“The young Pope”: Sorrentino disecciona la Santa Sede

Pope01He de reconocerlo, empecé a ver la serie por morbo. ¿Jude Law haciendo de Papa? Y ¿dirigida por Paolo Sorrentino?. Dicho y hecho. Pues bien, a veces las motivaciones más frívolas nos conducen a los descubrimientos más gratos. Ya no es sólo que El Joven Papa no sea una serie basada únicamente en lo chocante del planteamiento, es que precisamente se sirve de él para cuestionar temas más profundos.

Jude Law interpreta a Pio XIII, un Papa de 47 años, que como cualquiera sabrá es la edad en la que los hombres se encuentran en la plenitud de su virilidad y atractivo. Acaba de ser elegido como Vicario de Roma por un Cónclave que pretende manejarlo como una “marioneta mediática”. Al inicio de la serie uno se imagina a un Papa modernete, enrollado y progresista. Pero, ¡ay!, resulta que el muñeco de la Santa Sede les sale rana y desde el primer momento en que ocupa el sitial de San Pedro demuestra lo que es: un cabrón con pintas.

A los católicos este comentario les parecerá irreverente y de mal gusto. Mis disculpas por tratarse de quien se trata, pero ficción aparte, la verdad es que la descripción del santo protagonista no es otra cosa que una lección de Historia. Así, con mayúsculas.

Sorrentino, que no sólo se marca unos encuadres de un esteticismo delicioso, sino que también firma el guión, nos presenta en realidad algo más que un relato de política ficción, plantea, en este terreno concreto, una doble reflexión: ¿Hasta que punto el Sumo pontífice, cabeza de la religión católica, no es también un cuerpo político, y por lo tanto sometido a las corrientes de opinión imperantes en cada momento?.

¿Cómo sería un Papa que realmente fuera totalmente consecuente con los dogmas de la religión católica?

Pope03Y con esas dos preguntas y un puñado de personajes inolvidables se monta todo el armazón de la serie. El resto lo da el conflicto interno de un personaje que se sabe a un tiempo humano y tocado por Dios, y sobre todo unos diálogos que parecen redactados por aquel maestro del pensamiento pragmático llamado Maquiavelo.

Y no es una comparación casual, ni creo que se aleje demasiado de la intención de Sorrentino. El Pio XIII que nos presenta es un Papa que tiene más que ver con los grandes pontífices del Renacimiento, con un Julio II o un Paulo III,  que con la edulcorada sucesión que ha ocupado el Vaticano desde Juan XXIII en adelante.

Ya la propia elección del nombre es significativa. El nombre oficial del Papa suele indicar una intención de continuidad con la labor del anterior ordinal homónimo, en este caso Giovanni Pacelli, alias Pio XII, más conocido por su actitud condescendiente hacia el nazismo con el que la iglesia que representaba le toco convivir.

Que se trate del primer estadounidense en hacerse con el trono de San Pedro y que sea un hombre aún atractivo tampoco son rasgos casuales del personaje. En la gerontocracia vaticana un Papa de menos de 50 años siempre será visto poco menos como un “jovenzuelo” inexperto y manipulable, más aún si procede de fuera de Italia; recordemos un dato: desde 1522, en que el holandés Adriano VI fue “impuesto” por el emperador Carlos V, sólo tres de los cuarentayocho últimos Papas no han sido italianos.

Se suele comentar a modo de recriminación que la Iglesia vive anclada en el pasado, incapaz de adaptarse a los tiempos. Cualquiera que haya leído algo más que la hoja parroquial sabrá que la realidad es otra. La actitud de la Iglesia desde sus primeros pasos, y hablamos del Primer Concilio de Nicea en el 325, fue de consolidarse como institución terrenal y de permanecer como estructura temporal. Para ello articuló enseguida un hábil equilibrio entre dogmas incuestionables y una adaptación al medio propia de los organismos más desarrollados: comprensiva con las debilidades humanas cuando el interés general así lo dictaba e inflexible en combatir cualquier amenaza seria cuando ésta se presentaba.

Pope02Pero vayamos a la serie.

Su estructura es bien simple, y ahí reside su atractivo. Se puede resumir en la laboriosa conquista del poder de alguien nominalmente investido de autoridad, pero en realidad un pelele en manos de otros. En este sentido en lugar de el Joven Papa podríamos estar hablando de el Joven Presidente o la Joven Directora, y la esencia de la serie no hubiese cambiado. Por suerte, al situarla en el entorno ritualizado y sacrosanto del Vaticano Sorrentino nos proporciona un contraste brutal entre lo que tenemos por casi divino y lo que juzgamos demasiado humano. Entre las resoluciones de la Iglesia y la manera en que estas se alcanzan. Entre la púrpura cardenalicia y la egoista carne que envuelve.

Jude Law ha sabido crear un personaje demoledor y carismático que, hasta que se demuestre lo contrario, va a permanecer durante mucho tiempo en el recuerdo. Ese Papa figurín, asexuado, carente de pasado y empedernido fumador, recorre las estancias vaticanas para horror de la decadente y mezquina Curia como una contradicción ambulante entre su aspecto, de cínico publicista neoyorkino, y su mentalidad, de un rigor más propio de la Contrarreforma barroca que del siglo XXI.

Ya desde el primer episodio queda claro que el combate no por incruento va a ser menos terrible. Por un lado está la alta jerarquía de la Iglesia, acostumbrada a hacer y deshacer a su antojo, destilado litúrgico de siglos de poder ejercido sobre cuerpos y almas. Por otro un advenedizo de memoria prodigiosa, implacable, demoledor en sus argumentos, ególatra y de una fe innegociable.

Se agradece que el elenco de secundarios tan bien escogidos asegure que la lucha vaya a mantener la tensión, al menos a lo largo de los diez episodios de la primera temporada.  Comenzando por el antagonista papal, Silvio Orlando, en el papel del cardenal Voiello, hasta entonces el poder tras el trono. Diane Keaton como Sor María, primer nombramiento revolucionario: secretaria del Sumo pontífice; Cécile de France, algo así como la secretaria de comunicación; James Cromwell, mentor y primera víctima del joven Papa o  Javier Cámara que interpreta al bondadoso maestro de ceremonias Bernardo Gutiérrez.

Sorrentino afirma que la serie habla de “Los claros signos de la existencia de Dios. De los claros signos de la ausencia de Dios. De como se puede alcanzar la fe y perderla. De la grandeza de la santidad, tan grande como para ser insoportable mientras combates las tentaciones y mientras todo lo que puedes hacer es someterte a ellas. Y de la lucha interna entre la inmensa responsabilidad del Cabeza de la Iglesia Católica y las miserias de un simple mortal al que el destino (o el Espíritu Santo) ha elegido como pontífice.”

Mucha enjundia para la nueva propuesta de la HBO, en co-producción con Sky y Canal+ que fue presentada el pasado 3 de septiembre en el Festival de Cine de Venecia y que este otoño podremos ver en esta reserva espiritual de occidente que era hasta hace poco nuestro país.