Más allá de los hermanos Grimm

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“Caperucita roja”, “El lobo y los siete cabritillos”, “Hänsel y Gretel”, “Los músicos de Bremen”… y así hasta un sin fin de títulos de libros que inundan las estanterías de bibliotecas de todo el mundo. No hay un solo lugar en el que las historias creadas por los hermanos Grimm, Wilhelm y Jacob, no hayan sido contadas a los más pequeños de la casa antes de irse a dormir. Un momento especial en el que la magia que envuelve cada palabra pensada con delicadeza y moraleja perdura en la memoria de un niño.

Se trata de cuentos clásicos que han pasado de generación en generación como una herencia familiar, y que han llegado a nuestros días en forma de misteriosas andanzas de caballeros errantes, brujas malvadas y bellas princesas de rostro pálido como la nieve. Si hay un cuento por excelencia que reúne todos los ingredientes de la pócima literaria de los hermanos Grimm, ese no es otro que “Blancanieves”.

En un pequeño reino, una mujer incapaz de que alguien fuera más hermosa que ella, preguntaba una y otra vez al espejo mágico quién era la más bella del reino, y la respuesta siempre era la misma: “Bella entre las reinas eres tú, mi reina, eres”. Sin embargo, hubo un día en que la respuesta no la dejó satisfecha. Cuando su joven hijastra de nombre Blancanieves cumplió los siete años, ella seguía siendo bella, “pero no tan bella como Blancanieves”. Es por eso que no dudo en deshacerse de la joven de tez blanca. Llamó al cazador para que la matara, la ahogó con una cinta de seda, y la envenenó con una manzana. Pero ninguno de sus maléficos planes sirvió para impedir la boda entre el príncipe y la princesa. Un final feliz que sirve como punto de partida para la serie “Érase una vez”.

En un incógnito bosque encantado donde las hadas existen, los grillos hablan y los enanitos son guardianes del castillo, la maléfica reina malvada crea un conjuro que envía a todos los seres mágicos a un lugar en el que el tiempo permanece congelado, y ninguno de sus habitantes recuerda quienes son en realidad. En Storybrooke es posible ver convivir bajo un mismo lugar a personajes de cuentos tan disparares como “Pinocho”, “Mulan”, “Robin Hood”, “Cenicienta” o “Las habichuelas mágicas”. Una combinación que se hace realidad de la mano de un niño de nombre Henry Mills, que gracias a su imaginación y empeño, logra que cada héroe de fantasía mire más allá de la realidad y encuentre recuerdos escondidos en su memoria que le haga evocar lo que en un pasado fue.

¿Y si en realidad Peter Pan no era quien decía ser, y no era más que el flautista de Hamelin que se llevó a todos los niños a una isla lejos de sus padres? ¿Y si el rostro que se escondía detrás del espejito mágico era el genio de la lámpara de Aladdín? La verdad es que parece una combinación un tanto extraña, pero para Adam Horowitz y Edward Kitsis, creadores de la serie, no es más que una manera de explicar las preguntas que los autores de dichos cuentos dejaron en el aire. Una oportunidad en la que se pretende demostrar el lado más humano de cada personaje de hadas.

A pesar de lo descabellado que pueda parecer, si siete palabras tan sencillas como bibidi babidi bu convirtieron una calabaza en un carruaje de cristal, ¿por qué no creerse que esto pueda ser posible? Y es que, si los cuentos empiezan con “érase una vez…”, nunca deberían terminar hasta que el narrador dijera “… fueron felices y comieron perdices”.