El inicio de la película española más taquillera sin ser una comedia de los últimos años, es una sucesión de sonidos de atentados terroristas sobre negro, un impactante recordatorio de las imágenes violentas que la mayoría de los españoles tienen en la memoria sobre esa terrible época en la que casi cada día nos sorprendíamos con algún sanguinario atentado terrorista.
Sobre esa imagen en negro, los sonidos de los flashes informativos describiendo el terror vivido en la casa cuartel de Zaragoza, en la Plaza de la República Dominicana de Madrid o en el Hipercor de Barcelona, nos ocultan deliberadamente la terrible violencia que nos llegaba a través de la pequeña pantalla.
Sin embargo, la película La Infiltrada, disponible en Movistar Plus+, no se adentra por ese camino, el de mostrar la violencia en toda su dimensión. No. Esta película elige una vía mucho más inteligente, jugando su directora y guionista Arantxa Echevarría al igual que hacía en su estupendo debut Carmen y Lola, con las intenciones y las miradas, con lo que no se muestra en cámara, lo que pasa por la cabeza de los personajes más que con mostrar explícitamente esa violencia. Cuando comienzas a adentrarte en esta historia tal y como se nos cuenta, puedes llegar a pensar que lo que se mostraba al inicio podrían incluso llegar a ser los pensamientos de la protagonista.
Lo que sigue a continuación es una aproximación sincera y hasta cierto punto, descontextualizada de la labor de una agente de policía infiltrada en el mundo de ETA. Porque esta película es un viaje interior, es una reflexión personal sobre la moral y el deber, y la manera elegida para este acercamiento al conflicto vasco podría suceder en otro momento y sobre otra temática, al igual que en su primera película la temática elegida era sobre las prohibidas relaciones homosexuales en la comunidad gitana, también llenas de secreta infiltración. Por ello la historia es sincera, te toca la fibra, y el trabajo de Carolina Yuste llena la pantalla de auténtica angustia haciéndote inmediatamente empatizar con su personaje.
El premiadísimo trabajo de Yuste (Goya y Forqué a mejor actriz) hace por una vez justicia a la que, sin duda, es la interpretación del año. Y luego está Luis Tosar. El gallego hace lo que es habitual en él, bordar su personaje, llenándolo de las mismas dudas o parecidas que tiene el personaje protagonista, y haciendo que la parte que no cuenta los vaivenes de la policía infiltrada, que suele ser la parte más aburrida en este tipo de historias, esté llena de una intensidad similar a la vivida por las calles del casco viejo de San Sebastián.
Entrar en la historia como se entra en esta, sin prolegómenos, sin medias tintas, descubriendo al personaje de la infiltrada desde la primera escena te hace engancharte rápido, no darte tregua, y conectar con el personaje de inmediato. La extenuación del que lleva una doble vida, infiltrada en una banda terrorista durante muchos años y que busca esa infiltración mientras vive una existencia que no es la suya suele abordarse en el cine desde una perspectiva muy diferente. Primero vemos cómo se selecciona al candidato o candidata, luego ocurre algo traumático, que la pone a prueba y por último vemos como el resultado de su gran labor hace caer a los delincuentes. Para nada vamos a ver esto en La Infiltrada. Aquí estamos dentro desde el principio, como si nosotros tampoco tuviéramos tiempo para adaptarnos como le pasa al personaje protagonista, es aquí y ahora, y has de sobrellevarlo lo mejor que puedas. No hay entrenamientos, ni cuestionarios previos o pruebas que superar antes de llegar a la boca del lobo y empezar tu tarea, una tarea de años.
La película tiene cada cierto tiempo una especie de estallidos emocionales protagonizados por los personajes, vaivenes dramáticos que están justificados, pero suceden sin que ocurra nada de verdad, me refiero a nada violento. El personaje de Carolina Yuste o el de Nausicaa Bonnin se lavan frenéticamente el cuerpo o se encierran en el baño en un arranque de desesperación, pero es todo fruto de la tensión vivida. Una película como ésta debería destilar violencia, con coches bomba, tiroteos, persecuciones. Pero no. Aquí las pistolas aparecen, se enseñan metidas en cajones de una mesilla o en la mano de los terroristas, pero no se usan salvo en un par de escenas. Se mira debajo del coche con un espejo, o se abre el buzón con cuidado, pero no hay ninguna bomba. El terrorista llama a la puerta, y desde dentro los policías escuchan sus reacciones pistola en mano, pero no sucede nada más. Digamos que los terroristas dan miedo, pero no por lo que hacen, sino por lo que sabes de ellos, especialmente en la parte final cuando aparece el personaje de Diego Anido.
Los conflictos son casi domésticos, siempre involucrando la parte personal de los agentes más que su relación con la operación en la que están envueltos, aunque el elenco de secundarios que lidera Tosar y una fugaz intervención de Pedro Casablanc resuelve con solvencia los insulsos diálogos, casi sacados del cine quinqui de los 80. Los personajes del grupo de policías que supervisa a la infiltrada son esquemáticos, poco empatizadores, machistas y misóginos en exceso, como complemento al protagonismo femenino que abarca hasta a ese personaje de agente femenina que tampoco aporta demasiado al conjunto.
La violencia la cuenta alguien, no la vives, y las consecuencias de eso que te han contado las intenta transmitir el personaje, como si lo que realmente importara es lo que siente, no lo que hace. Imagino que el día a día de una infiltrada era así de monótono, ayudando a gente despreciable para ganarte su confianza a pesar de que estás en permanente lucha interior con tu moral sin pensar que a lo mejor tu voluntad de servicio a tu país no es suficiente para aguantarlo. Si la hubiéramos visto preparándose a conciencia igual le pedíamos más, pero no. Es una infiltración emocional.
El final de la película es consecuente, no dispara un tiro, está en el lugar en dónde tiene que estar y finaliza la misión al modo indirecto elegido para contarnos esta historia. Consigue en parte su objetivo, y desaparece. Hay páginas de la historia de un país que solamente se pueden contar así. Es demasiado doloroso para revivirlo de verdad, en toda su cruel dimensión.
Mejor recordar el terrorismo de ETA de esa forma, con una imagen en negro mientras escuchamos el resultado del sufrimiento provocado. De otra manera sería demasiado doloroso.