La tribu de Bill Cosby

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El 20 de enero de 1993 las cámaras de televisión de todo el mundo estaban pendientes de lo que sucedía en Washington. Con el Capitolio de fondo, el himno de la nación sonando y miles de personas expectantes, el cuadragésimo segundo presidente de los Estados Unidos juraba su cargo. Un año antes, otro Bill acaparó las miradas de millones de espectadores que presenciaron el final de una serie que marcó la historia de la pequeña pantalla.

Durante veinticinco minutos los estadounidenses permanecían atentos a lo que sucedía en aquella alocada casa de Brooklyn. Cliff, Clair, Sondra, Theodore, Vanessa y Rudy formaban los Huxtable. Una feliz y acomodada familia de cinco hijos que vivía en la ciudad que tantas películas han inspirado a Woody Allen, Nueva York. El padre era ginecólogo y la madre abogada, y al igual que muchas series de la época de los ochenta y noventa, las risas y los enredos tenían lugar en la cocina y el salón. ¿Cuál fue el ingrediente secreto que cautivó a una media de 63 millones de espectadores? Además del ingenio de los guiones y la disparidad de personajes, rompió con las reglas no establecidas hasta la fecha presentando a una familia afroamericana de clase media alta.

‘La hora de Bill Cosby’ supuso un verdadero cambió en la televisión estadounidense. Cuando el 20 de septiembre de 1984 los focos del plató se encendieron, nadie imaginó que un grupo de seres trastocaría tanto las conciencias y la imagen de una sociedad que todavía no era capaz de imaginarse a una tribu que no fuera la de los Brayde invadiendo su sala de estar. Hasta la fecha, la imagen del sueño americano, una casa grande con una valla blanca, sólo estaba al alcance de familias blancas adineradas y, con una prole de hijos.

Durante ocho temporadas, 200 capítulos y 180 actores, los Huxtable plantaron un árbol de raíces sólidas que dio como resultado múltiples ramas que sustentaron la valentía y la audacia de enfrentarse con los estereotipos marcados. Abrieron las ventanas de par en par para dejar paso al gracioso, gamberro y ligón de Will Smith en ‘El príncipe de Bel-Air’, o al vecino empollón de ropa peculiar y de gran corazón Steve Urkel en ‘Cosas de casa’. Fue una época en la que los creadores de series empezaron a adelantarse a la sociedad, y a mostrar la contraportada de los libros.

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