.

Belén Rueda en «El Vestido»

En cuanto a las interpretaciones, Belén Rueda cumple con profesionalidad, aunque ni su experiencia ni su presencia consiguen elevar unos personajes que el texto no acompaña. El resto del reparto se mueve en registros poco creíbles, más cercanos al arquetipo que a la persona, sin que ello invalide el esfuerzo colectivo detrás de un proyecto claramente ambicioso.
En el apartado técnico, el sonido destaca por encima del resto. El diseño sonoro intenta construir atmósfera y tensión, aunque recurre con frecuencia al susto fácil y al golpe auditivo como único mecanismo de inquietud. Ni siquiera ese recurso logra mantenerse en el tiempo. La puesta en escena acompaña sin destacar y la película carece de una identidad visual que deje huella.

El último tramo confirma las carencias del conjunto. Las decisiones narrativas parecen buscar caminos ya explorados por cineastas como Jaume Balagueró o Paco Plaza, aunque sin la personalidad ni la contundencia que caracterizan a esos referentes.

En conclusión

El vestido parte de una idea sugerente, cuenta con una actriz capaz de sostener el peso dramático y dispone de un entorno técnico correcto. Todo ello se diluye en una narración que no termina de encontrar su voz, personajes sin densidad y un terror que apenas logra inquietar. Como dice el propio personaje de Belén Rueda: «No es culpa ni tuya ni mía», que esta película haya salido del armario. El vestido, mejor, que siga guardado.

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