12 Monkeys: Por un Puñado de Monos

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La avidez consumista televisiva que invade el planeta (sobre todo los EE.UU.) en los últimos años, ha dado como resultado que la inventiva de los equipos creativos de guionistas y productores no sea base suficiente para cubrir el elenco de docenas y docenas de series que se tienen que estrenar cada año. Incluso cancelando series dignas por el camino, lo único importante es el impacto de la novedad, de actores que salían en otro sitio, o el último trabajo de uno u otro director o showrunner.

Dentro de esa vorágine, tomar prestamos de otras latitudes creativas, bien teatro, cine o incluso la propia televisión, parece imprescindible para poder mantener la cantidad de novedades disponibles. Como se vio hace unos meses con Fargo, entrar en esta dinámica puede dar como resultado incluso buenos productos. Pero no puede generalizarse.

Las cadenas de televisión (y los nuevos jugadores del mercado, tipo Amazon, Hulu, etc.), han empezado a amenazar con “serializar” todo tipo de material, desde Minority Report a Django Unchained, sin reparar en criterios, éticas u honradez creativa. Dentro de ese movimiento “a lo loco”, el canal SyFy estrenó hace dos semanas la versión televisiva de una película que cumple este año dos décadas de su aparición, la barroca e indescriptible “12 Monos”. La película fue, en su momento, una locura de su creador Terry Gilliam, conocido precisamente por su desbordante imaginación, y su propensión a la exageración y densidad de argumentos y estética en sus obras posteriores a los Monty Python. Y ese, precisamente, era uno de sus principales activos, la personalísima manera de Gilliam de plasmar en imágenes esas locuras que se le ocurrían. Así, el futuro, además de devastado, era una chapuza, y los viajes en el tiempo del protagonista eran de todo menos previsibles porque la tecnología cutre que proponía el futuro de Gilliam funcionaba más o menos, generando saltos en el tiempo equivocados, retrasos, adelantos,… todo ello aderezado con una imagen de suciedad y destrucción que casaba estupendamente con el argumento de la película.

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Sin embargo en la serie, para empezar, sólo el protagonista tiene pinta sucia… se ha perdido ese espíritu barroco-okupa de la película, haciendo que parte del atractivo estético desaparezca, para obtener una fotografía más limpia, más “para todos los públicos”. Esto es un punto en contra, que no importaría si los personajes suplieran esa carencia plástica de la serie. Sin embargo, hay un aire como de “segundas opciones” en la elección de los actores, que luego parece confirmarse al ver sus actuaciones (al menos, en los dos episodios emitidos). Son bastante lineales, tienen demasiados momentos de “eeeeeeeeeeh”, mirándose unos a otros,… Si no has visto la película (o no te acuerdas), estos primeros episodios te parecen caóticos, sin orden ni coherencia en la exposición de los hechos. Un par de momentos WTF, ya en el piloto (¿por qué se deja pegar un tiro? ¿por qué pasa eso raro con los relojes?), hacen que pierdas la fe en una narrativa coherente a lo largo de la serie.

En el aspecto actoral, si has visto la película, y la guardas con cariño en el estante de tus películas favoritas, no hay comparación posible entre el Bruce Willis guarro y enfadado de la película, y Aaron Stanford en la serie, como tampoco la hay entre Emily Hampshire (una actriz intercambiable con otras muchas que se parecen entre sí en la televisión estadounidense contemporánea) con Madeleine Stowe (en su versión 1.0, distinta de la versión 2.0 que ahora disfrutamos en Revenge). La presencia secundaria de dos actores con escaso magnetismo, como Noah Bean (el novio de Rose en Damages) o Kirk Acevedo (Fringe, Almost Human), acaba de rematar un elenco de poco peso, en el que ni siquiera destaca el gran Zeljko Ivanek, cuya presencia en la narración es también secundaria. Por no hablar de la pérdida de carisma del hijo encerrado en manicomio, papel femenino en la serie, y masculino en la película, con el cual Brad Pitt logró uno de los puntos álgidos de su carrera interpretativa (Globo de Oro y nominación al Oscar incluidas).

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Tras las cámaras, repite el mismo equipo de producción de la película, Chuck Roven y Richard Suckle, con la colaboración como director en el piloto de Jeffrey Reiner, con numerosas series en su haber, incluyendo el fiasco (con el propio Ivanek) de The Event de hace cuatro años. Este factor, combinado con que sea Natalie Chaidez quien ejerza de showrunner (co-productora de dos series de ciencia ficción recientes que acabaron de manera desastrosa: Héroes y Terminator – The Sarah Connor Chronicles), hace que las esperanzas de que la serie 12 monos avance hacia territorios más satisfactorios sean escasas.

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La proverbial escasez de series de ciencia-ficción interesantes (y duraderas) en las parrillas televisivas es la razón de ser de experimentos como este y, quizá su única posibilidad de durar más allá de tres o cuatro episodios. Una lástima, porque los aficionados al género llevamos demasiados años esperando una serie que sirva para secar las lágrimas del final de Battlestar Galactica, último representante digno del género.