Un tictac obsesivo

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La fría mañana del 14 de diciembre de 1997, la ciudad de los tranvías y del Golden Gate se preparaba para la llegada de la navidad. Los niños terminaban de escribir su carta a Santa Claus, los abuelos decoraban la casa con espumillones y luces, y los padres se apresuraban en realizar las últimas compras. Ese mismo día, una mujer rubia se despidió de su marido y se acercó a la farmacia donde adquirió un jarabe para su cuñado. Al salir del establecimiento se percató de que alguien le estaba persiguiendo. Presa del pánico, no dudo en adentrarse en el aparcamiento donde tenía estacionado su vehículo. Sacó las llaves de su bolso y al introducirlas en el contacto, la bomba, que estaba situada debajo del asiento del conductor, acabó con su vida. Sus últimas palabras cuando apenas le quedaba un hilo de voz fueron “pan y mantequilla”. Un mensaje dirigido a su marido, Adrian Monk, detective de la policía de San Francisco.

Ese fatídico día quedó grabado en sus ojos, en su memoria, en su piel… como un mal sueño del que no podía despertar. El peso que tenía sobre sus hombros le impedía seguir adelante con su rutina en el departamento de policía, es por eso que fue suspendido de su cargo. La valentía de aquel hombre que no temía a nada se rompió en mil pedazos. Los miedos patológicos que permanecieron apaciguados mientras Trudy vivía, salieron a la luz. Fue como abrir su particular caja de Pandora. No podía dar la mano a nadie por miedo a los gérmenes, la nevera tenía que estar minuciosamente ordenada, las cajas de leche no podían estar abolladas o los mangos de los paraguas tenían que estar situados en la misma posición. Un trastorno obsesivo-compulsivo que se convirtió en su peculiar compañero de viaje. Sin embargo, con la ayuda de la enfermera Sharona Fleming, y después de Natalie Teeger, una madre soltera que buscaba desesperada un trabajo, aprendió a deshacerse de algunos miedos y temores que no le dejaban respirar.

Bajo una apariencia de persona indefensa y bonachona, se escondía uno de los mejores detectives privados. Sus dotes para la investigación eran innatas. Donde los demás veían un simple descuido, el advertía una prueba con la que desmontaría la falsa coartada del sospecho. Un botón mal abrochado, una foto en un periódico o una ventana abierta, nada se escapaba de la mirada detectivesca de Monk. Conjeturas y teorías que a los demás policías les sacaban de sus casillas, entre ellos a su antiguo jefe el capitán Leland Stottlemeyer y el teniente Randall Disher, quienes siempre acudían a su puerta en busca de ayuda.

Durante ocho temporadas, la ciudad de San Francisco fue un mero espectador de las diferentes facetas y superaciones de Monk. Pequeños pasos que le permitieron convertirse en el doble de un temido mafioso, en un fan incondicional del cantante country Willie Nelson o subir en un ascensor atestado de gente. No sin antes revivir la misma angustia y temor que Dustin Hoffman en “Marathon man”. Desordenes psicológicos que fueron organizados en cajas bien etiquetadas y ordenadas alfabéticamente. Pequeños y delicados cofres que escondían secretos tan valiosos como el testimonio de su mujer desvelando el nombre de su asesino.