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Historia estrena en exclusiva la serie documental «Los números de la II Guerra Mundial»

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El domingo 9 de enero, a las 22.55 horas, Canal Historia estrena en exclusiva «Los números de la II Guerra Mundial», serie documental que analiza a fondo las cifras y estadísticas del conflicto militar global más grande de la historia. 

Apenas veinte años después de la Gran Guerra, el mundo se vio de nuevo inmerso en la batalla. Para empezar a entender su origen, es preciso profundizar en las cifras. A lo largo de ocho episodios, utilizando archivos y fotogramas desconocidos hasta la fecha, jóvenes historiadores descubren nuevas evidencias de cómo transcurrió la guerra. Más allá de la cronología de los sucesos, las terribles dificultades en las que se vio sumido el mundo y las duras cifras económicas que arrastró el conflicto, esta serie se adentra en la realidad que supuso la guerra para soldados y civiles, quienes vieron sus vidas transformadas para siempre.  

La guerra del mundo

El 31 de agosto de 1939, un hombre de 43 años fue drogado hasta quedar inconsciente, vestido con un uniforme del Ejército polaco y asesinado a tiros en la sala de control de la estación de radio de Gleiwitz, en la Alta Silesia. Su nombre era Franz Honiok, y su muerte sumió al mundo en un conflicto con consecuencias en todos los continentes y que se cobró la vida de al menos 50 millones de personas. Pero los primeros fallecidos de la II Guerra Mundial no se debieron a la invasión de Polonia por parte de Hitler, sino que se produjeron al otro lado del planeta años antes, y las fuerzas que llevaron al mundo a la guerra tenían los números a su favor.

Guerra relámpago

Cuando Alemania invadió Polonia en septiembre de 1939, nadie estaba preparado para la guerra. Esto incluía a los propios germanos, porque ni siquiera Hitler había contemplado la posibilidad de estar luchando en una guerra de dos frentes. Por suerte para él, su Estado Mayor se había preparado para tal eventualidad: Alemania estaba a punto de mostrar al mundo una nueva forma de hacer la guerra, el blitzkrieg.

Entre la espada y la pared

Cuando Winston Churchill recitó su famoso discurso de `lucharemos en las playas¿ el 4 de junio de 1940, sabía que los números estaban en su contra. La Fuerza Expedicionaria Británica había abandonado en Bélgica, tras su ignominiosa retirada de Dunkerque, 64.000 vehículos, casi 2.500 cañones y cerca de 400.000 toneladas de suministros y municiones. Como dijo el propio Churchill, lo único que quedaba para poder luchar eran ¿¿os culos de las botellas de cerveza rotas¿. Todo lo que podía detener la invasión alemana de Gran Bretaña eran unos 520 aviones de la Royal Air Force, y Hitler quería someterla rápidamente para poder volcarse en su verdadero objetivo: Rusia. Pero la batalla de Inglaterra no era solo una cuestión de números, era una cuestión de tiempo.

Guerra globlal

Octubre de 1940: el presidente Franklin D. Roosevelt se presenta a un tercer mandato sin precedentes en la historia de EE. UU., ¡pero la carrera está reñida! Consciente de que el 85 % del electorado se opone a entrar en la guerra de Europa, envía un mensaje al pueblo estadounidense: `Vuestros hijos no irán a ninguna guerra extranjera¿. La promesa de Roosevelt le hace ganar las elecciones, pero no se cumplirá. A su muerte, en 1945, casi 15 millones de estadounidenses habían luchado en suelo extranjero.

El camino a Stalingrado

A finales de noviembre de 1941, Fritz Todt, ministro de Armamento nazi, pidió una reunión con Adolf Hitler para hablarle de números. Su equipo había calculado que el coste de continuar la guerra sería de unos 130.000 millones de euros al año. Sin las enormes cantidades de petróleo, grano y materias primas rusas que habían dejado de entrar en la economía, el mensaje de Todt era contundente: `Esta guerra ya no se puede ganar militarmente¿. Pero el objetivo de Hitler nunca fue la conquista, sino el exterminio, y la única cifra que realmente contaba era el número de judíos que podía matar. Para acabar con los hebreos necesitaba apoderarse del Cáucaso, y para ello tenía que tomar una ciudad: Stalingrado.

El despertar del Leviatán

Cuando se enteró de que sus aviones habían atacado con éxito Pearl Harbor, el almirante Yamamoto, comandante en jefe de la Flota Combinada de la Armada Imperial japonesa, declaró: `En los primeros seis meses causaré estragos, pero, si la guerra continúa, no tengo ninguna expectativa de éxito¿. Yamamoto había vivido en EE UU durante años y sabía de lo que era capaz su gente. Seis meses más tarde, se demostró que tenía razón cuando los americanos hundieron su flota de portaaviones en las islas Midway. EE UU reconstruyó su armada y pasó de ser el 18.º ejército del mundo a erigirse en el `arsenal de la democracia¿, solo superado por Rusia en cuanto a tropas. Esta es una historia de ingenio y emprendimiento, gracias a los cuales los vastos recursos del leviatán estadounidense se convirtieron en los números que podían ganar una guerra.

Los aliados contraatacan

Dieppe, 1942: una fuerza combinada de británicos y canadienses lanza una incursión fallida en el puerto ocupado por los alemanes. Mueren 4.000 hombres, y los aliados se dan cuenta de lo costosa que sería una invasión anfibia en Francia. Pero, en 1944, Iósif Stalin pide a gritos que los aliados creen un segundo frente para aliviar la presión del asediado Ejército Rojo. Así, en junio de ese mismo año, los aliados deben organizar una invasión en Normandía, sin importar el coste.

El ocaso del Eje

El 19 de marzo de 1945, Adolf Hitler emitió uno de los decretos más escalofriantes de todo su mandato. `Demoliciones en el territorio del Reich¿, en él ordenaba a sus oficiales regionales destruir cualquier instalación militar o industrial que pudiera ser útil para el enemigo. Si se hubiera cumplido, habría condenado al pueblo alemán a la más absoluta desolación. `Si se pierde la guerra, se perderá también el pueblo.¿, dijo Hitler a Albert Speer el día antes de emitir la orden. Al ser derrotado, el pueblo había demostrado su debilidad, por lo que lo mejor era destruir todo lo que pudiera dar continuidad a su `existencia primitiva¿, pensaba el Führer. En ese momento, Hitler se disponía a arrastrar a todo el pueblo alemán con él. No se hallaba solo. Al otro lado del globo, el Alto Mando japonés estaba tan decidido a luchar hasta el final que solo un apocalipsis de proporciones wagnerianas los alejaría de su resolución autodestructiva.

https://www.youtube.com/watch?v=TMa2haVkJPQ

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